domingo, 24 de septiembre de 2017

Protaurinos, animalistas y animaladas (A despropósito de la Semana Taurina de Algemesí)

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"

Juan Gómez Capuz

PROTAURINOS, ANIMALISTAS Y ANIMALADAS (A DESPROPÓSITO DE LA SEMANA TAURINA DE ALGEMESÍ).

Ayer se inició la Semana Taurina de Algemesí 2017. Unas fiestas locales que en los últimos años se han visto alteradas, como en otros lugares, por la dura pugna, por duelo a muerte en OK Corral, entre protaurinos y animalistas. Todo ello agravado por la presencia nada imparcial de reporteros de La Sexta que se dedicaban a echar más leña al fuego. Es habitual la llegada masiva de animalistas para protestar antes los festejos taurinos, pero parece que este año las cosas estarán más tranquilas. De hecho, según me comentan algunos nativos, los animalistas tenían previsto un plan B para no ser detectados antes de hora. Consistía en alquilar el crucero italiano que lleva el dibujo gigante de Piolín y desembarcar en Cullera bajo la “inofensiva” apariencia de turistas madrileños, para luego adentrarse al abrigo de la noche a través del Mareny, como si fueran el Vietcong. Pero el Ministerio del Interior se les ha adelantado y ha alquilado del crucero de Piolín para alojar a los heroicos polícias y guardiaciviles que van a Barcelona (funcionará como una curiosa mezcla de Caballo de Troya y Submarino Amarillo). La espinosa cuestión catalana también parece haber robado protagonismo a la Semana Taurina por otra vía: muchos de los animalistas antisistema que iban a liarla a Algemesí se han quedado en sus localidades de origen ante lo que se avecina del 1-O.

Esta lucha a muerte parece quedar siempre en tablas, porque Algemesí es un pueblo dividido al 50% entre cerriles protaurinos y ceporros animalistas. Y no se trata de una cuestión aislada. En el fondo, Algemesí es un pueblo que arrastra desde hace tiempo fuertes contradicciones internas, y quizá algún día tendrán que hacérselo mirar. Por ejemplo, destacan por ser una localidad muy nacionalista, en la línea pancatalanista, pero a la vez tienen un abierto ramalazo taurino y gitanero que en cualquier otro lugar de España se entendería como una clara deriva españolista. Cuando ves circular a 100 por hora a un coche por las estrechas calles del pueblo, enseguida percibes que llevan la música a toda virolla y siempre con canciones de Camarón, Camela, Lluís Llach o Pep Gimeno "Botifarra". Ya puestos, yo preferiría a El Fary y a Serrat. De la misma manera, presumen de ser una localidad de signo izquierdista y laico, pero a la vez dejan que aniden en el pueblo peligrosos fundamentalismos de signo católico e islámico. Además, tienen una extraña relación de amor-odio con Valencia capital: los más pudientes tienen un pisito en Valencia, pero siempre hablan mal de la capital. De hecho, muchas mujeres casaderas llegan a preferir como pareja a un morito del Raval antes que a un forastero de la capital que hable en castellano, aunque cuando oyes conversar a esas extrañas parejas, te das cuenta de que también hablan en castellano.

Cuando trabajaba allí, los nativos me urgían a que me decantara por un bando o por otro en el eterno debate taurinos versus animalistas. Con exquisita diplomacia, yo me declaraba siempre neutral. Pero ahora quiero salir del armario y hacer visible mi nuevo statu quo ante la cuestión: me declaro beligerante contra los dos bandos. Y siempre lo he sido. No siento la más mínima empatía o simpatía por ninguno de ellos. Es como si tuviera que decidir entre nacionales y republicanos, entre nazis y soviéticos o entre árabes e israelíes: para mí es un combate entre malos y malos.

Nunca me ha hecho gracia la fiesta taurina. Más allá de las cuestiones éticas sobre el sufrimiento del animal. Siempre he identificado los toros con la mentalidad cerrada de los pueblos de interior y con la ostentación de lujo de la derecha cinegética tan bien retratada por Berlanga, aunque todo lo que se expone en este artículo, relativo a los dos bandos, daría para una espléndida película alla maniera de Berlanga. Cuando pienso en los toros, veo una derecha rancia y casposa, de banderas gigantes del aguilucho, toreros que parecen Millán Astray y locutores mediáticos como Bertín Osborne, Carlos Herrera y Antonio Burgos, que parecen una de las múltiples encarnaciones del Eje del Mal.

 Pero es que los animalistas también me han caído gordos siempre. No me refiero a los amantes de los animales, a los que recogen desvalidos cachorros de perros y gatos abandonados en las cunetas y los contenedores y los crían pacientemente a biberón en espera de que alguien los adopte y les dé una vida digna. En los últimos meses he visitado muchas páginas de este tipo, con el errático propósito de adoptar, y me ha conmovido el esfuerzo de estas personas. Cuando expreso mi fobia por los animalistas, me refiero a los que han secuestrado esos ideales y los han puesto al servicio de una ideología antissitema que pretende tomar los cielos por asalto. Muchos naturalistas profesionales como Álex Lachhein han rastreado los orígenes de este animalismo politizado, derivado en última instancia de Antonio Gramsci y la Escuela de Frankfurt con el propósito de cambiar de cuajo los referentes y las raíces culturales de la Europa Occidental. Es la última vuelta de tuerka al zoón politikón de Aristóteles. Es lo que se denomina marxismo cultural, que es peor aún que el económico, porque supone poner en lo alto de la pirámide social a todas las minorías y, en el caso caso extremo de esta tendencia, a los propios animales, como si quisieran llevar a la práctica Rebelión en la granja de Orwell. El ecopacifismo de los 70 fue la versión 1.0, mientras que el animalismo actual es la versión 2.0, muy diferente en las formas, porque uno de los aspectos que más me espantan de esta nueva ideología antisistema es que no hay ni rastro de pacifismo, sino que se conducen con una violencia inusitada contra toreros e incluso contra niños enfermos que no piensan como ellos. Prueba palmaria de que su verdadero interés no es defender a los animales sino alcanzar el poder como sea.

Pero hay otros detalles del nuevo “animalismo político” que también me parecen contradictorios. Mediante una metodología inductiva, a fuerza de leer noticias sobre sus actuaciones, he llegado a la conclusión de que los animalistas sienten una indisimulada simpatía (y yo diría incluso empatía) por los animales depredadores y agresivos, los que son estrictamente carnívoros (mientras que los animalistas suelen ser veganos, otra flagrante contradicción). Quizá porque los propósitos políticos de los animalistas son también agresivos. En el caso del hervíboro toro de lidia, está claro que ahí hay otros condicionantes, de signo antiespañolista y antitradicionalista. Pero si rastreamos la andanzas de los animalistas españoles, está claro que su animal totémico es el lobo. El lobo es para ellos el bueno de la película y del cuento, y los estragos que pueda hacer sobre los rebaños de los ganaderos o no importan o son una mera posverdad. Pero no estaría de más recordar que el lobo era también un animal totémico para los nazis, y en especial para Adolf Hitler, quien se hacía llamar en la intimidad Wolffie, que bautizó su cuartel de campaña como Wolfsschanze, “guarida del lobo” y que siempre mostró un especial afecto hacia Blondie, no la cantante sino su hembra de pastor alemán, es decir, un perro lobo. Hitler también era animalista y vegano, y promulgó las primeras leyes que protegían a los aninales, pero eso no le eximía de ser un monstruo genocida, porque lo cortés no quita lo valiente.  Trataba mejor a los animales que a las personas, y parece que muchos animalistas actuales funcionan de la misma manera.

Hace un par de meses, se difundió la noticia de que los “cuidadores” de un zoológico chino habían alimentado a un par de tigres con un burro vivo, que no pudo zafarse del acoso mortal de los grandes felinos. Además, lo grabaron en vídeo. Muchos amantes de los animales se espantaron de las imágenes, pero los grupos animalistas oficiales no dijeron ni pío. Primero, porque no era cuestión de afearles la conducta a los chinos, aunque ellos son más de Corea del Norte. Y en segundo lugar, porque no sentían empatía por el herbívoro, al que sin duda consideran antirrevolucionario por aparecer en Platero y yo y por ser medio de locomoción de los turistas (otra de sus nuevas fobias) en muchos lugares de Andalucía. Si los verdugos del burro hubieran sido seres humanos, no habrían cesado sus movilizaciones hasta ahora. Para los animalistas, como si se hicieran reales las profecías de Rebelión en la Granja, unos animales son más iguales que otros.

En fin, espero que mis ex-compañeros, ex-alumnos y supongo que, a partir de ahora, ex-amigos de Algemesí, disfruten con tranquilidad de sus fiestas patronales.

P.D. En la eterna lucha entre el canario Piolín y el gato Silvestre, los animalistas tomarán partido sin dudar por el gato, porque es el depredador y el agresivo, como ellos. Así que cuando Piolín diga "me paresió ver un lindo animalista", es que está en serio peligro. Ayudémosle.

viernes, 7 de abril de 2017

Los xenófobos que no amaban a sus paisanas (las contradicciones internas de los líderes ultranacionalistas)

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"

Juan Gómez Capuz

LOS XENÓFOBOS QUE NO AMABAN A SUS PAISANAS (las contradicciones internas de los líderes ultranacionalistas)

En los últimos meses he leído con interés datos sobre la curiosa vida privada de los líderes ultranacionalistas, xenófobos, iluminados y mesiánicos que están surguiendo en estos tiempos de confusión, crisis y posverdad. Aparte del hecho de que se trata de personajes extraños, con fuertes carencias intelectuales y afectivas, de seres anodinos que explotan como supernovas en un firmamento político mediocre y desorientado, hay otro dato, un denominador común que me ha llamado la atención: muchos de ellos, que han hecho de la xenofobia su bandera y quieren echar a todos los de fuera, están casados con mujeres extranjeras. Ya sé que no soy la persona más adecuada para afear la conducta a estos magnos próceres, pues la única novia que tuve, aunque había hecho todos sus estudios en mi ciudad, tenía padre vasco y madre alemana (era como si me hubiera anticipado en 20 años a los guiones de la películas Ocho apellidos vascos y Perdiendo el Norte). En todo caso, si alguien piensa que exagero, ahí están los datos. Donald Trump ha estado casado tres veces, y dos de ellas han sido con mujeres de Europa del Este, la checa Ivana y la eslovena Melania. El eurófobo inglés Nigel Farage, conseguidor del Brexit y enemigo declarado de una Unión Europea dominada por Alemania y la Merkel, resulta que está casado con una alemana. Y, por último, el presuntuoso y radical holandés Geert Wilderts, defensor de una xenofobia en la que siempre hay un punto de nostalgia nazi y antisemitismo, nos sorprende porque está casado con una judía húngara.

Personalmente, pienso que la vida privada de estos tres líderes no es muy consecuente con sus ideas. Se trata de personas que obligan a los demás a comulgar con ruedas de molino y luego ellos se lo saltan todo a la torera. Es como si, por poner un ejemplo imaginario y exagerado, un partido político destacara por llevar a cabo un ateísmo declarado y militante, enemigo de cualquier símbolo religioso como si fueran la niña del Exorcista, y luego resultara que bajo mano tuviera contactos secretos con un régimen teocrático. La contradicción más absoluta. O, simplemente, como dicen ellos, una mera posverdad.

Pero si hacemos un recorrido histórico más amplio, nos daremos cuenta de que los líderes ultranacionalistas y los salvapatrias no han sido nunca un ejemplo de coherencia ideológica. Antes hemos mencionado los que están casados con mujeres extranjeras. Pero es que grandes líderes nacionalistas tenían una incoherencia aún más íntima: ellos mismos eran extranjeros, o bien provenían de territorios periféricos o irredentos. Solemos asociar a Alejandro Magno con la culminación de la civilización griega clásica (aunque también fue la puerta de su decadencia), pero Alejandro era de Macedonia, un reino semibárbaro que formaba parte de los márgenes de la cultura griega. Identificamos a Napoleón con la grandeur de Francia, pero Napoleón era de Córcega, su lengua materna era un dialecto toscano y sólo aprendió francés en la escuela. Todo artículo conspiranoico que se precie no puede omitir la figura de Adolf Hitler, que nació en un pueblo austriaco fronterizo con Alemania, que fue admitido de chiripa para alistarse en el ejército de Baviera y que no consiguió la plena ciudadanía alemana hasta 1932, en vísperas de su asalto al poder. Su rival Stalin no era ruso, sino georgiano. Y por último conviene no olvidar que Franco, depositario de las eternas esencias de la nación castellana y del madridismo (su continuador más fiel hoy en día sería Javier Tebas) no era sino un gallego indeciso que afirmaba no meterse en política.

La mención a Hitler  y al tercer Reich también nos permite aducir un ejemplo más antiguo de xenófobos que no amaban a sus paisanas. El gran Joseph Goebbels estaba casado con la fanática Magda, de la que seguramente conocía su secreto más íntimo: una ascendencia judía que sólo se ha podido demostrar en tiempos muy recientes. Pero el ligón Goebbels, a fuerza de frecuentar el Deutsche Star System de la época, se encaprichó de la actriz checa Lída Baarová. A tal punto llegaron a calentársele los casos, que planeó liarse la manta a la cabeza e irse con ella de embajador a Japón, abandonando la primera línea de la política. Pero como se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, Adolf descubrió el percal, lo llamó al orden y expulsó a la Baarová como persona non grata.

Sin abandonar el nazismo, podemos encontrar otra variante de los xenófobos que no amaban a sus paisanas. Los que amaban a sus paisanos. Está claro que en los tiempos que corren, no se trata de afearle a nadie la conducta por tener inclinaciones homosexuales, a no ser que vayas montado en un autobús naranja, pero si se trata de políticos iluminados xenófobos y además homófobos (suele ir junto en el menú), nos encontramos de nuevo con una incoherencia o contradicción flagrante. En el caso del Tercer Reich, tenemos el ejemplo patente aunque fugaz de Ernst Röhm, descabezado tras la Noche de los Cuchillos Largos, aunque hubo murmuraciones semejantes sobre otros muchos líderes nazis. Entre los xenófobos modernos, se documentan dos casos con final trágico: el holandés Pym Fortuyn, antecesor de Wilderts, que murió asesinado y que al menos tuvo la valentía de asumir su relativa contradicción; y el del ultra austriaco Jörg Haider que falleció en un extraño accidente de coche tras salir de un club de ambiente donde al parecer lo estaban chantajeando por su doble vida. Pero en mi opinión, el ejemplo más ominoso, por el inmenso poder que tuvo durante mucho tiempo, fue el de John Edgar Hoover, siempre tan implacable con los pecadillos privados de los que él veía como enemigos del modo de vida americano, pero que llevó siempre una doble vida de buen americano cristiano de clase media y su largo romance con su segundo al mando del FBI.

Las incoherencias y contradicciones de los xenófobos, iluminados, dictadores, terroristas y salvapatrias (son muy borrosos los límites entre esas cinco categorías) se extienden también al terreno de sus gustos literarios y musicales. Si no fuera porque estos personajes han dejado tras de sí innumerables víctimas mortales, sus extraños y bizarros gustos artísticos serían lo que más pudiera avergonzar su memoria a los ojos de la Historia. Nuevamente nos podemos servir de Hitler, quien en sus características personales se revelaba como un auténtico friki, como un supervillano de cine de serie B, una especie de Doctor No o Doctor Maligno, porque no encaja con el perfil de un dictador genocida el hecho de que fuera pintor, melómano, animalista y vegano, amén de millonario por haber escrito un best-seller. En los últimos años también se ha conocido la historia de sus discos de música clásica, capturados del búnker por un oficial de la inteligencia rusa, Lew Besymenski, y conservados en su dacha de las afueras de Moscú. Estaba muy anciano y enfermo el militar cuando su hija descubrió los discos en un desván. Algunos de esos discos no entraban en absoluto en el guión de los gustos musicales que debería haber tenido el Führer (y por extensión todos sus súbditos), ya que había varios de clásicos rusos como Musorsgki y Chaikovski, además interpretados por artista judíos como Huberman o Schnabel. Claro que su amada Eva Braun aún tenía gustos más desviados, pues era una fanática del jazz y llegó a fotografiarse disfrazada de hombre negro en homenaje a la película El cantor de Jazz de Al Johnson. El ejemplo del dictador que se complace en leer los libros que están prohibidos para sus sufridos ciudadanos tiene su muestra más megalómana en el albanés Enver Hoxha. El tirano tenía en su palacio de corrientes  de aire de Tirana una monumental biblioteca con todos los libros que estaban prohibidos en su país. Un auténtico despropósito, que casi parecía sacado de un cuento de Borges. Y qué decir de las cintas de casete de Julio Iglesias que Sadam Husein guardaba en sus innumerables zulos: ¿también se consideraba un truhán y un señor? O la extraña biblioteca digitalizada en un pen-drive que llevaba de cueva en cueva Bin Laden y en la que se incluía, para sorpresa de todos, un tratado sobre la coexistencia pacífica de judíos, moros y cristianos en la España medieval o, más raro aún, varios libros de un intelectual judío norteamericano de izquierdas, Noam Chomsky, quien de la noche a la mañana acabó convertido en el curioso autor de cabecera del iluminado saudí. Incluso el severo papa Juan Pablo II también tenía alguna debilidad y nunca ocultó su admiración por la actriz Patsy Kensit, que aunque católica declarada, ha llevado una agitada vida sentimental casándose con varias estrellas de rock (Jim Kerr, Lian Gallagher) y apareciendo muy ligera de ropa en las pocas películas que ha hecho.

Todo eso nos demuestra que estos líderes que montan un sistema ideológico estricto y ortodoxo, antes de obligar a los sufridos ciudadanos a comulgar con ruedas de molino, deberían revisar su vida privada y sus gustos personales y, en suma, hacérselo mirar. Porque está claro que no predican con el ejemplo.

miércoles, 18 de mayo de 2016

El Festival de Eurovisión: ayer y hoy

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"

Juan Gómez Capuz

EL FESTIVAL DE EUROVISIÓN: AYER Y HOY.

A mediados de los setenta, el Festival de Eurovisión constituía un verdadero acontecimiento social. A finales de mayo se reunían las familias para ver ese magno acontecimiento musical. La primera celebración de la que guardo memoria corresponde a una de sus ediciones más destacadas, la de 1974, cuando ganó el cuarteto sueco ABBA.

En este caso fue una especie de celebración vecinal. Nos habíamos instalado en 1973 en el piso nuevo y para reforzar los lazos entre vecinos de rellano, decidimos ver el Festival en el piso doble de mis vecinos de Almería. Estaba claro que ellos tenían más espacio. 

Como el principio del Festival, que siempre se ha celebrado en sábado, coincidía con la hora de la cena, mis vecinos improvisaron una especie de pic-nic en el que cada uno se podía servir de grandes platos de Duralex ahumado y comer en su asiento. Había tortilla de patatas, papas y, cómo no, boquerones y pestiños.

El Festival tenía dos partes bien diferenciadas. Primero las actuaciones musicales. Entonces participaban muy pocos países, comparados con los de ahora. Sólo los países de Europa Occidental, con las exóticas adiciones de Yugoslavia (por su vía independiente al socialismo) e Israel (porque no lo quería nadie o porque se sentía más cerca de Europa que de Asia, malgré tout). Como mucho, 15-18 países. No hacían falta semifinales, como ahora, ni los intocables Big Five que son los pasan siempre a la final porque son los que más dinero ponen (eso es lo que explica que España, en los últimos años, participe en todas las ediciones, malgré tout). La segunda parte era más emocionante. Eran las votaciones, y se suponía que estabas con al alma en un puño, por eso del orgullo patrio: un mal puesto en el Festival era peor encajado que una derrota de la Selección. Las votaciones constituían además un magnífico instrumento educativo, aunque creo que poca gente lo supo aprovechar: aprendías geografía, aprendías a contar de uno a doce en inglés y francés (idiomas oficiales del Festival) y también aprendías el nombre de los países participantes en inglés y francés. Eso sí, yo tardé varios años en descubrir qué país se escondía tras el exótico nombre de Guayómini, que a mí me sonaba a Pitiminí. Al final del Festival existía una especie de colofón, consistente en que el solista o grupo ganador volvía a interpretar la canción, pero sin los nervios del principio y saboreando ahora las mieles del triunfo.

A principios de los setenta, España aún era una potencia en Eurovisión. Quedaban cercanos los triunfos de Massiel en 1968 y de Salomé ex-aequo en 1969. También me quedaba cercana Salomé, pues mi madre, que tenía la carrera de canto, se pasaba el día charrando con ella en la peluquería de un pequeño pueblo de la Vall d´Albaida de donde era originario el padre de la cantante. Cuando yo llegaba a la peluquería (por aquel pueblo, aun siendo muy pequeño, me debajan ir solo a casi todos los sitios), Salomé me acariciaba el pelo, me daba caramelos y decía “ya está aquí el nen” (desde entonces, nunca me han vuelto a llamar “nen”) En años posteriores la representación española había conseguido un digno papel, con un 2º puesto de Karina en 1971, un 4º de Julio Iglesias en 1970 y sobre todo ese 2º puesto con sabor a primero de Mocedades con “Eres tú”, una canción que a veces ha sido definida como demasiado buena como para participar en Eurovisión. Incluso se crearon programas televisivos para elegir al representante español, como el mítico Pasaporte a Dublín, con lo cual los experimentos actuales no son ninguna novedad.

En aquella época, una España a medio camino entre pop y cañí fue capaz de plantarle cara al propio Reino Unido, a Guayómini, nada menos que a la mismísima Invasión Británica. Y eso que Reino Unido enviaba artillería pesada a Eurovisión, como una forma de confirmar su dominio musical en esa época. Lo curioso es que cuando enviaban artistas de primera fila conseguían buenos puestos pero rara vez ganaban, como si el público europeo se resistiera a reconocer ese manifiesto dominio británico, ese Britannia rules Eurovision. Antológica fue la derrota de Cliff Richard frente a Massiel en 1968 y en Londres, algo sólo comparable al gol de Zarra en Brasil '50. Se volvió a estrellar Cliff Richard en 1973 con un 3º puesto y sus amiguetes Shadows se quedaron con un 2º en 1975. La tardía vocalista filial de McCartney, la galesa Mary Hopkin, también se quedó con un 2º puesto en 1970, al igual que los New Seekers en 1972 y el refuerzo de la Commonwealth encarnado en una desconocida Olivia Newton-John se quedó en un 4º puesto en 1974, el año que comentamos. No obstante, Reino Unido obtuvo merecidos triunfos en los años finales de la Invasión Británica, con Sandie Shaw en 1967 y Lulu en 1969 (ex aequo con mi tita Salomé y mucha gente más). Curiosamente, cuando Reino Unido envió a músicos desconocidos con canciones alegres y festivaleras, sí consiguió el triunfo, como ocurrió con Brotherhood of Man en 1976 y Bucks Fizz en 1981, ya en época de la New Wave. En años posteriores, Guayómini perdió fuelle en Eurovisión y ni siquiera el recurso a pesos pesados como unos ancianos Engelbert Humperdinck y Bonnie Tyler pudo hacerle reverdecer viejos laureles. Más o menos como España.

En aquel Festival de 1974 en Brighton, España volvió a apostar por su lado cañí y eligió a Peret con su rumba “Canta y sé feliz”, que no se comió una rosca. Mi padres, que habían estado en Inglaterra en los años 60, casi celebraban con más entusiasmo los puntos de Guayómini (Olivia Newton-John) que los de España, mientras que mis vecinos de Almería tampoco se sentían identificados con la rumba catalana y apostaban por Suecia, porque uno de sus parientes vivía allí. Al final ganó “Waterloo” de ABBA, canción festivalera cantada en inglés, como ya empezaba a ser habitual en los países escandinavos. Y con ese triunfo comenzaba una de las mayores leyendas del pop europeo continental de todos los tiempos.

Aunque nuestra generación no fue tan adicta a Eurovisión como la nuestros padres, el triunfo de ABBA nos enganchó durante un tiempo. Frente a solistas caducos, aburridos y monocordes, ABBA representaba unos aires nuevos, tanto en la música como -por desgracia- en la imagen. Pero nosotros, a los siete años, aún no éramos maduros ni para relacionar esa música con el contexto glam, post-beatle, AOR y pre-disco ni para entusiasmarnos con los ceñidos pantalones azules de Agnetha. Sólo en los años venideros fuimos capaces de disfrutar de los últimos coletazos (con sus magníficos y crepusculares elepés Super Trouper y The Visitors) de aquel grupo mítico del naciente Europop de los 70 que siempre ha tenido la magia de hacernos retroceder en el tiempo. Esa evocación del pasado se tiñe de melancolía al escuchar sus últimas canciones, como “The Winner Takes It All”, “One of Us” y “When All Is Said And Done”, cuyas letras eran un fiel reflejo de cómo los dos matrimonios se desintegraban, manteniendo la creación artística hasta el final, malgré tout, the show must go on, como la orquesta que sigue tocando mientras se hunde el barco. Con el Festival de Eurovisión también descubrí poco después un curioso grupo danés de estilo hair-metal avant la lettre: se llamaba Mabel y practicaba ese hard rock melódico que estaban empezando a hacer los Scorpions y que a principio de los 80 cuajaría en el subgénero glorioso de las power ballads; con el tiempo, el líder, de sobrenombre Mike Tramp, se fue a Estados Unidos, donde formó una banda similar, White Lion, con grandes canciones como “Wait” o “When the Children Cry”.

La expectación familiar con el Festival de Eurovisión se extendió hasta mediados de los años 80. Fue un período irregular, donde alternaron grandes éxitos y sonoros fracasos para España. Destaca el 2º puesto de Betty Missiego en 1979, donde el jurado español se hizo el harakiri al ser los últimos en votar y dar 12 puntos a Israel, que ganó in extremis con “Hallelujah” de Milk & Honey. Un año antes también había ganado Israel con una gran canción festivalera y presagio de World Music que era “A ba ni bi” de Izhar Cohen (quizá el hermano artista del Brian Cohen de la película de los Monty Phyton, que llegó al concurso dispuesto a vengar la injusta muerte de su hermano). En cambio, volvimos a los 0 puntos de los primeros años cuando TVE volvió a apostar por la España más cañí representada por Remedios Amaya en 1983. 

A partir de los años 90 la cosa se desmadró y el Festival de Eurovisión se convirtió en una cantera de estética friki, kitsch, camp y demás adjetivos similares en cursiva. Si habíamos “naufragado” con Remedios Amaya en el 83, los gustos cambiaron (otra vez la World Music) y la apuesta electro-cañí de Azúcar Moreno obtuvo un buen 5º puesto y 96 puntos. Si el heavy metal finlandés había cosechado grandes fracasos como los cero puntos de Tojo y su canción antinuclear “Nuku pommlin” en 1982, los esperpénticos Lordi obtenían el triunfo y 296 puntos en 2006.

A mediados de los 90 los países del Este entraban en el Festival a la vez que asistíamos a la balcanización de Europa. Esto multiplicó el número de países participantes y hoy en día, pese a las semifinales, el número de países presentes en la final oscila entre 24 y 26. Con el tiempo, la mayoría de los países siguió la tendencia iniciada por los nórdicos de cantar en inglés. Se perdió el criterio de “cuius natio, eius lingua”, que pareció inmutable y sagrado durante 40 años. Tan sólo resisten Francia (por la grandeur) y España (por incapacidad manifiesta, aunque en esta edición, para escándalo de muchos, hemos perdido nuestra virginidad anglófona, aunque no nos ha servido de gran cosa; para el próximo año tendremos que hacer una canción sobre los maquis en 1944). Hasta la gran Alemania unificada ha claudicado desde 2006 (estuvo a punto de hacerlo a finales de los 70 cuando se plantearon enviar a uno de sus grupos estrella, Boney M., pero no lo hicieron, no sé sabe si porque no cantaban en directo o porque sólo cantaban en inglés). Pero, en mi opinión, lo más triste de estos últimos quince años del Festival de Eurovisivión ha sido asistir a la decadencia espiritual de tres grandes naciones: Israel, Rusia y Austria. Israel pasó de la World Music y los cardados semíticos de Izhar Cohen a la ambigüedad de la cantante transexual (y quizá descircuncisa) Dana International, con su estribillo medio en español “Viva la vida, viva Victoria, Afrodita” (que poco después copiaría parcialmente Coldplay), y pareció que el velo del Templo se iba a rasgar por segunda vez. La antigua URSS, después de criticar durante años el Festival por burgués, hortera, capitalista, kitsch y filo-gay, va y se convierte en Rusia y nos envía a las t.A.T.u (parece que con Putin no asistiremos a experimentos similares). Pero lo más demoledor ha sido lo de Austria. ¿Dónde está el árbitro de Europa? ¿Qué fue de aquel lema AEIOU, Austria Est Imperari Orbi Universo o Alles Erdreich Ist Österreich Ungetan? La verdad es que se veía venir, puesto que Austria, desde finales del siglo XVIII, ya dio inquietantes muestras de inestabilidad mental: Mozart, Schubert, Sissí, Mahler, Freud, Kafka, Klimt, Hitler, Willy Wilder, Wittgenstein, Popper, Falco, Schwarzenegger... y en 2014 Conchita Wurst, una más que hirsuta cantante transexual de nombre claramente artístico e hiperbólico (lo de Conchita pase, pero Wurst significa salchicha, y de las gordas, en alemán). El Festival de Eurovisión ha acabado con Austria. A lo mejor, lo que ha ocurrido es que el Fetsival de Eurovisión ha caído bajo la égida del "Imperio gay" que con tanta vehemencia denuncia Cañizares (resulta un tanto contradictorio que lo haga alguien que hasta hace poco se teñía el pelo de rubio).

Pero con quien puede acabar en los próximos años el festival es con Australia. "Aceptamos Australia como país europeo", podríamos decir parafraseando la típica frase de un juego de mesa. ¿Qué hace Australia en el Festival, aunque sea como invitado? La verdad es que no es la primera vez que participa un país extraeuropeo: Marruecos lo hizo en calidad de invitado en 1980 y tras la caída del Telón de Acero entraron varias repúblicas ex-soviéticas de Asia Central así como los países del Cáucaso. Además, Australia fue colonizada casi exclusivamente por europeos, sobre todo británicos e irlandeses, y mantiene estrechos vínculos con la monarquía británica, hasta el punto de que los australianos pueden ser nombrados Miembros del Imperio Británico, Sirs y Dames. Incluso una alumna mía de 2º de Bachiller confundió en un examen Asturias con Australia, lo cual demuestra la "europeidad" de las Antípodas. Lo cierto es que la afición de los australianos por el Festival de Eurovisión fue un efecto colateral de la gran fama que siempre ha tenido en este país el grupo sueco ABBA, vencedor de la final que comentábamos al principio y que pude ver en casa de mis vecinos de Almería (alfa y omega de este artículo). Esta abbamanía australiana se ha reflejado en muchos aspectos de la cultura popular de ese país y es elemento esencial de películas como La boda de Muriel. Sólo esperamos que el festival de Eurovisión no acabe con Australia.

domingo, 31 de enero de 2016

El zasca en la palabra (1). ¿Dónde está Breslavia? Exónimos tradicionales, exotismos políticamente correctos, resucitaciones autonómicas y demás parentela

EL ZASCA EN LA PALABRA (1). ¿DÓNDE ESTÁ BRESLAVIA? EXÓNIMOS TRADICIONALES, EXOTISMOS POLÍTICAMENTE CORRECTOS, RESUCITACIONES AUTONÓMICAS Y DEMÁS PARENTELA

Juan Gómez Capuz, Doctor en Filología

¿Dónde está Breslavia? Breslavia está muy lejos. Tan lejos que Ernesto Sevilla, de Muchchada Nui, tendría que gritar a pleno pulmón para que le oyeran desde allí. Tras aplicar un riguroso método cartesiano, he llegado a la conclusión de que Breslavia está en Polonia. Veamos el proceso: el campeonato de balonmano que acaba hoy es el Europeo de Polonia 2016; España (los Hispanos) ha jugado la primera fase en Breslavia; ergo, Breslavia está en Polonia porque de lo contrario no tendría sentido llamarlo "Polonia 2016". El problema es, ¿a qué ciudad concreta responde el exótico, latinizante y arcaizante nombre de Breslavia? A bote pronto, a mí me suena a la Sildavia de la canción de La Unión o a topónimo de El prisionero de Zenda, la típica ciudad de la Europa profunda habitada por una mayoría eslava y una minoría gobernante germanófona. Y lo cierto es que no andaba muy desencaminado, puesto que la exótica Breslavia es la ciudad de Wroclaw, la antigua Breslau prusiana, la histórica capital de Silesia históricamente disputada entre Polonia y Alemania. Quizá lo de Breslavia sea una solución salomónica, para no tener que ir explicando que la ciudad se llama ahora Wroclaw pero durante mucho tiempo se llamó Breslau y que luego te acusen de revisionista. Lo mismo ha sucedido con otras ciudades de su entorno, pues la página de la Wikipedia donde está Breslavia remite a la no menos exótica y rimbombante ciudad de Leópolis, que casi parece de ciencia ficción, del Imperio Bizantino o de novela de caballerías, pero que en realidad corresponde a otra ciudad disputada, la polaca Lvov y la hoy ucraniana Lviv (el término latino tiene cierta lógica, porque los nombres polaco y ucraniano corresponden a una raíz eslava que significa 'león', de ahí Leópolis, “la ciudad del león”).

El problema es que tengo la sensanción de que Breslavia y Leópolis son nombres “viejunos” (como dirían en Muchachada Nui, pero sin gritar), que fueron acuñados en castellano en el siglo XVI, pero desde hace mucho tiempo quedaron en desuso. Basta consultar diversos atlas, tanto actuales como de hace 30 o 50 años, para comprobar que estas formas antiguas no aparecen nunca, y que esas ciudades son mencionadas como Breslau/Wroclaw y Lvov/Lviv, muchas veces con la doble forma que refleja su azaroso destino. ¿De dónde han salido, entonces, estas formas tan antiguas y latinizantes que dormitaban el sueño de los justos? Parece ser que ciertas instancias idiomáticas del castellano, como el Diccionario Panhispánico de Dudas, el DPD de la Asociación de Academias (yo lo llamo el Depende, porque muchas veces da como buenas varias formas para un mismo topónimo o gentilicio con lo cual el profesional que lo consulta no sabe a qué carta quedarse) y sobre todo la Fundéu de la Agencia EFE han apostado fuerte por recuperar los llamados “exónimos tradicionales” del castellano y han “resucitado” estas formas tan antiguas.

Hay que recordar al lector que cuando la recién creada Monarquía Hispánica de los Reyes Católicos se abre al mundo y comienza a dominar Europa, se hace necesario adaptar los topónimos extranjeros a las pautas fonéticas y gráficas del castellano. Hasta aquí todo normal y justificado. El problema del castellano es que, desde sus inicios, tuvo una fonética muy elemental y pobre, un virus inoculado por su vecino el vasco cuando nació en las montañas del norte de Burgos y sur de Cantabria, apenas romanizadas. El vasco, lengua no indoeuropea, siempre fue enemigo de vocales abiertas y neutras (se limitó al a e i o u), de la v labiodental y, sobre todo, de las sibilantes y palatales sonoras (s sonora, fricativa g y africadas dg y dz). El castellano, tocado ya en sus genes, aún conservó dos almas (como el PSOE) y tuvo una norma meridional de Toledo que sí realizaba las sibilantes y palatales sonoras. Pero en el siglo XVI, con el traslado de la corte a Madrid (y por unos años, a Valladolid), la norma norteña seguidora de la fonética vasca triunfó definitivamente y se produjo la llamada “revolución fonológica”, que más bien era una involución. Eso es lo que explica que la fonética del castellano sea tan recia, tan monolítica y tan elemental, que se diferencie tanto de las lenguas de su entorno, incluso las románicas peninsulares (aunque el castellano ha conseguido inocular su virus vasco al gallego y al valenciano apitxat, variedades fuertemente castellanizadas). Eso también explica la proverbial torpeza de los castellanohablantes monolingües a la hora de aprender y hablar otras lenguas. Y todo esto viene a cuento porque creo que también condicionó la fuerte tendencia a castellanizar de manera radical topónimos que sonaban a chino porque contenían fonemas perdidos por el castellano en ese proceso. Con los topónimos alemanes, puestos de moda por la política común de Carlos rey emperador, un belga políglota que se vino de Erasmus a España y se quedó, la castellanización siguió pautas latinizantes y eclesiásticas: Colonia, Baviera, Ratisbona, etc. Eso lo podemos ver en el mítico cuadernillo de resumen de gramática latina del Diccionario Vox Español-Latino (los alumnos de hoy piensan que ese diccionario sirve para traducir la letra de “La gozadera”) que nos salvó el culo muchas veces y que también incluye, a modo de bonus tracks, una lista de las diócesis del mundo mundial (nunca supimos muy bien por qué). También fue habitual adaptar los topónimos alemanes acabados en -au por la forma latinizante en -via: Friburgo de Brisgovia y nuestra querida Breslavia (en latín, Vratislavia), y cuidadín, que el cudernillo del Vox de 1980 sitúa Breslau entre las diocésis de... Alemania. Con los topónimos ingleses, puestos de moda por Catalina de Aragón y un Enrique VIII al que se le empezaba a ir la pinza, las castellanizaciones son radicales y de auténtica risa, prueba de que el inglés nunca se nos ha dado bien: Windsor se convierte en Vindisoro, Falmouth en Falamonte, Jane Seymour en Juana Semua y el ayatolá presbiteriano John Knox, nada menos que en Juan Quenoques (aunque algunas versiones en inglés de topónimos hispánicos también son de risa como Cape Horn por Cabo de Hornos y Key West por Cayo Hueso). Ante tal caos, el castellano empezó a importar formas intermedias acuñadas en francés, como Londres o Moscú, como un mal menor. Algunas castellanizaciones quedaron mejor y aún se usan, como Ana Bolena (de Ann Boleyn), Juan Calvino (de Jean Calvin) y Martín Lutero. Tomo estos datos de la famosa polémica entre Lapesa y Madariaga a mediandos de los 60. Y otra de las consecuencias de esta radical tendencia castellanizadora era su extensión a los antropónimos: como hemos visto en los ejemplos, se instauró la norma, no seguida por ninguna lengua europea de nuestro entorno, de traducir al castellano los nombres de pila de personajes extranjeros. Una norma que se ha mantenido durante siglos y que ha llegado hasta casi anteayer, hasta los años 60, cuando el casticista Madariaga se lamentaba de que John Kennedy no se hubiera adaptado como Juan Quenedio, que casi parece nombre de presentador o humorista. Todavía en los años 40 se hablaba de Adolfo Hitler y José Stalin. Sólo en los años 70 empieza a cambiar la tendencia, no sólo con nombres actuales sino con revisiones de nombres antiguos: el DRAE de 1970 aún hablaba de “Carlos Marx, Federico Engels y sus secuaces”, mientras que el DRAE de 1984 ya habla del “materialismo histórico de Karl Marx y Friedrich Engels”. Los niños del Baby Boom nos criamos leyendo a Julio Verne, mientras que los niños de hoy leen, si es que lo hacen, a Jules Verne, que mola más.

Hoy en día parece haber una política de mayor respeto hacia las formas originales extranjeras, a no ser que dispongamos en castellano de un “exónimo tradicional” plenamente en uso. Incluso el DPD y la Fundéu han claudicado en algunos casos y reconocen que es aceptable la forma alemana Bremen porque el tradicional Brema cayó en desuso, pero a la vez siguen prefiriendo Hesse y Dresde a Hessen y Dresden. La globalización de nuestros días también ha hecho proliferar formas intermedias inglesas (a veces latinizantes) que en ocasiones desplazan sin razón alguna a las tradicionales castellanas, como Bavaria en lugar de Baviera. También complica el asunto la tendencia anticolonialista de algunos países que ahora se llaman de otra manera aunque siguen siendo igual de pobres, como el antiguo Alto Volta convertido en Burkina Faso, Ceilán convertido en Sri Lanka, o Birmania convertido en Myanmar (ninguna fuente normativa se atreve a crear un gentilicio derivado de Burkina Faso, a ver quién es el guapo que lo hace: ¿burkinafasiense?). Por no hablar del pinyin revisionista chino donde Pekín pasa a ser Beijing. Además, hay que añadir el frente interno, ya que muchos topónimos gallegos, vascos, catalanes, valencianos y baleares han recuperado su forma autóctona, en ocasiones sancionada con votaciones parlamentarias, como Girona, Lleida y Ourense. El problema de todos estos cambios no sólo es la dualidad de formas del topónimo, sino la creación de dobletes entre el topónimo extranjero y el gentilicio tradicional castellano, que casi nunca se modifica: al igual que tenemos dobletes latinos/patrimoniales como pecho/pectoral y oreja/auricular, y algunos con topónimo y gentilicio latinizante eclesiástico, como Badajoz/pacense, Huielva/onubense, tenemos ahora dobletes como Bejing/pekinés, Sri Lanka/ceilandés o cingalés, Myanmar/birmano, Girona/gerundense, Lleida/leridano, que pueden ser útiles como preguntas para un concurso, pero que confunden, y mucho, al hispanohablante medio (cuando el Lleida estuvo en primera división, algunos madrileños me preguntaban si Lleida era un pueblo de la provincia de Lérida). Y no sólo al hispanohablante medio, sino también al camionero ruso o rumano que ha de llevar cucurbitáceas y malocotones de Almería al resto de Europa y que, con el caos que esto crea en los mapas de GPS, acaba perdiéndose en un pueblo de La Rioja o en Nueva Suabia, Antártida. 

Por eso, pienso que esta tendencia reciente de volver a exónimos tradicionales que quedaron fuera de uso, como Breslavia y Leópolis, puede acrecentar esta ceremonia de la confusión, sobre todo si formas tan exóticas y viejunas vuelven a aparecer en los GPS.

domingo, 21 de junio de 2015

Sobre tuits ofensivos, antisemitas y la necesidad de hacernos mirar nuestro "timeline" (Je m´accuse)

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"
(IX: 2015)

Juan Gómez Capuz

SOBRE TUITS OFENSIVOS , ANTISEMITAS Y LA NECESIDAD DE HACERNOS MIRAR NUESTRO "TIMELINE" (Je m´accuse)

Todavía estoy consternado por la noticia que leí esta semana en el fiable periódico El Mundo Today: “el presentador Jordi Hurtado ha sido despedido por un tuit injurioso que envió en 1610”. Después de investigar en diversas fuentes, he averiguado que Jordi Hurtado (cuyo verdadero nombre es Matthias Corvinus) no solo se burlaba de la ludopatía de Felipe III sino también, y en especial, del propio Miguel de Cervantes por haberse demorado tanto en la publicación de la segunda parte del Quijote y dejar que se le adelantara un tal Avellaneda (la verdad es que se te adelante un equipo de fútbol argentino tiene delito).

Esta misma semana, en el debate de La Noche en 24 Horas, varios colaboradores admitían que, tal como está el patio con lo de los tuits ofensivos (prefiero el twist), todos tendremos que hacernos mirar nuestro timeline (hasta ese momento, yo pensaba que “Timeline” era una canción de Alan Parsons). Es decir, que las barbaridades que uno dice hablando se las lleva el viento (a no ser que te graben a traición), pero lo escrito escrito queda. O como decían ya los romanos, verba volant pero scripta manent. Pero dejemos a los romanos, aunque leímos y oímos sus historias, y volvamos a la actualidad de lo que los vascos llamarían “vaya semanita”. Por culpa de los tuits de Zapata (¿lo eligió Pablo Iglesias sólo por su apellido o tiene alguna cualidad que aún no hemos sabido apreciar?), ahora estamos todos bajo sospecha. En cuanto a Twitter, yo estoy muy tranquilo, porque aunque estoy registrado, nunca lo he utilizado (140 caracteres son muy poco para mí, como saben mis lectores habituales). Pero en Facebook he sido muy activo, con comentarios concisos e incisivos, aunque creo que los que nos expresamos por Facebook nos contenemos más que los que lo hacen por Twitter, ya que al disponer de más caracteres puedes matizar mejor tus ideas. Pero el cuerpo del delito está en mi blog de mis “Artículos de El pobrecito Hablador”. Me he leído en tiempo récord los 57 artículos para “hacérmelo mirar”, por si en algún momento había ofendido a alguna persona o colectivo y así aprestarme a esperar estoicamente en mi casa la llegada de la Gestapo de lo políticamente correcto. Y la verdad es que estoy muy “tranquilo”, porque en esos 57 artículos que siempre quedarán por escrito me he burlado y he criticado a todas las personas y colectivos habidos y por haber, con lo cual al menos puedo esgrimir la eximente de no ser sectario. Y también puedo aducir otra eximente: frente a los tuits ofensivos, descarnados, de juzgado de guardia, que se han puesto sobre el tapete estos últimos días, mis críticas en Facebook y en mi blog, aun siendo duras, conservan cierta elegancia, cierto aire de “estocada limpia”, como si el belicoso humor español se viera atenuado por la sutilidad del humor inglés y ciertos toques surrealistas.

Lo paradójico es que quienes hoy más se la cogen con papel de fumar y se ofenden por casi nada son colectivos que hace 30 o 40 años estaban en las catacumbas pero que ahora, con todas las leyes a su favor, se han convertido en los “putos amos” de este país. Parece que la “tolerancia” que hace tiempo pedían, con toda razón, para ellos, ahora no la aplican para los demás.

En todo caso, tenemos que “hacernos mirar” lo que hemos escrito y hacer también un “acto de contrición” en plan “yo me acuso”. A eso voy.

Yo me acuso de haber criticado al Estado de Israel, sobre todo bajo los gobiernos de la derecha nacionalista de yujuyuju Netanyahu (aka Bibi, para disgusto de Almodóvar). Pero la crítica de esa forma de actuar, anteponiendo la seguridad a la paz, nunca ha dado paso en mis escritos a diatribas antisemitas. Tan sólo me limité en un caso a manifestar la paradoja de que cierta derecha dura española sea ahora tan prosionista cuando sus ancestros simpatizaron con los peores enemigos del pueblo judío. Además, siempre he manifestado mi admiración por la intelligentsia judía, en cuanto a pensadores (excepto Chomsky), músicos, la mayoría de los cineastas y todos los humoristas (por los cuales siento gran empatía). Por ello, me alarman sobremanera los comentarios abiertamente antisemitas de ciertos cachorros de la extrema izquierda que no saben distinguir entre los gobiernos de derecha nacionalista de Israel por un lado y el pueblo judío por otro, con lo cual acaban formulando consignas neonazis y empleando un humor más negro que los uniformes de las SS. Además, estos cachorros mordedores deberían recordar que también es derecha nacionalista y autoritaria el régimen de Erdogan en Turquía y no digamos el de al-Sisi emperador en Egipto, firmando más sentencias de muerte que un dictador de opereta.

Yo me acuso de haber criticado a Podemos, sobre todo en cuanto a su génesis en un mundo universitario viciado por la endogamia, la radicalidad y la uniformidad ideológica. También he criticado sus proyectos jacobino-bolcheviques de asalto al poder, que darían para una novela al estilo de George Orwell. Y en estos últimos días he criticado las barbaridades de viva Zapata y sus ceniceros judíos (parece el nombre de un grupo de rock indie) y a la Gran "Maestre" de la Iglesia de Satán. Es sorpendente la cantidad de disparates y salidas de tiesto que han hecho en tan poco tiempo estos jóvenes cachorros de la izquierda radical, llegando a superar a las barbaridades de la derecha mediática de Federico, César Vidal o Paco Marhuenda, que ya es decir. Creo que ni siquiera Hermann Terscht medio borracho hubiera llegado nunca a estos extremos de mal gusto e inmoralidad.

Yo me acuso de haber criticado a amplios sectores del PP, empezando por Lovely Rita y terminando por el insulso Rajoy, aunque el objetivo de mis dardos más afilados siempre ha sido Aznar (y siempre lo será). En cuanto a los extraños cambios que acaba de hacer Rajoy en el aparato del Partido, apunto mi última pulla: los cambios se han quedado cortos porque no ha creado una Vicesecreatría de Vino y Chuches.

Yo me acuso de haber criticado, hace tiempo (hay quien ni se acuerda de su paso por la Historia), la deriva ultralaica, filo-gay y hasta cierto punto antioccidental de Zapatero, quizá porque conservaba un trauma de la educación que recibió en su niñez.

Yo me acuso, en una línea similar, de haber criticado con frecuencia a las ONGs occidentales (especialmente francófonas) que no creen en la civilización occidental y actúan a modo de quinta columna o caballo de Troya, poniéndose al servicio de otras civilizaciones donde los derechos humanos y, sobre todo, los derechos de la mujer, son auténtica ciencia ficción, aunque estas ONGs ven con gran simpatía este tipo de regímenes.

Yo me acuso de haber hecho en Facebook un comentario malicioso pero con gracia sobre don Juan Carlos tras su abdicación. Surgió la noticia de que don Juan Carlos estaría al menos 15 días sin blindaje ante el Tribunal Supremo, por lo cual cualquier ciudadano podía demandarle (aunque creo que al final el PP evitó ese “interregnum sine ferro”). Yo hice el siguiente comentario: “Esos 15 días sin blindaje los debería aprovechar Luke Skywalker con su caza”. Y me llovieron las críticas por parte de conspicuos republicanos que me afeaban la conducta por descolgarme con “una tontería tipo Star Wars” en lugar de hacer comentarios serios y "constructivos". Tan sólo un internauta de inquebrantable adhesión monárquica me criticó por realizar una analogía implícita entre don Juan Carlos y Darth Vader. Nada más lejos de mi intención, aunque si llevamos esa analogía hasta su límite, ¿quién sería ahora Luke Skywalker?

Yo me acuso de haber criticado a todos los implicados en temas de corrupción o aquellos que se han aprovechado del dinero público. Cuando salieron a la luz todos los chanchullos del arquitecto Santiago Calatrava, valenciano (no podía ser de otro sitio), hice en Facebook un comentario tan sutil y tan de humor inglés que casi nadie lo pilló y por tanto los internautas volvieron a criticarme por escribir tonterías surrealistas. Aprovecho este artículo de contrición para volverlo a poner y pido a los lectores que activen las presuposiciones correspondientes así como los conocimientos subculturales propios de los que tenemos entre 40 y 50 años. Mi comentario, sutil, absurdo y lacónico en apariencia, rezaba así: “es el peor de los tres hermanos”.

Todos estos son mis delitos de opinión.

miércoles, 15 de abril de 2015

American Max (sobre las americanadas del canal Discovery Max)

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"
(IX: 2015)

Juan Gómez Capuz

AMERICAN MAX (Sobre las americanadas del canal Discovery Max)

Ante la escasa calidad de los programas de todas las cadenas de televisión, la llegada de un nuevo canal siempre despierta expectativas. Además, llevábamos ya unos meses con el cierre de varios canales y era una forma de compensar. El problema es que los canales temáticos representan un arma de doble filo y al final acaban siendo incluso peores que los canales generalistas. Y este componente negativo se acrecienta con la tendencia actual hacia los “canales de género”: canales de televisión sólo para hombres y canales sólo para mujeres. Como se ha dicho muchas veces en la Red, ese tipo de canales son en realidad un insulto a a cada género en particular y a la inteligencia en general. Los canales para mujeres abundan en el cotilleo y la frivolidad, como Divinity o la propia Tele 5. Los canales para hombres son aún peores, pues todo se basa en la testosterona, la violencia, los automóviles y las grandes máquinas. Pero existe una combinación aún más letal: un canal para hombres desde un punto de vista exclusivamente norteamericano. Y ese canal se llama Discovery Max.

He estado viendo algunos programas de dicho canal, y en pocos días mi salud mental se ha visto seriamente deteriorada. Algunos programas los he visto simplemente por curiosidad, por morbo, ya que no tengo ninguna afición por la violencia, los automóviles y las grandes máquinas, sobre todo desde el punto vista del norteamericano medio del medio Oeste, de la América profunda. Me siento mucho más afín a los cerebritos desquiciados de Big Bang Theory y a series urbanitas como Castle. Pues bien, toda la programación de Discovery Max gira sobre esos ejes. Pongamos algunos ejemplos. Los norteamericanos son grandes aficionados a las subastas y a los trasteros de puertas metálicas amarillas (en el sur de España también hay bastante afición), hasta el punto de que en algunos espisodios de la sofisticada y poco masculina serie Castle aparecen ejemplos de ello. En Discovery tenemos el programa Cazasubastas. Es una especie de reality que consiste en seguir a la gente que puja en las subastas por diversas mercancías, en especial trasteros abandonados concentrados en una especie de naves industriales para ver el provecho que pueden sacar revendiendo los objetos que hay en ellos, especialmente los de contenido friki o vintage (viejos cómics, cromos de béisbol, antiguos electrodomésticos, etc.). El programa está conducido por un un individuo joven, con barba de perilla, pelo rapado y cuero cabelludo tatuado, con pinta de motero Easy Rider o revisionista confederado y que además está tan obeso que tiene papada hasta en el cogote. Por otra parte, los norteamericanos siempre han tenido gran afición por los automóviles clásicos, hasta el punto de que allí los coches se nombran por su marca, color y su año de fabricación, como si todo el mundo manejara fácilmente esos conocimientos (ej. un Ford Torino rojo del 79, ¡qué tiempos aquellos!). Pues bien, hay un programa en Discovery donde se explica el proceso de rehabilitación y tuneado de coches antiguos (en este aspecto, los norteamericanos coinciden con los cubanos, lo cual explica que las dos naciones se hayan reconciliado). Igualmente, hay programas sobre la fabricación de comida en cantidades industriales. También hay programas que hablan sobre el funcionamiento de grandes maquinarias, cuanto más grandes mejor, más testosterona. Y si hablan de edificios, han de ser edificios muy grandes y muy altos, como el programa Megaestructuras, cuyo nombre lo dice todo. Parece que en Discovery Max son seguidores a ultranza del motto latino altius, citius, fortius, aunque en este caso complementado por un segundo motto del tipo maius, bizarrius, frikius.

Otro componente típicamente norteamericano de Discovery Max es el puritanismo. Existe un reality en el que los concursantes tiene que saber desenvolverse en un entorno natural agreste y hostil, y además sin ropa: en la traducción castellana el programa se llama Aventura en pelotas. Es como nuestro programa Adán y Eva pero sustituyendo el lado femenino de la convivencia en pareja por el reverso masculino del afán de exploración, de llegar a la última frontera y al destino manifiesto, todo tan americano. Y como es tan americano, las partes íntimas de los concursantes se pixelan continuamente, porque el decoro está por encima de todo, cosa que no ocurre en Adán y Eva donde campan a sus anchas felpudos y pirindolos y encima es sólo para mayores de 16 (¡!). En cambio, Aventura en pelotas es sólo para mayores de 7 años (¡!), porque los programas norteamericanos son para verlos en familia, como Dios manda, y los niños deben aprender desde el principio ese espíritu de superación y de conquista tan americano. Otra muestra del puritanismo yanqui es la tendencia anglosajona a neutralizar con pitidos las palabras malsonantes que dicen los participantes en un reality, de manera que en programas como Pareja a la puja y Cazasubastas, la mitad de los que dicen los participantes son tonterías y la otra mitad queda anulada por continuos pitidos.

Ahora bien, hay un programa en Discovery que explica el sueño de todo norteamericano, sobre todo cuando son niños e incluso cuando ya no lo son tanto: construirse una casa en un árbol, que junto con los VHS y las bolsas de papel de estraza sin asas para llevar la compra del supermercado, representan la santísima trinidad de las costumbres de ese país. Aunque está claro que lo de hacerse una casa en un árbol es, con diferencia, la costumbre más antigua de las tres, pues ya se remonta a la época de Tom Sawyer y Huckleberry Finn y muestra de nuevo ese espíritu de aventura y de conquistar la naturaleza propio de los norteamericanos. El programa se llama, simplemente, Mi casa en un árbol, para que quede clarito y que el telespectador estadounidense no se llame a engaño.

En fin, esos son los típicos programas que te puedes disfrutar en Discovery Max. Si te pones a verlos, ya sabes lo que vas a encontrar. Pero la gran trampa de ese canal es que también emite programas teóricamente más serios, de carácter histórico o científico. El problema radica en que el enfoque que se les da a esos programas “más serios” sigue siendo el típico de este canal, enfatizando lo más cercano a la violencia, la catástrofe, la destrucción, las grandes máquinas y el espíritu de aventura.

En el lado científico tenemos Desmontando el Cosmos (Strip the Cosmos), que es una especie de remake del Cosmos de Carl Sagan con los efectos especiales al estilo de Dreamworks y con los guiones al estilo de Tarantino. O sea, una chufla. Sólo tratan temas de astronomía vinculados con la destrucción, como las erupciones solares, los asteroides, los cometas, la extinción de la vida en Marte y Venus, etc. Al igual que los programas científicos serios, recurren con mucha frecuencia a los testimonios de autoridades en la materia, pero esas “autoridades” son casi siempre militares que aparecen en pose marcial (ya que en Discovery Max las amenazas a la Humanidad se convierten, sencillamentre, en amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos, tipo Independence Day) y científicos locos que emprenden por libre proyectos desquiciados como reproducir en un paisaje desértico el clima de Marte o el impacto de un meteorito, y que por tanto responden muy bien a ese espíritu de aventura, de última frontera, tan norteamericano.

En cuanto a los programas de carácter histórico, el ejemplo más claro se llama Mitos y Leyendas. El programa debería llamarse Mitos y Tesoros, porque casi todos los episodios tratan sobre la búsqueda de algún tesoro legendario, y por tanto hacen hincapié de nuevo en ese espíritu de aventura tan norteamericano. Además casi todos los exploradores son norteamericanos, como el mítico Hiram Bigham. De hecho, la cabecera del programa incluye una foto fija de un explorador joven con barba de varios días y sombrero de ala ancha frente a un túmulo construido con adobe, lo cual nos hace pensar inmediatamente en Indiana Jones y el templo maldito. En algunos episodios el norteamericanocentrismo del canal se relaja y nos hablan de la búsqueda de reliquias por parte de los nazis, como el Grial, el Arca de la Alianza o la Lanza de Longinos, pero de nuevo está presente la conexión con Indiana Jones y además se centran en detalles morbosos o superficiales como la condición de judío y gay de Otto Rahn o la obsesión de George Patton por la Lanza. Uno de los pocos programas históricos con bastante nivel y guiones muy trabajados es Grandes Civilizaciones, pero desgraciadamente sólo consta de tres episodios, porque es una  producción alemana y los alemanes siguen considerando que las raíces de la civilización occidental se reducen a Grecia, Roma y el mundo vikingo (una postura no muy alejada de lo que creía hace 70 años la propia Anhenerbe). También es un buen programa con buenos guiones La segunda guerra mundial en color: aunque tienden a dar gran protagonismo a las actuaciones norteamericanas no descuidan la lucha en solitario de Inglaterra ni, sobre todo, la lucha entre nazis y soviéticos en el decisivo frente oriental. Lo único que chirría es que al hablar de norteamericanos caídos en combate ordinario, emplean con mucha laxitud el término asesinados, lo cual revela un cierto victimismo. Finalmente, otro programa sobre la Historia más reciente que despertó mi atención fue la serie Los Sesenta, producida por Tom Hanks, pero en este caso el norteamericanocentrismo se manifestaba con toda su crudeza: era una serie, exclusivamente, sobre Estados Unidos en los años 60 y las escasas referencias a Europa se limitaban a la “invasión británica” de los Beatles y otros grupos y al mayo del 68 francés. Todo lo demás era el típico discurso sobre USA en los 60, como mera materia prima para el guión de una típica película norteamericana: segregación racial, guerra de Vietnam, crisis de los misiles, asesinato de JFK, psicodelia, hippies y múltiples detalles irrelevantes para un “europeo” como la lucha electoral entre Hubert Humphrey y Richard Nixon.

Ese es, a grandes líneas, el contenido del canal American Max, perdón, Discovery Max.

viernes, 3 de abril de 2015

Mis doce meses en Meetic y en Ofiuco

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"
(IX: 2015)

Juan Gómez Capuz


MIS DOCE MESES EN MEETIC Y EN OFIUCO

Hace algunos años tuvo bastante éxito en internet un blog titulado “Mis seis meses en Meetic”, redactado por un hombre, A.N., que se movía en la zona de Alicante. En este artículo, yo pretendo cudruplicar la apuesta, puesto que hablaré de mis doce meses tanto en Meetic como en una agencia matrimonial a la que llamaré Ofiuco, en la zona de Valencia.

En su blog, A.N. ponía de manifiesto que las mujeres que se apuntaban a Meetic se movían sólo por intereses económicos, tratando de cazar un buen partido. En mi caso, la queja va en otra dirección de los intereses materialistas: las mujeres registradas en Meetic se mueven sólo por el físico de los hombres, tratando de cazar un buen “maromo”, mientras que otras cualidades que tradicionalmente caracterizaban a un “buen partido” (empleo estable, posesión de viviendas, nivel cultural alto, etc.) pasan a segundo o tercer plano, o incluso se convierten en una rémora. Parece que las mujeres de 30-45 años aplican criterios estrictamente neodarwinistas y eugenésicos a la hora de encontrar pareja por internet, están obsesionadas con la estatura, el aspecto físico y su impacto en la genética de los hijos futuribles y ponen como condición sine qua non para contestar que el hombre ponga una foto suya, cuando muchas no ponen su foto o su figura aparece distorsionada. A quienes no les guste la metáfora biologicista del neodarwinismo, quizá porque son progres o neonazis entusiastas de Nietzsche y de sus teorías sobre el triunfo de los más fuertes al margen de cualquier ética, propongo una segunda lectura metafórica de signo anticapitalista, que está más de moda. Las relaciones personales entre hombres y mujeres se han convertido en estos últimos 30 años en un auténtico “mercado de la pareja”. Al igual que hoy en día, quien queda fuera del mercado laboral lo tiene muy difícil para volver a entrar en él, quien queda fuera del mercado de la pareja queda fuera para siempre y resulta casi imposible subirse al carro. Y en ese “mercado de la pareja” lo único que cuenta ahora es la apariencia física. Es cierto que siempre existió, sobre todo en los pueblos y en las pequeñas capitales de provincia, un cierto mercado de la pareja, con sus bailes y “tontódromos”, pero en aquella época se catalogaba a un hombre como un “buen partido” en función de múltiples factores, como los citados antes de empleo, formación intelectual y posesiones de bienes inmuebles, y por tanto los criterios eran más laxos y flexibles. Esa divergencia generacional explica que, en diversos centros de trabajo, las mujeres de 60-65 años me consideren un buen partido (empleo fijo, nivel cultural alto, inquietudes artísticas, músico, escritor, bloguero, editor) mientras que las compañeras de 35-45 años (que son las que realmente cuentan como potencial pareja) siempre me han visto como un "divergente", un friki asexuado recién salido de The Big Bang Theory.

Veamos ahora estos postulados neodarwinistas y neoliberales en las mujeres registradas en Meetic. Para quien no haya entrado allí, los datos que ofrece una persona registrada en Meetic se dividen en tres grandes bloques: “Mi perfil/¿Cómo soy yo?”, “Mi estilo de vida” y “La persona a quien busco”. Los dos primeros bloques hacen referencia al propio sujeto y el tercero a la pareja deseada. Pues bien, resulta que muchas mujeres de Meetic dejan prácticamente en blanco casi todos los campos de los dos primeros bloques. Como mucho, sólo ponen su signo del zodiaco (algo que también apunta A.N.). ¡Y a mí qué coño me importa su signo del zodiaco! No soy Rappel ni uno de esos videntes de tres al cuarto que salen a las tres menos cuarto de la madrugada estafando a los noctámbulos. En cuanto a las pocas que consignan su profesión, destaca la gran abundancia de "ejecutivas": para mí, que la mitad de las que ponen eso están en el paro (o como mucho repartirán propoaganda). Como he apuntado antes, pocas mujeres ponen foto suya y si la ponen está tan difuminada que resulta imposible saber cómo es ella. Eso sí, todas las mujeres advierten que no contestarán a ningún hombre que no ponga foto ni rellene todos los campos de su cuestionario, con lo cual encontramos algo habitual en los foros y agencias para encontrar pareja que es el doble rasero a la hora de medir a hombres y mujeres. Por cierto, que a pesar de poner foto y rellenar todo el cuestionario, cuando envías algún mensaje a alguna mujer, casi nunca te contesta (no es solo una experiencia personal, sino que también la constatan muchos hombres que comentan el blog de A.N.). El único dato personal donde las mujeres se emocionan y se explayan a sus anchas es la sección donde pueden expresar cómo son y qué tipo de pareja buscan, y lógicamente toda la información se refiere a su “pareja ideal”. Aunque luego se muestren mezquinamente materialistas, en esta sección se expresan con un lenguaje más etéreo que una poesía pura de Juan Ramón Jiménez con música de Enya. Una de las expresiones más recurrentes es “Quiero encontrar un hombre que me lleve a la Luna”. A mí se me ocurrió contestar a un par de ellas diciéndoles “Pues búscate un astronauta”, y esta vez sí me contestaron: me dijeron de todo menos guapo. Eso sí, en el bloque de “La persona a quien busco” las mujeres registradas en Meetic se sueltan el pelo. Rellenan todos los campos y aquello parece la carta a los Reyes Magos. Uno de los datos que más me ha llamado la atención es que normalmente buscan hombres de la misma edad o más jóvenes, de manera que una mujer de 40 busca hombres entre 35 y 40, cuando tradicionalmente el hombre solía ser algunos años más mayor. En cambio, si tienes cierta edad pero aparentas menos (como es mi caso), les parece horroroso y te espetan que esperaban encontrar a "un hombre de verdad y no a un jovencito aniñado". Pero el dato estrella (y donde yo me he estrellado más veces) es la estatura: todas las mujeres, incluso las más bajitas, buscan hombres altísimos. A la hora de consignar la estatura, existe un término inferior y un término superior, pero muchas mujeres solo indican el término “inferior”, que sitúan en 1,80 metros de altura. Al no marcar el término superior, el programa informático de Meetic lo “verbaliza” por defecto en un contundente “Estatura: 1,80 mínimo”, formulación leonina que parece más propia de los requisitos a una oposición de bombero o policía que a la búsqueda de una pareja. Sólo tendrán opciones los jugadores de baloncesto. Obviamente, cuando escribes a una mujer para hacerle ver que no son formas, te contesta de todo menos guapo. Lo de la estatura es un handicap insalvable y además las mujeres te lo plantean en los más estrictos términos neodarwinistas, eugenésicos y de selección natural: una de ellas me lo "justificaba" diciéndome “es que con tu estatura los niños saldrían muy bajitos”; yo intenté contrargumentar diciendo “pero también saldrían muy inteligentes”, a lo que ella contestaba desarbolándome “ya, pero eso no compensa”. Su actitud me recuerda al "gen egoísta" de Richard Dawkins, un estusiasta de Darwin y Nietzsche. Ahora que tantos colectivos se la cogen con papel de fumar y se querellan contra humoristas o asistentes a un partido de fútbol (dos colectivos por los que siento gran empatía), yo propongo que los hombres bajitos de Meetic creemos una plataforma llamada Meetic-leaks y “filtremos” los nicks (eso daría para otro artículo, porque la mayoría son para llorar) de las mujeres que buscan hombres altísimos y nos marginan de entrada a los más bajitos. El problema es que, como me temo que la mayoría de los hombres bajitos de Meetic seremos varones caucásicos, heteros y con estudios, ningún medio de comunicación (sobre todo Tele 5) nos hará ni caso, pues no les cabrá en la cabeza que podamos ser objeto de algún tipo de marginación y lo considerarán una actitud políticamente incorrecta por nuestra parte. Y menos caso nos harán todavía esos caballos de Troya llamados oenegés, para quienes somos el origen de todos los males que aquejan a la Humanidad y que solo ayudan a los hombres de otras culturas que son los que de verdad sojuzgan a sus mujeres. 

Creo, por tanto, que las mujeres de Meetic no acabn de ser conscientes de que los hombres de Meetic somos muy mediocres físicamente, porque si fuéramos algo mejores buscaríamos mujeres en campo abierto o nos apuntaríamos a E-Darling, que es para “solteros exigentes” (tiemblo sólo de oir esa expresión). Además, cuando consigues ver algo en la foto de su perfil o incluso conocer en persona a alguna mujer de Meetic, te das cuenta de que ellas tampoco son para tanto. En conclusión, que las mujeres registradas en Meetic sólo buscan astronautas y jugadores de baloncesto. Pues entonces lo llevo claro.

La mención a lo políticamente incorrecto me lleva a otra cuestión que no me gusta de Meetic: la censura y la diferente vara de medir para hombres y mujeres. Cada vez que, abrumado por los fracasos, intento retocar los contenidos de la sección “cómo soy y qué tipo de pareja busco”, me encuentro con que el más leve añadido aparece marcado en rojo con la amenazante etiqueta “pendiente de evaluación”. Eso quiere decir que hay trabajadores de Meetic que se dedican día y noche a censurar los perfiles de miles de personas (sobre todo de los hombres, ya que como algunos son muy brutos, pagamos justos por pecadores y ahora todos somos “sospechosos habituales”). Como soy escritor y tengo mucha imaginación, me figuro a esos anónimos censores en una gigantesca mansión de Boulogne (su sede fsical) rodeada de bocage, a modo de Bletchley Park del Amor, interceptando y censurando continuamente mensajes en nombre de ese nuevo dios que es “lo políticamente correcto”. Confieso que yo mismo he sido censurado en varias ocasiones, por decir que tenía un trabajo fijo y dos viviendas (supongo que me censuraron por ofrecer datos demasiado materialistas, pero ¿no es también materialista buscar hombres más jóvenes y de 1,80 mínimo?) o por señalar la zona de la ciudad donde vivo. Estos censores, como suele ocurrir con esa profesión, no tienen el más mínimo sentido del humor y cuando en un arranque de desesperación y "suicidio social" se me ocurrió introducir el comentario “Busco a una mujer a la que no le importe el tamaño (ni de estatura ni de lo otro)”, me lo censuraron de inmediato (cuando escribes una burrada te lo censuran en el acto y cuando el comentario es de gusto dudoso pasa a ser evaluado por los supertacañones del Bletchley Park de Boulogne).

Cuando has fracasado en Meetic, queda una segunda opción para encontrar pareja. Acudir a las pocas agencias matrimoniales “presenciales” que aún quedan en las grandes ciudades. Se supone que esas agencias buscan una mujer con un perfil semejante en su “cartera de clientes” y te la presentan en las oficinas de la agencia. Así te aseguras llegar a la primera cita, cosa que en Meetic es casi una quimera (mandé mensajes a más de 50 mujeres y a las pocas horas visitaban mi perfil pero nunca me contestaban; aplicando el criterio de la navaja de Ockham, supongo que verían tantísimos defectos en mi perfil, empezando por mi foto y mi estatura, que ni siquiera se molestaron en contestar). El problema es que el precio por poder llegar a la primera cita en una agencia presencial es muy caro: diez veces más que un pase trimestral en Meetic, cantidad que hay que pagar completa antes de la primera “presentación”. Los locales de este tipo están situados  en mugrientos entresuelos de fincas antiguas del centro de las ciudades y parecen el despacho cutre de un detective privado del cine negro americano. La agencia a la que me refiero la llamaré Ofiuco, nombre de una constelación a la que los frikis del milenarismo y la New Age quisieron convertir en decimotercer signo del Zodiaco. El problema con Ofiuco es que la mujer que me presentaron, después de haber pagado todo el dinero, más que tener un perfil semejante, tenía un perfil doble, como el programa doble de los antiguos cines de barrio. O sea, que pesaba el doble que yo. Y no fue una presentación; fue una auténtica encerrona. Cuando quedamos para conocernos, siguió una conducta errática, pues lo mismo interrumpía la conversación cada dos por tres para chatear con sus amigas como lanzaba indirectas del tipo "la próxima vez que quedemos iremos a tal sitio". Resulta que esa mujer, doña M., lleva ya años en la misma agencia y a pesar de tener un inmenso patrimonio (mucho más que mis dos modestas viviendas) no ha conseguido encontrar pareja. Así que al último hombre incauto que se apunta en Ofiuco, le intentan colocar a doña M. con cuchara sopera (es un aviso para navegantes no virtuales). Su "cartera de clientes" está tan vacía como la cartera de un sin techo. En mi caso, pude librarme, no son dificultad, de esas redes pero al precio de no tener ninguna presentación real más. Me pusieron en contacto telefónico con dos mujeres que por lo visto ya estaban hartas de la agencia, y ninguna quiso conocerme en persona, o sea que lo de llegar a la primera cita en una agencia presencial es para mí también una quimera.

En fin, estas son mis experiencias. Doce meses en Meetic y en Ofiuco.