martes, 31 de agosto de 2010

Mis problemas con las mujeres

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"
(III: 2009) "Making Friends" Special Edition


Juan Gómez capuz



MIS PROBLEMAS CON LAS MUJERES



La mujer, ese gran desconocido. Cherchez la femme . No es de extrañar que surjan tantos libros sobre el diálogo entre hombres y mujeres o, mejor, sobre los problemas del diálogo, porque siempre he tenido la sensación de que las mujeres, al responder, o dan más información de la que corresponde, o dan poca información explícita y te obligan a comerte el coco sobre el contenido implícito que los hombres debemos descubrir. Son casos muy similares a la anécdota de Voltaire, quien señalaba que cuando una dama dice no quiere decir quizá, cuando dice quizá quiere decir sí y cuando dice sí deja de ser una dama, maravilloso ejemplo de divergencia entre lo dicho y lo comunicado y que sirve de punto de partida a los manuales de Pragmática y al lenguaje de diplomáticos, políticos y publicistas (excepto Risto Mejide). Recuerdo, por ejemplo, que en el primer curso de Facultad, nos sentábamos en aulas inmensas con bancos “tipo iglesia” (aunque nuestra Facultad era muy laica) que obligaban a salir a todos los de la fila para que entrara uno. Pues bien, cuando coincidías varias veces con la misma compañera en el banco, para no tener que decirle ye u oye, le preguntabas ¿cómo te llamas? y ella te respondía mi novio se llama Carlos . Yo pensaba: ¡pero si no le he preguntado eso!; ¿por qué me responde algo que no le he preguntado y no me contesta lo que sí le he preguntado?; ¿me ha querido decir algo “especial” con esa respuesta? De la misma manera, muchos pensadores masculinos han tratado de averiguar en vano durante siglos qué quieren decir realmente las mujeres cuando te preguntan ¿en qué estás pensando?  Es una pregunta que te deja roto y, personalmente, creo que esa es la pregunta fatal que motiva que la inmensa mayoría de los filósofos y científicos hayan decidido quedarse solteros (incluso algún científico casado, como Stephen Hawking, ha llegado a confesar que le resulta más fácil comprender el funcionamiento del Universo que cómo piensan las mujeres). Más problemáticas me resultan las respuestas que te dan las mujeres cuando les pides salir. Recuerdo que una vez, hace dos o tres años, le pregunté a una chica ¿te apetece venir al cine? y me contestó no lo sé; lo tendré que consultar con mi pareja . Yo lo interpreté como un quizás y de hecho todavía estoy esperando la respuesta.

Otra cuestión en la que se demuestra la diferente concepción que hombres y mujeres tienen de los recursos comunicativos es la relativa al sentido del humor. Hace algunos años comprobé en carne propia la proverbial afirmación de que las mujeres no tienen sentido del humor. Las compañeras de los primeros cursos de Facultad, siempre tan distantes y tan altivas, tan descaradas, vocingleras, peleonas y folloneras (como una mezcla de Belén Esteban y esas odiosas actrices que se pasan toda la película huyendo en coches a toda pastilla y pegando tiros, tipo Angelina Jolie y Milla Jovovich), tan orgullosas de sus novios musculosos, siempre tan comprometidas ideológicamente, tan estalinistas y tan laicas (que no tienen catedral), censuraban agriamente mi sentido del humor diciendo que era “absurdo, frívolo, pequeñoburgués y reaccionario”. Resulta que algunos años después tuve una novia (eso en sí ya es una noticia), de buena familia, directa, de derecho, de derechas, estricta, estrecha, íntegra y entera. Pero a pesar de estar en las antípodas ideológicas y vitales de mis compañeras de Facultad, también censuraba duramente mi sentido del humor porque lo consideraba “absurdo, inmoral y subversivo” (y a continuación me soltaba ¿en qué estás pensando? ). ¿En qué quedamos? En todo caso, he de reconocer que, en el fondo, me gusta recordar aquella etapa porque fue muy halagador tener tantas admiradoras. En cambio, debo admitir que en la actualidad las mujeres sí han evolucionado y han desarrollado un sentido del humor, al menos, aceptable. Por ejemplo, las compañeras de promociones recientes de la misma Facultad donde estudié sí aprecian mi sentido del humor (lo cual, al principio, me resultaba bastante sorprendente). Más aún, ciertos personajes femeninos creados recientemente por mujeres y dirigidos al público femenino parecen cortados por las hechuras del humor masculino, como es el caso de Bridget Jones, la réplica femenina al solitario y torpe Míster Bean: hasta entonces se podía admitir que un personaje femenino fuera pérfido, promiscuo y violento, pero no que tropezara y se cayera de manera tonta, como hace Renée Zellweger imitando los gags de Marilyn Monroe. Item más: el humor típicamente masculino de cómicos como Woody Allen, Sacha Baron Cohen, Santiago Segura y Álex de la Iglesia cada vez tiene mayor seguimiento entre el público femenino, al igual que ocurre con showmen y monologuistas como Buenafuente, Pablo Motos y Wyoming.

En cambio, un terreno donde creo que las mujeres parecen haber retrocedido es el relativo a los criterios para elegir pareja, y no se debe únicamente a que yo quede siempre eliminado (aunque supongo que influye en mi valoración, ya que se trata de “algo personal”, como diría Serrat). Este asunto me resultó especialmente grave y doloroso en ciertos pueblos de la España profunda en los que yo desempeñaba mi actividad profesional. Resulta que en aquellos parajes las mujeres españolas (aunque les encajaría mejor la designación antropológica de aborígenes ) me consideraban totalmente inaceptable porque juzgaban que mis aficiones literarias y musicales eran “impropias de un hombre” (nuevamente, ¿estaban insinuando algo implícito?) y que ellas buscaban por encima de todo “un hombre tradicional”. Además, en cuanto les contaba mis aficiones, ponían cara de asco y estupefacción, daban media vuelta y se iban; cuando aún estaban a una distancia prudencial, yo les preguntaba ¿eso es un no? y ni siquiera me respondían, así que interpreté que no llegaba a ser del todo un no (¿o quizá no captaba la sutilidad del lenguaje femenino, incluso en el caso de aquellas aborígenes?). Eso sí, afortunadamente nunca me preguntaban ¿en qué estás pensando? porque daban por hecho que los hombres de aquellas tierras no piensan. En el caso de las grandes ciudades, por el contrario, el problema es que las mujeres de hoy en día ponen el listón muy alto: la primera característica tuya que no les guste se convierte en eliminatoria (dicho en términos masculinos: tu primera “deficiencia” es merecedora de roja directa). De nada sirve tener un empleo estable y bien pagado si no lo tienes al ladito de casa, y de nada sirve tenerlo al ladito de casa si no tienes un buen coche. Siempre te pillan por algún lado. Parecen que se pasen la vida buscando al hombre perfecto y cuando su reloj biológico empieza a sonar acaban eligiendo al primero que encuentran, aunque no cumpla ni una de las condiciones que ellas antes habían exigido de otros (y aunque tenga oscuros orígenes y discutibles valores culturales: dicho en cristiano, que durante estos últimos doce años de auténtica locura que ha vivido nuestro país, estas mujeres urbanas han elegido con frecuencia a individuos de raza negra procedentes de países del Sahel, sobre todo cuando ellos en el andamio ganaban más que un catedrático de universidad; me pregunto qué habrá sido de muchas de esas parejas hoy en día). Parece que de tanto desechar candidatos medianamente aceptables (y no hablo de mí), han perdido por completo los puntos de referencia, aparte de que hoy en día uno de los principales criterios de elección de las mujeres urbanas es el excesivamente simplista (para ellas) es que me mola más . ¿En qué estarán pensando?

Ah, la mujer, ese gran desconocido.

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