martes, 31 de agosto de 2010

Sobre el trasfondo ideológico de los cómics juveniles y los productos de ficción infantil

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"
(III: 2009) "Making Friends" Special Edition

Juan Gómez Capuz


SOBRE EL TRASFONDO IDEOLÓGICO DE LOS CÓMICS JUVENILES Y LOS PRODUCTOS DE FICCIÓN INFANTIL



Últimamente me ha llamado la atención y me ha hecho reír a carcajadas (aunque ellos lo plantean muy en serio) la paranoia de quienes creen ver en los cómics juveniles y en los diversos productos mediáticos dirigidos al público infantil y juvenil (series de animación, muñecos, canciones) un clarísimo trasfondo, cuando no una clara manipulación, de tipo ideológico. Curiosamente, en esta paranoia han caído tanto sesudos pensadores marxistas como severos telepredicadores fundamentalistas protestantes (y recientemente numerosos internautas que, por lo visto, parecen tener mucho tiempo libre). Como veremos a lo largo del artículo, creo que a todos ellos se les podría aplicar el estribillo de aquella sublime canción de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán llamada “Señora azul” (por cierto, la favorita de Risto Mejide) en la que se denuncia a los críticos musicales que “desde la barrera suele[n] ver / toros que no son / ni parecen ser”.

El pistoletazo de salida de semejante paranoia ideológica se atribuye al libro de Ariel Dorfman y Armand Mattelart Para leer al Pato Donald (Buenos Aires, Siglo XXI, 1972), texto clásico de la crítica marxista de los medios de comunicación de masas. En este libro, concebido por Dorfman en el Chile de Allende, se critica el fuerte componente ideológico de los cómics producidos en Estados Unidos y dirigidos al público juvenil de América Latina. A partir de estos “productos” (palabra muy grata a los pensadores marxistas y a Risto Mejide, aunque a mí me suena más bien a término capitalista…) en general y de la obra de Walt Disney en particular, Dorfman explica de qué manera las historietas del pato Donald inducen en los niños una clara ideología de clase dominante en la que se enseña que no se puede luchar contra el orden establecido. Apunta también el autor que, en las aventuras protagonizadas por el Tío Gilito, Donald y sus sobrinitos, todo intercambio humano toma la forma mercantil y la solidaridad entre iguales desaparece, ya que sólo existe la competencia. En la incesante y codiciosa búsqueda de oro, a menudo se encuentran con pueblos salvajes y primitivos, los cuales son manipulados por los patos para hacerse con su tesoro, y todos tan felices. El saqueo imperialista y la sumisión colonial no aparecen en su carácter como tales. El consumismo o el menosprecio machista son algunos de los valores que pululan por el mundo Disney, y la violencia simbólica que encontramos en sus viñetas conducen a interpretaciones ideológicas muy concretas. (En mi opinión, se trata de la versión culta de la conocida leyenda urbana que dice que las autoridades ponen droga en el Cola-Cao para mantener dóciles y adocenados a los niños). Quien busque referencias sobre este libro en Internet, se encontrará con una farragosa sarta de citas literales de la obra, quizá porque quien las copió (como yo) no acababa de entender lo que significaban, o quizá porque el contenido de los pensadores marxistas debe ser reproducido palabra por palabra, verbatim, como en una liturgia laica, para que su contenido no sea malinterpretado por desviacionistas pequeñoburgueses (como yo). Por cierto, que muchas personas e internautas (la mayoría de los internautas son personas, aunque parezca lo contrario) han señalado en blogs y foros la contradicción de que Ariel Dorfman, después de criticar con tanta vehemencia el modo de vida americano y sus productos artísticos, se refugiara en diversas universidades de Estados Unidos a mediados de los setenta tras el brutal golpe de estado de Pinochet; a mí no me extraña tanto, si tenemos que cuenta que el apellido Dorfman se traduce en inglés, más o menos, como “Village People”.

Otro cómic célebre que también ha sufrido el ataque masivo de aquellos que ven oscuras intenciones (como decía Serrat) o manipulaciones ideológicas ha sido Tintín . En este caso, es un hecho constatable que su creador, Hergé, profesó ideas claramente derechistas y racistas. Una de las entregas más polémicas fue el segundo volumen, Tintín en el Congo (1931-1932). De este cómic se ha dicho de todo: que es una apología del racismo y del colonialismo, ya que los indígenas son mostrados como indolentes y estúpidos, hasta el punto de que los elefantes hablan en perfecto francés mientras que los indígenas lo hablan de manera incorrecta; que es un cómic que muestra una crueldad innecesaria hacia los animales en las escenas de caza, pues –por ejemplo- Tintín hace estallar a un rinoceronte con un cartucho de dinamita. Por todo ello, este cómic está prohibido en diversos países (como China, siempre preocupada por los derechos humanos) o se vende en la sección de adultos de las librerías (como en Reino Unido), aunque, paradójicamente, es un cómic muy popular en la República Democrática del Congo (antes Zaire, término ahora “políticamente incorrecto”). Por si todo esto fuera poco, en un reciente artículo “serio” publicado en The Times, el periodista, exparlamentario conservador británico y activista gay (todo a la vez) Matthew Parris ha intentado demostrar que Tintín es homosexual: Parris se sirve de indicios como la ambigua relación de Tintín con el capitán Haddock (con el que comparte casa) y la casi total ausencia de mujeres jóvenes y atractivas en las aventuras del joven andrógino. Todo ello estuvo a punto de provocar un conflicto diplomático con Bélgica y Francia. En todo caso, no es el primer héroe de cómic cuya orientación sexual es cuestionada: también se dicen cosas parecidas en la Red acerca de Supermán, Batman y Robin. Roberto Alcázar y Pedrín y Mortadelo y Filemón.

Por cierto, que hablando de cómics o series de animación prohibidos en algunos países, podemos citar un caso más cercano en el tiempo. Resulta que hace poco saltó la noticia de que Hugo Chávez había prohibido la emisión en Venezuela de las series de animación Los Simpsons y Padre de familia, y todo porque en sendos episodios de ambas series algunos personajes hacen apología de la marihuana (Posteriormente, se ha comprobado la falsedad de la noticia, difundida en un principio por fuentes solventes como la BBC y El País, pero como dicen los italianos, si non è vero, è ben trovato ). Personalmente, me parece un razonamiento extraño e hipócrita, porque cada vez que Hugo Chávez sale en pantalla parece que vaya fumao . En todo caso, veo mucho más clara la apología de la marihuana en el estribillo de la famosa canción de James Brown Sex Machine, cuando dice “guiroppa, que rule” (no me extraña que a James Brown lo metieran tantas veces en la cárcel).

En el otro lado del espectro político, tenemos a los severos telepredicadores protestantes norteamericanos, herederos de los Calvinos quemabrujas y quemaservets, a los cuales se han sumado recientemente los devotos fundamentalistas católicos polacos. Todos ellos tienen especial obsesión por descubrir y denunciar el nefando efecto que pueden producir en nuestros tiernos infantes las andanzas de ¡muñecos homosexuales!, como Tinki Winki o Epi y Blas. ¡Pero, hombres de Dios, cómo puede ser homosexual un muñeco!

A partir de todos estos ejemplos “reales”, creo que no le será difícil al lector ir “más allá” en la denuncia de la manipulación ideológica subyacente en los cómics juveniles y personajes infantiles. Por ejemplo, Barrio Sésamo  es muy perjudicial para los niños: no sólo está clarísimo que Epi y Blas son dos homosexuales que cohabitan desde hace tiempo (más que en Barrio Sésamo deberían salir en Sálvame ; de hecho, en un episodio de Padre de Familia aparecen compartiendo cama como una pareja homosexual cualquiera), sino que además el Monstruo de las Galletas es una apología de los comportamientos bulímicos y el consumo de grasas saturadas (y por si eso fuera poco, en uno de los primeros episodios se lleva a una niña pequeña a su casa, presuntamente para “comer galletas”), mientras que Peggy oscila entre la bulimia y la anorexia (y un claro desorden disociativo de la personalidad, pues es incapaz de asumir lo fea que es) y Coco tiene una inteligencia límite. Todo ello ha motivado que la edición en DVD de la primera temporada haya sido prohibida para el público infantil en numerosos países. Las series infantiles de los setenta (algunas de las cuales ahora se convierten en películas para disfrute nostálgico de los recién estrenados cuarentones) son también un vivero de perversos ejemplos: Vickie el Vikingo  es una descarada apología de la raza aria y de la agresiva política colonialista occidental; La abeja Maya  mostraba una sociedad totalitaria y uniformada al estilo del 1984 de Orwell, frente a la cual la rebelión de la simpática abeja resultaba inútil; Heidi  es una apología de la sociedad burguesa centroeuropea de finales del siglo XIX, mientras que Marco  muestra con delectación morbosa las accidentadas peripecias transoceánicas de un menor en busca de su madre emigrante; por último, Pippi Calzaslargas  muestra el modelo claramente desaconsejable de una niña rebelde que vive sola y sin escolarizar, producto sin duda de una familia desestructurada y que además mantiene un extraño vínculo con un pequeño mono (como Marco). Tampoco los libros de aquella época están libres de culpa: las historias de Los Cinco, de Enid Blyton, muestran claramente la ideología dominante del Establishment británico en los años de posguerra, donde cualquier comportamiento rebelde (como las historias que transcurren en un circo ambulante y con gitanos) es severamente criticado; sin embargo, esa ortodoxia no le impide a la autora presentar a un personaje con una clara desorientación de su identidad sexual, como es el caso de Georgina, que lleva el pelo muy corto, tiene una actitud poco femenina y se hace llamar Jorge, o a un científico misántropo que vive permanentemente recluido en su despacho sin relacionarse con nadie. Incluso las aparentemente inocentes canciones de los Payasos de la Tele tienen también su lado oscuro, si nos ponemos a buscar cosas raras: Hola don Pepito, Hola don José  habla en realidad de las dificultades que tenían dos homosexuales “requetefinos y desbarataos, casi divinos” (uno de ellos menor de edad, don Pepito; y el otro un adulto pasivo, don José, que siempre hablaba “con voz muy fina”) para relacionarse en la España franquista (algunos internautas van más lejos e interpretan que, como Pepito y José son el mismo nombre, la canción habla de un esquizofrénico que dialoga consigo mismo, al estilo de Dr.Jekyll y Mr.Hyde… ¿y ya puestos, por qué no combinar ambas hipótesis y decir que la canción habla de un esquizofrénico gay?); Borra, borra eso  es una sátira de la censura franquista; Cómo me pica la nariz  parece aludir a los efectos del consumo de cocaína; La gallina Turuleka  ha sido interpretada, bien como una defensa de la familia numerosa tradicional, bien como un avance profético de los milagros de la clonación; El auto de papá  habla de las relaciones prematrimoniales; e incluso algunos perversos han querido ver en Susanita tiene un ratón  ciertas prácticas autoeróticas (“un ratón chiquitín / que come chocolate y turrón / y bolitas de anís”) que nos hacen pensar inmediatamente en aquella leyenda urbana que implicaba a Ricky Martin, una fan y un cariñoso can (no tan leyenda, pues la realidad ha demostrado después que Ricly Martin   estaba dentro del armario)..

Después de todos estos ejemplos, creo que Dorfman, Chávez y los telepredicadores protestantes tienen razón. Los cómics juveniles y los productos de ficción infantil son seriamente perjudiciales para la salud moral y mental de nuestros niños y jóvenes. Hagamos una inmensa pira de libros, celuloide y deuvedés, y purifiquemos así nuestra decadente sociedad.

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