domingo, 9 de febrero de 2020

El zasca en la palabra (2). Nuevas palabras para viejísimos conceptos: lucha o guerra cultural, podemitas y voxistas.

EL ZASCA EN LA PALABRA (2). NUEVAS PALABRAS PARA VIEJÍSIMOS CONCEPTOS POLÍTICOS: LUCHA O GUERRA CULTURAL, PODEMITAS Y VOXISTAS.

Juan Gómez Capuz

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR" 2020

En los tiempos actuales de confusión y posmodernidad ha resurgido con fuerza un concepto ya antiguo, el de lucha o guerra cultural. Para quien no lo sepa, el término es una traducción del compuesto alemán Kulturkampf, utilizado para designar la lucha cultural de Bismark y el Segundo Reich contra el Papado, el Zentrum católico y otros sectores opuestos al boyante imperio unificador de los alemanes y vencedor de los franceses. A mí me gusta más la traducción “lucha cultural”, pues es más fiel al original alemán: aunque a veces las apariencias engañan y la palabra Kampf, con su pedigrí germánico y belicoso y su asociación con un bestseller de entreguerras, resulta ser una adaptación de la palabra latina campus, que ya en tiempos de Julio César designaba una batalla campal. Pero hoy en día parece imponerse la traducción “guerra cultural”, quizá porque es la más próxima al término que ha triunfado en inglés, cultural war, o quizá porque el tema se ha salido de madre y hemos subido un peldaño más en la escala de Def Com 2 (me refiero al código estadounidense, no al grupo musical que hace apología del terrorismo): la lucha cultural se ha convertido en una guerra sin cuartel.

Aunque el concepto de lucha cultural procede de la derecha, como hemos visto, durante mucho tiempo ha sido la izquierda, sobre todo la izquierda más radical, la que ha sacado más rédito electoral, siguiendo los postulados de un discípulo aventajado de Bismarck: Antonio Gramsci, quien ya propuso en los años 20 que el aspecto central de la lucha política es el liderazgo cultural o de las ideas, concebido (como era típico de la época) como una guerra de trincheras en la que se van ganando batallas que al final consolidan la hegemonía de un bando. Desde la derecha se ha etiquetado esta postura de “marxismo cultural”, originario de la Escuela de Fráncfort, el cual pretende destruir los valores tradicionales de la sociedad occidental y reemplazarlos por el multiculturalismo y diversas ideologías alternativas como la de género, el ecologismo, el animalismo y muchas cosas más. En cierto modo, la izquierda, después de ver cómo los postulados socialdemócratas y keynesianos eran asumidos en parte por el centro-derecha (hasta la reacción thatcheriana) y cómo la utopía comunista se desmoronaba en un castillo de naipes, apostó fuerte por esos valores alternativos como una forma de rellenar un vacío ideológico. En especial, destaca el énfasis otorgado al colectivo gay, frente a la tradicional homofobia estalinista, que aún se deja ver en ciertos regímenes. Es curioso cómo Podemos abrazó causas del todo ajenas a la izquierda radical tradicional y cómo consiguió arrastrar a ciertos sectores del PSOE a esa renovada lucha cultural. De repente, surgió la sigla LGTBI+ que no ha cesado de incorporar elementos, lo cual no deja de ser una paradoja: cuánta heterogeneidad puede haber en un colectivo dominado por los homosexuales varones y blancos (que son los reyes del mambo de este colectivo, como si se tratara de una novela de George Orwell). La T alude a los transexuales, que ya existían desde que Stan quiso convertirse en Loreta en La vida de Brian (es curioso, pero el nombre Loret(t)a parece estar vinculado a la transexualidad, pues también lo vemos en la canción Get Back de The Beatles). La B es de bisexuales (siempre marginados por todos) y a partir de ahí me pierdo, y eso que soy soltero (algo que no gusta ni pizca a los guerreros culturales de la derecha, a los cuales les llegará pronto su turno): yo pensaba que la I era de “indeciso”, pero resulta que se refiere a los “intersexuales”, y el signo “+” ni flores, quizá sea que por ser todo eso les dan un positivo, que se pueden añadir más colectivos o que son átomos cargados (cationes). Al final, parece la sigla de un modelo de coche alemán o de un complejo vitamínico. Del mismo modo, se potenció la ideología ecologista y animalista, así como el feminismo y la defensa de las minorías. 

Pero éramos pocos y parió la burra. Resulta que la derecha, después de décadas insistiendo más en la gestión y dejando de la lado la lucha cultural (quizá porque la daban por perdida ante la izquierda), ha surgido en tromba con la defensa de los viejos valores ultramontanos de toda la vida. La verdad es que el fenómeno no es nuevo, pues en Estados Unidos ya hubo varios fogonazos de guerra cultural en el siglo XX, sobre todo con el apoyo logístico del fundamentalismo protestante (el mismo que asoma ahora mismo en Brasil). Pero ha sido ahora cuando ha llegado a la vieja Europa. Primero, quizá, a los países del Este, que al igual que en el periodo de entreguerras cayeron en un efecto dominó bajo la égida de regímenes autoritarios, ahora han sucumbido ante esa nueva derecha autoritaria, anti-todo y con fundamento ideológico, como ocurre en Hungría y Polonia sobre todo. En el caso de Europea Occidental se han confundido dos fenómenos: una primera oleada de ultraderecha clásica, como el Frente Nacional francés y AfD, y una segunda oleada de derecha autoritaria tradicionalista, cuyo referente más cercano es Vox y los partidos de Hungría y Polonia. Veo una clara diferencia entre ambos modelos de derecha radical y cuando, como friki entusiasta de la Segunda Guerra Mundial, me preguntan cuál es el líder político de aquella contienda a quien más admiran los de Vox, respondo que en absoluto sería Hitler (a quien despreciarían por neopagano y de vida privada ambigua), sino más bien Pétain (y hasta cierto punto Salazar): una derecha tradicional, autoritaria, corporativista y paternalista, que considera a todos los ciudadanos (y especialmente a las minorías) como auténticos menores de edad, por lo cual se cree con el derecho de aplicar a todos una especie de “pin parental” que sustituya a los derechos y libertades democráticos.

Este ambiente de guerra cultural se refleja también en el vocabulario político, en especial a la hora de crear derivados referidos a los nuevos partidos populistas de los extremos. 

En el caso de Podemos, triunfó desde el principio, sobre todo en ambientes adversos y con connotaciones peyorativas, el extraño derivado podemita. En un breve pero esclarecedor artículo, Álex Grijelmo (recomiendo vivamente los artículos de Grijelmo y de Lola Pons sobre cuestiones lingüísticas) se extraña de que se haya preferido el sufijo -ita al más habitual -ista, pues de hecho nadie dice *podemista. Observa el maestro de periodistas que el sufijo -ita connota una relación más bien religiosa entre la idea o la persona y sus seguidores, además de tener per se un cierto valor peyorativo, como ocurrió con la palabra jesuita, que luego fue adoptada con orgullo por la propia orden. También es significativo que -ita sea un antiguo sufijo de origen francés que se aplica a muchos pueblos de Oriente Medio y que goza de una sólida tradición bíblica, aunque siempre con un toque sectario y hasta cierto punto herético: ismaelita, maronita, chiíta, alauita y, en el contexto de la Reforma protestante, husita. Hoy en día muchas de esas palabras han cambiado al sufijo árabe , conocido ya en castellano medieval y coincidente con el inglés, pero las viejas formas galicadas en -ita siguen teniendo el encanto de lo lingüísticamente vintage. Quizá influya en podemita cierta alusión envenenada a la actitud tan benevolente que este partido tiene hacia la cultura islámica. Y además este uso cuasi-religioso de los sufijos no es nuevo: para crear un derivado del partido inventado UCD, puesto que el castellano no se maneja bien creando derivados de siglas, se recuperó un antiguo sufijo bíblico y funcionó durante algún tiempo el derivado ucedeo, por analogía con los saduceos de la época de Jesús (y también por las constantes pugnas sectarias y cainitas entre las diversas familias de la coalición, que recordaban a las de los judíos en La vida de Brian). Y el exitoso ejemplo de podemita generó otros similares de efímera fama como sevillita, aplicado al ex ministro Zoido y por extensión a los “rancios” que defienden todas las tradiciones de Sevilla, en especial toros y procesiones (tal como constató el sevillita Antonio Burgos en un artículo titulado “El sevillita” y publicado en ABC, cómo no). También ha gozado de cierto uso el derivado aznarita, quizá por la devoción que la caverna profesa al líder mesiánico que resucitó a la derecha española y provocó el ciclón de las Azores (a mí me había gustado más aznarí, tan precido a nazarí).

En el caso de Vox ha triunfado el derivado esperable, voxista, con el sufijo -ista habitual para partidos e ideologías políticas. Pero este término tiene dos trampas. El primer problema de voxista es que, habida cuenta de la atávica confusión de b/v en castellano, en su forma oral alguien lo asimile con el boxeo, en la forma *boxista, como si los dirigentes de Vox fueran pertrechados con guantes de boxeo para enfrentarse a los numerosos enemigos de la patria (aunque de todos es sabido que Ortega Smith prefiere disparar un fusil de asalto en diversas posturas, como si fuera un kamasutra militar). Y lo más grave, este derivado hará pensar a frikis como yo en el Partido Rexista de Léon Degrelle en la Bélgica inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial: ambos casos se apoyaban en una palabra latina (Rex y Vox) y ambos partidos defendían una sociedad autoritaria y corporativista, más cercana a Pétain y Salazar, aunque la imparable deriva de años posteriores llevara a Degrelle a enrolarse locamente en las SS, demasiado neopaganas para estos aprendices de monaguillo.

P.D. En las últimas semanas también se ha difundido el curioso término lazi, cruce de lazo y nazi y que alude a los ultranacionalistas catalanes supremacistas. Aunque los que estudiamos bien la Historia en los años 70 y 80, también pensamos con cierta mala idea en el pueblo íbero de los lacetanos, que ocupaba una zona de la Cataluña central y profunda (Bages, Osona) donde este especimen es especialmente abundante hoy en día.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Recuerdos de los años 70. I: Madelmanes y Geypermanes

RECUERDOS DE LOS AÑOS 70. I: MADELMANES Y GEYPERMANES

Juan Gómez Capuz

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR" 2019

A diferencia de nuestros hermanos o primos mayores, que primero se estrenaron con los Madelmanes y luego descubrieron los Geypermanes, los que nacimos a finales de los años 60 descubrimos ambos muñecos articulados a la vez. 

Posiblemente disfrutamos antes de los Madelmanes porque los heredamos y porque eran más baratos. Eran unos muñecos de unos 17 centímetros, articulados pero de manos rígidas, sin pies sino con un muñón que encajaba en el calzado. Se solían vender juntos el maniquí con su atuendo, pero al desnudarlos (es lo primero que hacíamos) observamos que iban pudorosamente tapados con una camiseta imperio blanca y unos gayumbos blancos del landismo marcando paquete: todo un caballero español. Se deterioraban con rapidez. Era frecuente el aflojamiento de articulaciones, como si todos padecieran “de fábrica” alguna enfermedad degenerativa (yo creo que fueron uno de los primeros experimentos de la hoy habitual “obsolescencia programada”: éramos tantos los niños del Baby Boom que fabricar muñecos con fecha de caducidad representaba todo un chollo). Nosotros intentábamos remediar esos problemas articulatorios con métodos caseros, a medio camino entre la Pretecnología aplicada, la “Medicina Fantástica” del Doctor Rosado y los futuros programas de Bricomanía. Solíamos rellenar sus articulaciones con arena o con aquella masilla tóxica de polvo de tiza y pegamento que tan buenos resultados nos daba al construir figuras de chapa y alisar las superficies. Si se producía un daño más grave, la rotura de articulaciones, se solucionaba uniéndolas con tiras de esparadrapo, pero la rigidez articulatoria que tenía de por sí el muñeco se acentuaba y acababa andando como un zombi con almorranas. También solían padecer la amputación de pulgares, como si los hubiera secuestrado alguna banda mafiosa y enviaran una “prueba de vida” a sus familiares o superiores: nuestros modestos “pegamentos universales” de Imedio y Supergen no podían arreglarlo, pues los pulgares se volvían a soltar enseguida. Lo que más grima daba era el hundimiento de los globos oculares, que convertía su anodina y clónica cara en muertos vivientes de las películas de terror del Cine Ribalta: lo intentábamos solucionar rellenando el hueco con cera caliente y, una vez enfriada, pintando el iris con un Rotring 0,4; el problema es que era muy difícil pintarlo centrado y la mayoría volvían a tener ojos pero se quedaban bizcos, lo cual también daba miedo. Si tenemos en cuenta que hay mucha gente que experimenta un temor atávico a los muñecos por si cobran vida, imagínate tener nueve años y dormir rodeado de Madelmanes bizcos con artrosis y que andaban como zombis con almorranas. Con el tiempo se modernizaron, de manera que perdieron la camiseta y estaban a pecho descubierto y los ojos estaban pintados y eran más resistentes, pero su degeneración articulatoria siguió siendo notoria. 

Los Madelmanes se diversificaron en multitud de series: soldados, exploradores, buzos y hombres rana, montañeros, pilotos, astronautas y, en una época posterior, indios, vaqueros, tramperos y piratas. Incluso en ese período posterior llegaron a crear una Madelmana pirata, con cinturita de avispa y bonitos pechos torneados, pero no recuerdo haberla comprado, porque de lo contrario nunca la habría olvidado (es curioso, pero en los foros de Internet el femenino de Madelman es siempre el analógico Madelmana, siguiendo el paradigma capitán/capitana, orangután/orangutana, y nunca el pseudoinglés *Madelwoman, quizá porque cuando le pusimos nombre en aquella época aún no sabíamos ni papa de inglés). También crearon muchos accesorios, como el mortero, el bazooka, el trineo para exploradores árticos y la canoa para exploradores de la serie vaquera. El problema es que nuestro grupo de frikis obsesionados con la Segunda Guerra Mundial echaba en falta mayor precisión y realismo en la serie bélica: había diversos modelos militares como el soldado, el oficial, el soldado de montaña, el soldado antitanque con lanzallamas, el comandante de tanques, el enfermero, el piloto, pero ninguno de ellos pertenecía a ningún ejército concreto. No podíamos reconstruir las batallitas de los sobres sorpresa. Además, todos los Madelmanes militares llevaban un casco enorme en relación con su diminuta cabeza, poco realista, de manera que hoy en día nos parecerían niños soldado. Solo algunos compañeros especialmente brutos consiguieron un plus de realismo haciendo funcionar “de verdad” el lanzallamas: se ponían junto al soldado antitanque que lo manejaba y manipulaban una jeringuilla con alcohol y un mechero, y aquello sí conseguía ser un lanzallamas en miniatura, chamuscando al Madelman rival y de paso parte de su habitación. Y las demás series no nos interesaban demasiado, a no ser que tuviéramos un peculiar instinto sádico, de prueba y error, como algunos compañeros que “sometían” a los Madelmanes a diversas “pruebas de iniciación”: enterraban a los soldados del 7º de Caballería en la arena dejando su cabeza untada con miel cerca de un hormiguero (como hacían los indios en las películas del Oeste); a los piratas les clavaban un alfiler calentado con un mechero y luego los ahogaban en la bañera tras hacerlos caminar por una pasarela; a los infantes de marina les ponían paracaídas de paracaidistas enanos de quiosco y sin comprobar antes si el paracaídas podía compensar el peso del muñeco, los lanzaban desde un quinto piso, pero el peso del Madelman era tan grande que vencía la resistencia del diminuto paracaídas y se precipitaba al suelo con la aceleración normal, de manera que el muñeco acababa hecho trizas (era como el chiste de Gila, donde el soldado paracaidista solo servía para una vez porque lo lanzaban sin paracaídas); metían al espeleólogo en las cañerías e incluso en el alcantarillado; metían al esquimal junto a los cubitos de hielo del congelador (su madre, y sobre todo su abuela, se llevaban un buen susto); y como “traca final” colocaban sobre el astronauta bichos como libélulas (con las alas arrancadas), caracoles o arañas como si quisieran emular la película Alien (y al final “salvaban” a la Humanidad poniendo un petardo de los gordos que hacía explotar al Madelman y a sus huéspedes “invasores”.

Nosotros, en cambio, teníamos intereses mucho más sanos: queríamos muñecos militares que reprodujeran con detalle los uniformes y armas de los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, inmediatamente quedamos fascinados con los Geypermanes. Eran bastante más grandes, de unos 30 centímetros de altura, aunque más inestables de pie, con manos flexibles de goma que podían agarrar las armas y con cabello y barba hiperrrealista en una cabeza de goma. El problema es que en un clima cálido como el nuestro, la goma tenía una obsolescencia inmediata y si los dejabas al sol, el pelo se quedaba roñoso como si tuviera tiña y las manos deformadas como tuvieran lepra. Por eso era perentorio guardarlos en cajas de zapatos durante el día, como si fueran vampiros. No llevaban ropa interior y cuando los desnudamos (cosa que hicimos enseguida, al igual que con los Madelmanes) vimos, al más puro estilo Siniestro Total, que no tenían pilila. La verdad es que ese detalle provocó una cierta “justicia poética”, porque los maniquíes negros de soldado yanqui y casco azul de la ONU tampoco tenían pilila y así no nos traumatizamos antes de tiempo (aún pasarían 35 años hasta que viéramos al negro del Whatsapp). El otro gran inconveniente es que eran mucho más caros que los Madelmanes, y nuestra colección de Geypermanes iba a paso de tortuga. Afortunadamente, se vendían por separado maniquíes desnudos sin pilila y uniformes militares (los únicos que nos interesaban), de manera que aun teniendo solo ocho o diez muñecos, podías vestirlos de mil maneras y organizar batallitas con los ocho o diez que también tenían nuestros amigos.

Lo que más nos atrajo de los Geypermanes es que la serie de “Soldados del Mundo” era la más numerosa y que muchos de ellos correspondían a modelos reales de diversos países enfrentados en la Segunda Guerra Mundial. Nuestro grupo de frikis, obviamente, quedó prendado de los modelos de soldado y ofcial nazis, y de hecho son los que más admiración siguen despertando en los foros de Internet, y se venden a precio de oro en E-Bay (hasta el progre de Palmiro Capón, que iba al Colegio Nuevo, quedó fascinado por los Geypermanes nazis). Esos modestos muñecos se convirtieron en una de las principales “magdalenas de Proust” de nuestra infancia. La mayoría perdimos esos dos muñecos en mudanzas o los dimos a primos más pequeños, y es algo que siempre hemos lamentado (aunque si los hubiéramos conservado hasta ahora, no sé como tendrían la cara y las manos los pobres muñecos; quizá es mejor recordarlos jóvenes y lozanos, como pasa con las estrellas de rock y del cine). El soldado y el oficial nazis tuvieron éxito por la incorrección política y el extremado realismo: el casco, un poco grande, gris y con el escudo a franjas oblicuas roja, blanca y negra; el uniforme en color feldgrau de campaña; los correajes y ese detalle travieso y revisionista de la minúscula esvástica en la hebilla del cinturón; la no menos traviesa cruz de hierro que se prendía a la ropa con dos diminutas puntas afiladas (con las que me pinché más de una vez); la magnífica réplica del subfusil MP40 con culata hueca abatible y de la pistola Luger P08; las dos granadas de mango Stielhandgranaten 24; la gorra de plato con anteojos de sol verdes y las botas de caña alta y los pantalones bombachos del oficial. Todo parecía perfecto, aunque nuestro grupo de frikis encontró alguna pequeña inconsistencia, como el hecho de que los soldados de verdad no llevaban la pistola Luger sino tan solo la MP40, ya que la pistola estaba reservada a los oficiales. Otro detalle erróneo es que a veces incluían en el equipamiento alemán un bazooka norteamericano, cuando lo más apropiado hubiera sido un Panzerfaust o al menos un Panzerschreck (que curiosamente fabricó la marca alemana Adidas).

También tenía gran rigor historiográfico el soldado ruso, con su gorro de piel con orejeras y la ametralladora ligera con bípode Degtyaryov DP con cargador de tambor en la parte superior (volví a echar de menos el subfusil Bereshka en sus complementos) y con las granadas de mango RDG 33, parecidas a las alemanas pero con el mango más corto.

 Ahora bien, la mayoría de los modelos militares eran anglosajones. Estaba el soldado norteamericano (tanto con maniquí blanco o con maniquí negro), pero parecía más propio de guerras posteriores como Vietnam ya que portaba el uniforme mimetizado y el fusil de asalto M16 con asa y cañón ligeramente cónico, y no el subfusil Thomson. En cierta manera, el soldado norteamericano era la base de varios modelos, como el policía militar con su casco y correaje blancos (nos recordaba a Calimero, como luego comprobamos en la mili, donde los llamábamos así) y el médico militar. El que también tenía buen rigor histórico era el soldado británico de la Segunda Guerra Mundial, con su típico casco de plato de sopa, el subfusil Sten y una aparatosa máscara antigás. También había varios soldados de comandos, siempre con barba y con gorro (como Pérez de Tudela y de la Quadra Salcedo), y que por ciertos detalles como el subfusil Sten parecían corresponder a los comandos británicos que realizaron atrevidas incursiones sobre la Francia y Noruega ocupadas por los nazis. También había un soldado australiano con su típico sombrero de ala ancha doblado por un lado y que portaba un lanzallamas (que tampoco funcionaba a no ser que lo implementáramos con una jeringuilla llena de alcohol y un mechero).

Había tambien otros soldados casi de fantasía, “de nenas”, como el granadero de la guardia británico con su chaqueta roja y su altísimo gorro negro (dentro del cual guardaba el bocata), el cadete de West Point y el policía montada del Canadá. Estos tres servían más bien para tenerlos en una estantería como adorno que para jugar con ellos. No hubiera quedado bien chamuscarlos con nuestro lanzallamas casero, meterlos en las cañerías o lanzarlos desde un quinto piso.

El otro aspecto destacable de los Geypermanes era la multitud de complementos, incluyendo vehículos. Si tenemos en cuenta que los Geypermanes eran realmente grandes, alguno de estos complementos era casi gigantesco. Yo pude conseguir un todoterreno, pero de color beige arena típico del Afrika Korps: allí podían ir hasta cinco Geypermanes. El bazooka era realmente grande y llevaba unos balines que, disparados al tensar el muelle que tenía dentro, daban unos zambombazos que podían hacer hasta daño a un adulto. Había incluso tanquetas con cuatro ruedas y un armamento ligero de 37 o 20 mm, que se parecían bastante al vehículo de reconocimiento alemán SdKf 222, con sus cuatro ruedas de camión y la de recambio al medio. Pero la joya de la corona era la moto BMW R75 con sidecar artillado donde cabían dos Geypermanes nazis, diseñada tanto en color verde oliva como en el beige arenoso del Afrika Korps. También había una balsa neumática para los comandos británicos. El problema de todos esos complementos es que eran infinitamente más caros que los muñecos y solo juntando el arsenal de varios amiguetes podías simular un combate en condiciones. El problema de juntar juguetes de varios niños es que siempre te desaparecían piezas propias y al final preferías jugar tú solo (sobre todo en mi caso, ya que era hijo único).

Es una lástima que los muñecos y complementos de aquellos maravillosos años los hayamos perdido con el tiempo. Hoy en día son carísimos los que se revenden en Internet y E-Bay (30 euros por unidad o incluso 80 en el caso del soldado nazi) y aunque hace siete años Geyper quiso sacar una serie especial para nostálgicos y coleccionistas, el stock fue tan escaso (300 Geypermanes del soldado nazi para toda España, más frikis y revisionistas/nostálgicos del extranjero) que no sirvió de nada. Me imagino que muchos los compraron para luego revenderlos a precio aún más caro. En cambio, hace unos años, con la ayuda de la editorial de coleccionables Altaya, volvieron a sacar la colección completa de Madelmanes a precios irrisorios (que se rebajó a dos euros por unidad o por complemento en librerías de saldos). Aunque no me fascinaban tanto como los Geypermanes, no quise tropezar por segunda vez en la misma piedra y me los compré todos (excepto el de la Madelmana pirata, que no se reeditó o que se agotó muy pronto y se convirtió por tanto en mi ideal inalcanzable, vago fantasma de niebla y luz).

P.S.Este artículo está extraído de mi novela Días de colegio (Almería, Letrame, 2018), a la venta en formato físico o e-book en diversas plataformas de venta online. En este libro se hace, a lo largo de sus casi 500 páginas, un completo repaso de la música, los juguetes, la educación, los alimentos, los transportes y todos los aspectos que marcaron nuestra infancia y adolescencia en el periodo 1975-1985. He comenzado esta sección con los Madelmanes y los Geypermanes, con especial atención a estos últimos y sus modelos de soldados de la Segunda Guerra Mundial, justo cuando se cumplen 80 años del inico de aquella contienda.

sábado, 24 de agosto de 2019

"Modus verticalis sive modus horizontalis": Dos ejes opuestos en las canciones de pop-rock desde Los Beatles hasta hoy en día

"MODUS VERTICALIS SIVE MODUS HORIZONTALIS": DOS EJES OPUESTOS EN LAS CANCIONES DE POP-ROCK DESDE LOS BEATLES HASTA HOY EN DÍA.

Juan Gómez Capuz

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR" (2019)

En mi aprendizaje de las canciones de los Beatles, veía al principio los numerosos temas de Lennon y McCartney como un todo monolítico y brillante. Solo en años posteriores comencé a poder desentrañar “quién puso más” en cada canción, y casi me convertí en un obseso del tema, ayudado por la ingente bibliografía al respecto. Mi primera revelación de que en las canciones del tándem Lennon & McCartney uno de ellos había compuesto la mayor parte de cada canción y que firmaban conjuntamente, en un pacto de caballeros, como en una sociedad o un bufete de abogados (ellos querían seguir el modelo de otras parejas de compositores, como Rodgers & Hammerstein o Goffin & King) fue la “indiscreción” de la versión en casete del elepé Revolver en EMI-Odeón al indicar quién había cantado cada canción (por eso se atribuía “Yellow Submarine” a Ringo), aunque también se podía interpretar como quién había compuesto cada canción. Fue para mí un primer indicio, una revelación, abrir la puerta a una nueva habitación. Empezaba a barruntar la hipótesis de que las canciones de Paul, como “Good Day Sunshine”, “Here, There and Everywhere”, eran más saltarinas, más alegres, de mayor amplitud tonal, más verticales en suma, mientras que las de John, como “She Said, She Said”, “Tomorrow Never Knows”, “I´m Only Sleeping” y “Norwegian Wood”, eran más melancólicas, más atormentadas, más letánicas, de menor amplitud tonal, más monocordes, más horizontales en resumidas cuentas. No siempre era así, pues las brillantes “For No One” y “Eleanor Rigby” de Paul se acercan al estilo horizontal y letánico de John, y de hecho este reivindicó su papel como co-autor en el segundo de los temas citados. A la inversa, “In My Life” es más vertical de lo habitual en Lennon, y por eso McCartney reclamó su parte del pastel.

Esa primera intuición quedó refrendada por la atenta escucha de los elepés posteriores, donde los estilos compositivos de John y Paul divergían casi como galaxias de un universo en expansión. Por aquella época, los pocos libritos sobre los Beatles que leía entonces me aportaban más confusión que otra cosa, como el de Juan Antonio Cillero en la serie “Los Juglares” de la editorial Júcar, en el que afirmaba sin pudor que “Lady Madonna” era una canción de Lennon criticando las familias numerosas de estilo católico y defendiendo el uso de la píldora, cuando en realidad es una canción de McCartney ensalzando el esfuerzo de una madre soltera de familia numerosa para sacar adelante a sus hijos, ya que vio una foto parecida en el National Geographic. Pero poco a poco conseguí ir atando cabos. Los elepés posteriores refrendaban la intuición inicial: las canciones de Paul eran saltarinas y verticales, quizá un poco superficiales y tontas, pero atractivas a la primera escucha, como “Hello Goodbye”, “Ob la di Ob la da”, “Lady Madonna”, “Back in the U.S.S.R.”. Las de Lennon eran más oscuras, monótonas, de escasa amplitud tonal, y se hicieron especialmente letánicas tras el retiro hindú del 68, como “I´m So Tired”, “Good Night”, “Cry Baby Cry”, siendo “Dear Prudence” y “Across the Universe” las más paradigmáticas, aunque ya había precedentes mucho más antiguos, como “Girl” en imitación de la balada letánica al estilo alemán o incluso “Lucy in the Sky with Diamonds”, donde el primer verso se canta sobre una única nota, Mi. Con el tiempo, esa divergencia compositiva se convertiría en uno de los tópicos más habituales de los estudios beatleianos, y quedaría refrendada en el magno análisis de Ian MacDonald en Revolución en la mente. Para MacDonald, las melodías de Lennon se mueven hacia ariba o abajo lo menos posible, y sus armonías constan de notas repetidas, cercanas a las cadencias del habla natural y reflejando su personalidad más sedentaria e irónica; en cambio, las melodías de McCartney constan de notas que oscilan en amplios intervalos, en ocasiones superiores a la octava, melodías que pueden existir más allá de la armonía y que reflejan su carácter extrovertido, optimista y enérgico. Neutralidad absoluta. Hoy en día se ha convertido en algo tan tradicional y tópico en el análisis de las canciones de los Beatles, que debería tener su propia formulación latina, como les hubiera gustado a Palestrina, Bach o Telemann: modus verticalis sive modus horizontalis

Lo curioso es que Ian MacDonald, como hemos anticipado, enfoca esta divergencia con una clarísima apuesta a favor de la verticalidad maccartniana y en contra de la horizontalidad lennoniana: habla de “Nowhere Man” como el agotador peso de esta fúnebre canción, califica a “Girl” de lánguida, dice que “Lucy in the Sky with Diamonds” gira perezosamente en remolinos melódicos, y finalmente califica a “Across the Universe” como su canción más deforme, de apatía melódica y que consiste en una serie de ciclos a modo de trance y a “Dear Prudence” la tacha de  secuencia circular de cuatro acordes y quejumbrosa melodía, que compara con una canción de cuna y un clímax catártico, algo que también aplica a “Cry Baby Cry”. En cambio, apuesta por la participación de McCartney en parte de “In my Life” al remarcar la “verticalidad angular” de parte del tema. La contraposición de ambos estilos aparece explícita al contrastar las dos canciones del mejor single de la historia: afirma que “Penny Lane” es alegremente vertical en tono y armonía allí donde “Strawberry Fields” era perezosamente horizontal.

Al principio, yo quedé más impresionado por la verticalidad mccartniana, siempre presta para agradar en una escucha primeriza y casual. Canciones como “Here, There and Everywhere” o “Penny Lane”, tan verticales y cantarinas, me cautivaron desde un principio. Pero todos tenemos nuestro lado oscuro y poco a poco me empezaron a resultar interesantes esas melodías letánicas que no avanzaban hacia ningún lado, ese discreto encanto de lo horizontal. Hubo canciones de John que al principio no me gustaron nada, como “Girl”, esa imitación de la balada letánica y arrastrada alemana, esa versión pop de Kurt Weill y el cabaret, pero poco a poco empezaron a conquistar mi ya formada identidad musical, convirtiéndome en un Annakin del pop sesentero, en un paladín del modo horizontal. Quizá yo mismo hacía las mismas tentativas horizontales al piano y a la guitarra, no solo por gusto sino también por limitación técnica, y quizá hubo algo de eso en el propio John, que era un creador pero no un virtuoso con los instrumentos (sus baladas para piano como “Because” o “Love” son casi estudios horizontales programados para un estudiante primerizo, aunque curiosamente la primera se aproxima a Beethoven y la segunda a Chopin). También llegué a apreciar canciones de Paul que se acercaban al modus horizontalis, quizá en sus escasos momentos de bajón, como “For no one” y “Eleanor Rigby”. 

Lo más curioso es que el lado oscuro del modo horizontal ha tenido muchos continuadores, sobre todo entre estrellas del rock atormentadas y visionarias y entre cantautores intimistas y tímidos. Hay alguna canción horizontal de Dylan como el "Subterranean Homesick Blues" (y por eso Lennon le imitó en “Hey, You´ve Got to Hide Your Love Away”), pero el cantautor que hizo suyo ese estilo, quizá porque era más poeta que músico, porque sus canciones eran casi recitados, fue el sublime Leonard Cohen, el alter ego del Polero. Todas las canciones de Cohen son eternamente horizontales, como si las cantara vestido de etiqueta recostado en un diván del Tamarit releyendo a Lorca: “Suzanne”, “Everybody knows”, “Coming Back to You”, “If It Be Your Will”. El estilo letánico y horizontal también llegó a otros cantautores norteamericanos, como Paul Simon, Don McLean o Dan Fogelberg. Ciertos baladistas de limitados recursos vocales apostaron fuerte por las canciones horizontales, ya que se ajustaban como un guante a su cascada y cansada voz, y al igual que Lennon convirtieron su limitación técnica en una jugada ganadora: como dice el refrán, “hicieron de la necesidad virtud”. El vocalista que más lejos llegó fue Rod Stewart, quien supo escoger brillantes canciones horizonatles que le dieron merecida fama, como “Tom Traubert Blues (Waltzing Mathilda)” y una canción que siempre ha estado entre mis favoritas, ya convertido de pleno en 1985 al lado oscuro de la horizontalidad musical, “Sailing”, versión de un éxito del grupo folk escocés The Sutherland Brothers: la versión de Stewart es exquisita, pero convendría escuchar la versión original, todavía más horizontal y letánica, con un bajo continuo de armonio que acentúa su carácter de singalong marinero. Y ahí entra otro detalle importante: las canciones horizontales tienen una paradójica potencialidad como himnos, como canciones que pueden cantar juntas muchas personas, (en inglés, singalong), aunque siempre asociemos los himnos a la verticalidad musical (y así son las canciones de Queen, por ejemplo).

En épocas posteriores hemos asistido a continuos revivals de la canción horizontal, a enésimas versiones de un género que debemos atribuir a Lennon y Cohen. Incluso la música italiana, siempre tan vertical y operística, he hecho interesantes incursiones en el terreno horizontal, en canciones casi habladas, como el “Yo caminaré” de Fausto Leali, “Mia” de Toto Cutugno o “El jardín prohibido” de Sandro Giaccobe, como si quisieran sustituir el aria por el recitativo y a Verdi por Monteverdi. También la música francesa ha tenido tedencia a lo horizontal, y de hecho la “Michelle” de McCartney es más horizontal que la mayoría de sus canciones: temas como “La quiero a morir” de Francis Cabrel reflejan esa tendencia, y no olvidemos que la horizontalísima “My Way” de Frank Sinatra es una versión de la francesa “Comme d´habitude”, tuneada por Paul Anka (a su vez Bowie la recreó en su inigualable “Life on Mars?”). En el propio pop anglosajón hay que esperar hasta los años 80 para encontrar una nueva oleada horizontal. La parte del león se la lleva U2, pues las canciones gloriosas de su primera época son extremadamente horizontales y letánicas, a veces calificadas denigratoriamente como “misas cantadas” (ciertos estilos de música sacra, como el canto gregoriano, constituyen el extremo de la horizontalidad musical): “I Haven´t Found What I Looking For”, “When the Streets Have No Name” y “With o Without You”. Algunos grupos de New Wawe y Techno Pop también le cogen gusto a la horizontalidad, como los Depeche Mode más maduros de “Policy of Truth” y en algunas canciones intimistas de Everything But The Girl como “Apron Strings”.

Y en nuestros tiempos asistimos a fuerte revivalismo de la horizontalidad entre los nuevos cantautores, como Ed Sheeran, Paolo Nutini o Daniel Powter, a lo que se suman algunas canciones de James Blunt. Pero lo más sorprendente de estos últimos años ha sido encontrar a una inesperara troupe de continuadores de un estilo horizontal que instintivamente asociamos a lo masculino: las cantautoras femeninas. Una primera señal de atención ya vino cuando en un concierto de homenaje a John Lennon, Alanis Morrisette eligió como canción la hiperhorizontal “Dear Prudence”. Alanis ha contribuido al estilo horizontal con algunas canciones como “All I really want” e “Ironic”, pero la aportación más destacable, ya en época muy reciente, es la de Dido, KT Tunstall, Christina Perri,  Birdy, Lenka, A Fine Frenzy y el soul letánico de Alicia Keys.

Y en cuanto al pop-rock más estándar, hay que citar al Britpop y su veneración por la música de Lennon, cuyas canciones horizantales parecen haber envejecido algo mejor que algunos delirios verticales de McCartney y consiguen tener más gancho para los jóvenes. Es el caso de Oasis y canciones letánicas, de estilo singalong, como “Whatever”, “Wonderwall” y “Don´t Look Back in Anger” y sobre todo de Radiohead, con un atormentado Thom Yorke que parece ser la versión 3.0 de Lennon, componiendo odas horizontales (con permiso de Neruda), hipnóticas y letánicas, cual si fuera el maullido de un gato moribundo, como “Karma Police” (con copia incluida del “Sexy Sadie” lennoniano), “Paranoid Android”, “Let Down” y sobre todo la sublime “Creep”. Hoy en día, esa moda horizontal posterior al Britpop continúa con ciertos grupos que saben combinar el modo horizontal con el vertical (como hizo en su tiempo Bowie), como es el caso de Muse y Keane.

Con todo lo dicho, podríamos concluir que el modus horizontalis ha ganado muchas batallas y se ha consolidado como el lado oscuro de la composición musical.

P.S.Este artículo está extraído de mi novela Días de colegio (Almería, Letrame, 2018), a la venta en formato físico o e-book en diversas plataformas de venta online. En este libro se hace, a lo largo de sus casi 500 páginas, un completo repaso de todos los estilos musicales del periodo 1975-1985 así como sus precedentes.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Protaurinos, animalistas y animaladas (A despropósito de la Semana Taurina de Algemesí)

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"

Juan Gómez Capuz

PROTAURINOS, ANIMALISTAS Y ANIMALADAS (A DESPROPÓSITO DE LA SEMANA TAURINA DE ALGEMESÍ).

Ayer se inició la Semana Taurina de Algemesí 2017. Unas fiestas locales que en los últimos años se han visto alteradas, como en otros lugares, por la dura pugna, por duelo a muerte en OK Corral, entre protaurinos y animalistas. Todo ello agravado por la presencia nada imparcial de reporteros de La Sexta que se dedicaban a echar más leña al fuego. Es habitual la llegada masiva de animalistas para protestar antes los festejos taurinos, pero parece que este año las cosas estarán más tranquilas. De hecho, según me comentan algunos nativos, los animalistas tenían previsto un plan B para no ser detectados antes de hora. Consistía en alquilar el crucero italiano que lleva el dibujo gigante de Piolín y desembarcar en Cullera bajo la “inofensiva” apariencia de turistas madrileños, para luego adentrarse al abrigo de la noche a través del Mareny, como si fueran el Vietcong. Pero el Ministerio del Interior se les ha adelantado y ha alquilado del crucero de Piolín para alojar a los heroicos polícias y guardiaciviles que van a Barcelona (funcionará como una curiosa mezcla de Caballo de Troya y Submarino Amarillo). La espinosa cuestión catalana también parece haber robado protagonismo a la Semana Taurina por otra vía: muchos de los animalistas antisistema que iban a liarla a Algemesí se han quedado en sus localidades de origen ante lo que se avecina del 1-O.

Esta lucha a muerte parece quedar siempre en tablas, porque Algemesí es un pueblo dividido al 50% entre cerriles protaurinos y ceporros animalistas. Y no se trata de una cuestión aislada. En el fondo, Algemesí es un pueblo que arrastra desde hace tiempo fuertes contradicciones internas, y quizá algún día tendrán que hacérselo mirar. Por ejemplo, destacan por ser una localidad muy nacionalista, en la línea pancatalanista, pero a la vez tienen un abierto ramalazo taurino y gitanero que en cualquier otro lugar de España se entendería como una clara deriva españolista. Cuando ves circular a 100 por hora a un coche por las estrechas calles del pueblo, enseguida percibes que llevan la música a toda virolla y siempre con canciones de Camarón, Camela, Lluís Llach o Pep Gimeno "Botifarra". Ya puestos, yo preferiría a El Fary y a Serrat. De la misma manera, presumen de ser una localidad de signo izquierdista y laico, pero a la vez dejan que aniden en el pueblo peligrosos fundamentalismos de signo católico e islámico. Además, tienen una extraña relación de amor-odio con Valencia capital: los más pudientes tienen un pisito en Valencia, pero siempre hablan mal de la capital. De hecho, muchas mujeres casaderas llegan a preferir como pareja a un morito del Raval antes que a un forastero de la capital que hable en castellano, aunque cuando oyes conversar a esas extrañas parejas, te das cuenta de que también hablan en castellano.

Cuando trabajaba allí, los nativos me urgían a que me decantara por un bando o por otro en el eterno debate taurinos versus animalistas. Con exquisita diplomacia, yo me declaraba siempre neutral. Pero ahora quiero salir del armario y hacer visible mi nuevo statu quo ante la cuestión: me declaro beligerante contra los dos bandos. Y siempre lo he sido. No siento la más mínima empatía o simpatía por ninguno de ellos. Es como si tuviera que decidir entre nacionales y republicanos, entre nazis y soviéticos o entre árabes e israelíes: para mí es un combate entre malos y malos.

Nunca me ha hecho gracia la fiesta taurina. Más allá de las cuestiones éticas sobre el sufrimiento del animal. Siempre he identificado los toros con la mentalidad cerrada de los pueblos de interior y con la ostentación de lujo de la derecha cinegética tan bien retratada por Berlanga, aunque todo lo que se expone en este artículo, relativo a los dos bandos, daría para una espléndida película alla maniera de Berlanga. Cuando pienso en los toros, veo una derecha rancia y casposa, de banderas gigantes del aguilucho, toreros que parecen Millán Astray y locutores mediáticos como Bertín Osborne, Carlos Herrera y Antonio Burgos, que parecen una de las múltiples encarnaciones del Eje del Mal.

 Pero es que los animalistas también me han caído gordos siempre. No me refiero a los amantes de los animales, a los que recogen desvalidos cachorros de perros y gatos abandonados en las cunetas y los contenedores y los crían pacientemente a biberón en espera de que alguien los adopte y les dé una vida digna. En los últimos meses he visitado muchas páginas de este tipo, con el errático propósito de adoptar, y me ha conmovido el esfuerzo de estas personas. Cuando expreso mi fobia por los animalistas, me refiero a los que han secuestrado esos ideales y los han puesto al servicio de una ideología antissitema que pretende tomar los cielos por asalto. Muchos naturalistas profesionales como Álex Lachhein han rastreado los orígenes de este animalismo politizado, derivado en última instancia de Antonio Gramsci y la Escuela de Frankfurt con el propósito de cambiar de cuajo los referentes y las raíces culturales de la Europa Occidental. Es la última vuelta de tuerka al zoón politikón de Aristóteles. Es lo que se denomina marxismo cultural, que es peor aún que el económico, porque supone poner en lo alto de la pirámide social a todas las minorías y, en el caso caso extremo de esta tendencia, a los propios animales, como si quisieran llevar a la práctica Rebelión en la granja de Orwell. El ecopacifismo de los 70 fue la versión 1.0, mientras que el animalismo actual es la versión 2.0, muy diferente en las formas, porque uno de los aspectos que más me espantan de esta nueva ideología antisistema es que no hay ni rastro de pacifismo, sino que se conducen con una violencia inusitada contra toreros e incluso contra niños enfermos que no piensan como ellos. Prueba palmaria de que su verdadero interés no es defender a los animales sino alcanzar el poder como sea.

Pero hay otros detalles del nuevo “animalismo político” que también me parecen contradictorios. Mediante una metodología inductiva, a fuerza de leer noticias sobre sus actuaciones, he llegado a la conclusión de que los animalistas sienten una indisimulada simpatía (y yo diría incluso empatía) por los animales depredadores y agresivos, los que son estrictamente carnívoros (mientras que los animalistas suelen ser veganos, otra flagrante contradicción). Quizá porque los propósitos políticos de los animalistas son también agresivos. En el caso del hervíboro toro de lidia, está claro que ahí hay otros condicionantes, de signo antiespañolista y antitradicionalista. Pero si rastreamos la andanzas de los animalistas españoles, está claro que su animal totémico es el lobo. El lobo es para ellos el bueno de la película y del cuento, y los estragos que pueda hacer sobre los rebaños de los ganaderos o no importan o son una mera posverdad. Pero no estaría de más recordar que el lobo era también un animal totémico para los nazis, y en especial para Adolf Hitler, quien se hacía llamar en la intimidad Wolffie, que bautizó su cuartel de campaña como Wolfsschanze, “guarida del lobo” y que siempre mostró un especial afecto hacia Blondie, no la cantante sino su hembra de pastor alemán, es decir, un perro lobo. Hitler también era animalista y vegano, y promulgó las primeras leyes que protegían a los aninales, pero eso no le eximía de ser un monstruo genocida, porque lo cortés no quita lo valiente.  Trataba mejor a los animales que a las personas, y parece que muchos animalistas actuales funcionan de la misma manera.

Hace un par de meses, se difundió la noticia de que los “cuidadores” de un zoológico chino habían alimentado a un par de tigres con un burro vivo, que no pudo zafarse del acoso mortal de los grandes felinos. Además, lo grabaron en vídeo. Muchos amantes de los animales se espantaron de las imágenes, pero los grupos animalistas oficiales no dijeron ni pío. Primero, porque no era cuestión de afearles la conducta a los chinos, aunque ellos son más de Corea del Norte. Y en segundo lugar, porque no sentían empatía por el herbívoro, al que sin duda consideran antirrevolucionario por aparecer en Platero y yo y por ser medio de locomoción de los turistas (otra de sus nuevas fobias) en muchos lugares de Andalucía. Si los verdugos del burro hubieran sido seres humanos, no habrían cesado sus movilizaciones hasta ahora. Para los animalistas, como si se hicieran reales las profecías de Rebelión en la Granja, unos animales son más iguales que otros.

En fin, espero que mis ex-compañeros, ex-alumnos y supongo que, a partir de ahora, ex-amigos de Algemesí, disfruten con tranquilidad de sus fiestas patronales.

P.D. En la eterna lucha entre el canario Piolín y el gato Silvestre, los animalistas tomarán partido sin dudar por el gato, porque es el depredador y el agresivo, como ellos. Así que cuando Piolín diga "me paresió ver un lindo animalista", es que está en serio peligro. Ayudémosle.

viernes, 7 de abril de 2017

Los xenófobos que no amaban a sus paisanas (las contradicciones internas de los líderes ultranacionalistas) Versión actualizada: incluye a Puigdemont

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"

Juan Gómez Capuz

LOS XENÓFOBOS QUE NO AMABAN A SUS PAISANAS (las contradicciones internas de los líderes ultranacionalistas)
Versión actualizada: incluye a Puigdemont

En los últimos meses he leído con interés datos sobre la curiosa vida privada de los líderes ultranacionalistas, xenófobos, iluminados y mesiánicos que están surguiendo en estos tiempos de confusión, crisis y posverdad. Aparte del hecho de que se trata de personajes extraños, con fuertes carencias intelectuales y afectivas, de seres anodinos que explotan como supernovas en un firmamento político mediocre y desorientado, hay otro dato, un denominador común que me ha llamado la atención: muchos de ellos, que han hecho de la xenofobia su bandera y quieren echar a todos los de fuera, están casados con mujeres extranjeras. Ya sé que no soy la persona más adecuada para afear la conducta a estos magnos próceres, pues la única novia que tuve, aunque había hecho todos sus estudios en mi ciudad, tenía padre vasco y madre alemana (era como si me hubiera anticipado en 20 años a los guiones de la películas Ocho apellidos vascos y Perdiendo el Norte). En todo caso, si alguien piensa que exagero, ahí están los datos. Donald Trump ha estado casado tres veces, y dos de ellas han sido con mujeres de Europa del Este, la checa Ivana y la eslovena Melania. El eurófobo inglés Nigel Farage, conseguidor del Brexit y enemigo declarado de una Unión Europea dominada por Alemania y la Merkel, resulta que está casado con una alemana. Y, por último, el presuntuoso y radical holandés Geert Wilderts, defensor de una xenofobia en la que siempre hay un punto de nostalgia nazi y antisemitismo, nos sorprende porque está casado con una judía húngara. Aunque también podemos apuntar un curioso caso en tierras hispánicas: el del hipercatalán Carles Puigdemont, casado con una actriz/presentadora rumana adicta a la magia, aunque no es el único, pues la mujer de Artur Mas, aunque nacida en Cataluña, también tiene ascendencia centroeuropea.

Personalmente, pienso que la vida privada de estos tres líderes no es muy consecuente con sus ideas. Se trata de personas que obligan a los demás a comulgar con ruedas de molino y luego ellos se lo saltan todo a la torera. Es como si, por poner un ejemplo imaginario y exagerado, un partido político destacara por llevar a cabo un ateísmo declarado y militante, enemigo de cualquier símbolo religioso como si fueran la niña del Exorcista, y luego resultara que bajo mano tuviera contactos secretos con un régimen teocrático. La contradicción más absoluta. O, simplemente, como dicen ellos, una mera posverdad.

Pero si hacemos un recorrido histórico más amplio, nos daremos cuenta de que los líderes ultranacionalistas y los salvapatrias no han sido nunca un ejemplo de coherencia ideológica. Antes hemos mencionado los que están casados con mujeres extranjeras. Pero es que grandes líderes nacionalistas tenían una incoherencia aún más íntima: ellos mismos eran extranjeros, o bien provenían de territorios periféricos o irredentos. Solemos asociar a Alejandro Magno con la culminación de la civilización griega clásica (aunque también fue la puerta de su decadencia), pero Alejandro era de Macedonia, un reino semibárbaro que formaba parte de los márgenes de la cultura griega. Identificamos a Napoleón con la grandeur de Francia, pero Napoleón era de Córcega, su lengua materna era un dialecto toscano y sólo aprendió francés en la escuela. Todo artículo conspiranoico que se precie no puede omitir la figura de Adolf Hitler, que nació en un pueblo austriaco fronterizo con Alemania, que fue admitido de chiripa para alistarse en el ejército de Baviera y que no consiguió la plena ciudadanía alemana hasta 1932, en vísperas de su asalto al poder. Su rival Stalin no era ruso, sino georgiano. Y por último conviene no olvidar que Franco, depositario de las eternas esencias de la nación castellana y del madridismo (su continuador más fiel hoy en día sería Javier Tebas) no era sino un gallego indeciso que afirmaba no meterse en política.

La mención a Hitler  y al tercer Reich también nos permite aducir un ejemplo más antiguo de xenófobos que no amaban a sus paisanas. El gran Joseph Goebbels estaba casado con la fanática Magda, de la que seguramente conocía su secreto más íntimo: una ascendencia judía que sólo se ha podido demostrar en tiempos muy recientes. Pero el ligón Goebbels, a fuerza de frecuentar el Deutsche Star System de la época, se encaprichó de la actriz checa Lída Baarová. A tal punto llegaron a calentársele los casos, que planeó liarse la manta a la cabeza e irse con ella de embajador a Japón, abandonando la primera línea de la política. Pero como se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, Adolf descubrió el percal, lo llamó al orden y expulsó a la Baarová como persona non grata. De la misma manera, el colaboracionista noruego Vikdun Quisling, arquetipo del traidor a su patria, fiel entusiasta de la lucha a muerte contra el enemigo soviético, estaba casado con una mujer rusa.

Sin abandonar el nazismo, podemos encontrar otra variante de los xenófobos que no amaban a sus paisanas. Los que amaban a sus paisanos. Está claro que en los tiempos que corren, no se trata de afearle a nadie la conducta por tener inclinaciones homosexuales, a no ser que vayas montado en un autobús naranja  o vivas en Chechenia, pero si se trata de políticos iluminados xenófobos y además homófobos (suele ir junto en el menú), nos encontramos de nuevo con una incoherencia o contradicción flagrante. En el caso del Tercer Reich, tenemos el ejemplo patente aunque fugaz de Ernst Röhm, descabezado tras la Noche de los Cuchillos Largos, aunque hubo murmuraciones semejantes sobre otros muchos líderes nazis. Entre los xenófobos modernos, se documentan dos casos con final trágico: el holandés Pym Fortuyn, antecesor de Wilderts, que murió asesinado y que al menos tuvo la valentía de asumir su relativa contradicción; y el del ultra austriaco Jörg Haider que falleció en un extraño accidente de coche tras salir de un club de ambiente donde al parecer lo estaban chantajeando por su doble vida. Pero en mi opinión, el ejemplo más ominoso, por el inmenso poder que tuvo durante mucho tiempo, fue el de John Edgar Hoover, siempre tan implacable con los pecadillos privados de los que él veía como enemigos del modo de vida americano, pero que llevó siempre una doble vida de buen americano cristiano de clase media y su largo romance con su segundo al mando del FBI.

Las incoherencias y contradicciones de los xenófobos, iluminados, dictadores, terroristas y salvapatrias (son muy borrosos los límites entre esas cinco categorías) se extienden también al terreno de sus gustos literarios y musicales. Si no fuera porque estos personajes han dejado tras de sí innumerables víctimas mortales, sus extraños y bizarros gustos artísticos serían lo que más pudiera avergonzar su memoria a los ojos de la Historia. Nuevamente nos podemos servir de Hitler, quien en sus características personales se revelaba como un auténtico friki, como un supervillano de cine de serie B, una especie de Doctor No o Doctor Maligno, porque no encaja con el perfil de un dictador genocida el hecho de que fuera pintor, melómano, animalista y vegano, amén de millonario por haber escrito un best-seller. En los últimos años también se ha conocido la historia de sus discos de música clásica, capturados del búnker por un oficial de la inteligencia rusa, Lew Besymenski, y conservados en su dacha de las afueras de Moscú. Estaba muy anciano y enfermo el militar cuando su hija descubrió los discos en un desván. Algunos de esos discos no entraban en absoluto en el guión de los gustos musicales que debería haber tenido el Führer (y por extensión todos sus súbditos), ya que había varios de clásicos rusos, en especial la obra completa de Chaikovski (Adolf también tenía su puntito tierno), interpretados además por artistas judíos como Huberman o Schnabel (y otros que acabaron en los campos de exterminio). Claro que su amada Eva Braun aún tenía gustos más desviados, pues era una fanática del jazz y llegó a fotografiarse disfrazada de hombre negro en homenaje a la película El cantor de Jazz de Al Jonson (un artista que en realidad no era negro, sino judío lituano). El ejemplo del dictador que se complace en leer los libros que están prohibidos para sus sufridos ciudadanos tiene su muestra más megalómana en el albanés Enver Hoxha. El tirano tenía en su palacio de corrientes  de aire de Tirana una monumental biblioteca con todos los libros que estaban prohibidos en su país. Un auténtico despropósito, que casi parecía sacado de un cuento de Borges. Y qué decir de las cintas de casete de Julio Iglesias que Sadam Husein guardaba en sus innumerables zulos: ¿también se consideraba un truhán y un señor? O la extraña biblioteca digitalizada en un pen-drive que llevaba de cueva en cueva Bin Laden y en la que se incluía, para sorpresa de todos, un tratado sobre la coexistencia pacífica de judíos, moros y cristianos en la España medieval o, más raro aún, varios libros de un intelectual judío norteamericano de izquierdas, Noam Chomsky, quien de la noche a la mañana acabó convertido en el curioso autor de cabecera del iluminado saudí. Incluso el severo papa Juan Pablo II también tenía alguna debilidad y nunca ocultó su admiración por la actriz Patsy Kensit, que aunque católica declarada, ha llevado una agitada vida sentimental casándose con varias estrellas de rock (Jim Kerr, Liam Gallagher) y apareciendo muy ligera de ropa en las pocas películas que ha hecho.

Todo eso nos demuestra que estos líderes que montan un sistema ideológico estricto y ortodoxo, antes de obligar a los sufridos ciudadanos a comulgar con ruedas de molino, deberían revisar su vida privada y sus gustos personales y, en suma, hacérselo mirar. Porque está claro que no predican con el ejemplo.

miércoles, 18 de mayo de 2016

El Festival de Eurovisión: ayer y hoy

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"

Juan Gómez Capuz

EL FESTIVAL DE EUROVISIÓN: AYER Y HOY.

A mediados de los setenta, el Festival de Eurovisión constituía un verdadero acontecimiento social. A finales de mayo se reunían las familias para ver ese magno acontecimiento musical. La primera celebración de la que guardo memoria corresponde a una de sus ediciones más destacadas, la de 1974, cuando ganó el cuarteto sueco ABBA.

En este caso fue una especie de celebración vecinal. Nos habíamos instalado en 1973 en el piso nuevo y para reforzar los lazos entre vecinos de rellano, decidimos ver el Festival en el piso doble de mis vecinos de Almería. Estaba claro que ellos tenían más espacio. 

Como el principio del Festival, que siempre se ha celebrado en sábado, coincidía con la hora de la cena, mis vecinos improvisaron una especie de pic-nic en el que cada uno se podía servir de grandes platos de Duralex ahumado y comer en su asiento. Había tortilla de patatas, papas y, cómo no, boquerones y pestiños.

El Festival tenía dos partes bien diferenciadas. Primero las actuaciones musicales. Entonces participaban muy pocos países, comparados con los de ahora. Sólo los países de Europa Occidental, con las exóticas adiciones de Yugoslavia (por su vía independiente al socialismo) e Israel (porque no lo quería nadie o porque se sentía más cerca de Europa que de Asia, malgré tout). Como mucho, 15-18 países. No hacían falta semifinales, como ahora, ni los intocables Big Five que son los pasan siempre a la final porque son los que más dinero ponen (eso es lo que explica que España, en los últimos años, participe en todas las ediciones, malgré tout). La segunda parte era más emocionante. Eran las votaciones, y se suponía que estabas con al alma en un puño, por eso del orgullo patrio: un mal puesto en el Festival era peor encajado que una derrota de la Selección. Las votaciones constituían además un magnífico instrumento educativo, aunque creo que poca gente lo supo aprovechar: aprendías geografía, aprendías a contar de uno a doce en inglés y francés (idiomas oficiales del Festival) y también aprendías el nombre de los países participantes en inglés y francés. Eso sí, yo tardé varios años en descubrir qué país se escondía tras el exótico nombre de Guayómini, que a mí me sonaba a Pitiminí. Al final del Festival existía una especie de colofón, consistente en que el solista o grupo ganador volvía a interpretar la canción, pero sin los nervios del principio y saboreando ahora las mieles del triunfo.

A principios de los setenta, España aún era una potencia en Eurovisión. Quedaban cercanos los triunfos de Massiel en 1968 y de Salomé ex-aequo en 1969. También me quedaba cercana Salomé, pues mi madre, que tenía la carrera de canto, se pasaba el día charrando con ella en la peluquería de un pequeño pueblo de la Vall d´Albaida de donde era originario el padre de la cantante. Cuando yo llegaba a la peluquería (por aquel pueblo, aun siendo muy pequeño, me debajan ir solo a casi todos los sitios), Salomé me acariciaba el pelo, me daba caramelos y decía “ya está aquí el nen” (desde entonces, nunca me han vuelto a llamar “nen”) En años posteriores la representación española había conseguido un digno papel, con un 2º puesto de Karina en 1971, un 4º de Julio Iglesias en 1970 y sobre todo ese 2º puesto con sabor a primero de Mocedades con “Eres tú”, una canción que a veces ha sido definida como demasiado buena como para participar en Eurovisión. Incluso se crearon programas televisivos para elegir al representante español, como el mítico Pasaporte a Dublín, con lo cual los experimentos actuales no son ninguna novedad.

En aquella época, una España a medio camino entre pop y cañí fue capaz de plantarle cara al propio Reino Unido, a Guayómini, nada menos que a la mismísima Invasión Británica. Y eso que Reino Unido enviaba artillería pesada a Eurovisión, como una forma de confirmar su dominio musical en esa época. Lo curioso es que cuando enviaban artistas de primera fila conseguían buenos puestos pero rara vez ganaban, como si el público europeo se resistiera a reconocer ese manifiesto dominio británico, ese Britannia rules Eurovision. Antológica fue la derrota de Cliff Richard frente a Massiel en 1968 y en Londres, algo sólo comparable al gol de Zarra en Brasil '50. Se volvió a estrellar Cliff Richard en 1973 con un 3º puesto y sus amiguetes Shadows se quedaron con un 2º en 1975. La tardía vocalista filial de McCartney, la galesa Mary Hopkin, también se quedó con un 2º puesto en 1970, al igual que los New Seekers en 1972 y el refuerzo de la Commonwealth encarnado en una desconocida Olivia Newton-John se quedó en un 4º puesto en 1974, el año que comentamos. No obstante, Reino Unido obtuvo merecidos triunfos en los años finales de la Invasión Británica, con Sandie Shaw en 1967 y Lulu en 1969 (ex aequo con mi tita Salomé y mucha gente más). Curiosamente, cuando Reino Unido envió a músicos desconocidos con canciones alegres y festivaleras, sí consiguió el triunfo, como ocurrió con Brotherhood of Man en 1976 y Bucks Fizz en 1981, ya en época de la New Wave. En años posteriores, Guayómini perdió fuelle en Eurovisión y ni siquiera el recurso a pesos pesados como unos ancianos Engelbert Humperdinck y Bonnie Tyler pudo hacerle reverdecer viejos laureles. Más o menos como España.

En aquel Festival de 1974 en Brighton, España volvió a apostar por su lado cañí y eligió a Peret con su rumba “Canta y sé feliz”, que no se comió una rosca. Mi padres, que habían estado en Inglaterra en los años 60, casi celebraban con más entusiasmo los puntos de Guayómini (Olivia Newton-John) que los de España, mientras que mis vecinos de Almería tampoco se sentían identificados con la rumba catalana y apostaban por Suecia, porque uno de sus parientes vivía allí. Al final ganó “Waterloo” de ABBA, canción festivalera cantada en inglés, como ya empezaba a ser habitual en los países escandinavos. Y con ese triunfo comenzaba una de las mayores leyendas del pop europeo continental de todos los tiempos.

Aunque nuestra generación no fue tan adicta a Eurovisión como la nuestros padres, el triunfo de ABBA nos enganchó durante un tiempo. Frente a solistas caducos, aburridos y monocordes, ABBA representaba unos aires nuevos, tanto en la música como -por desgracia- en la imagen. Pero nosotros, a los siete años, aún no éramos maduros ni para relacionar esa música con el contexto glam, post-beatle, AOR y pre-disco ni para entusiasmarnos con los ceñidos pantalones azules de Agnetha. Sólo en los años venideros fuimos capaces de disfrutar de los últimos coletazos (con sus magníficos y crepusculares elepés Super Trouper y The Visitors) de aquel grupo mítico del naciente Europop de los 70 que siempre ha tenido la magia de hacernos retroceder en el tiempo. Esa evocación del pasado se tiñe de melancolía al escuchar sus últimas canciones, como “The Winner Takes It All”, “One of Us” y “When All Is Said And Done”, cuyas letras eran un fiel reflejo de cómo los dos matrimonios se desintegraban, manteniendo la creación artística hasta el final, malgré tout, the show must go on, como la orquesta que sigue tocando mientras se hunde el barco. Con el Festival de Eurovisión también descubrí poco después un curioso grupo danés de estilo hair-metal avant la lettre: se llamaba Mabel y practicaba ese hard rock melódico que estaban empezando a hacer los Scorpions y que a principio de los 80 cuajaría en el subgénero glorioso de las power ballads; con el tiempo, el líder, de sobrenombre Mike Tramp, se fue a Estados Unidos, donde formó una banda similar, White Lion, con grandes canciones como “Wait” o “When the Children Cry”.

La expectación familiar con el Festival de Eurovisión se extendió hasta mediados de los años 80. Fue un período irregular, donde alternaron grandes éxitos y sonoros fracasos para España. Destaca el 2º puesto de Betty Missiego en 1979, donde el jurado español se hizo el harakiri al ser los últimos en votar y dar 12 puntos a Israel, que ganó in extremis con “Hallelujah” de Milk & Honey. Un año antes también había ganado Israel con una gran canción festivalera y presagio de World Music que era “A ba ni bi” de Izhar Cohen (quizá el hermano artista del Brian Cohen de la película de los Monty Phyton, que llegó al concurso dispuesto a vengar la injusta muerte de su hermano). En cambio, volvimos a los 0 puntos de los primeros años cuando TVE volvió a apostar por la España más cañí representada por Remedios Amaya en 1983. 

A partir de los años 90 la cosa se desmadró y el Festival de Eurovisión se convirtió en una cantera de estética friki, kitsch, camp y demás adjetivos similares en cursiva. Si habíamos “naufragado” con Remedios Amaya en el 83, los gustos cambiaron (otra vez la World Music) y la apuesta electro-cañí de Azúcar Moreno obtuvo un buen 5º puesto y 96 puntos. Si el heavy metal finlandés había cosechado grandes fracasos como los cero puntos de Tojo y su canción antinuclear “Nuku pommlin” en 1982, los esperpénticos Lordi obtenían el triunfo y 296 puntos en 2006.

A mediados de los 90 los países del Este entraban en el Festival a la vez que asistíamos a la balcanización de Europa. Esto multiplicó el número de países participantes y hoy en día, pese a las semifinales, el número de países presentes en la final oscila entre 24 y 26. Con el tiempo, la mayoría de los países siguió la tendencia iniciada por los nórdicos de cantar en inglés. Se perdió el criterio de “cuius natio, eius lingua”, que pareció inmutable y sagrado durante 40 años. Tan sólo resisten Francia (por la grandeur) y España (por incapacidad manifiesta, aunque en esta edición, para escándalo de muchos, hemos perdido nuestra virginidad anglófona, aunque no nos ha servido de gran cosa; para el próximo año tendremos que hacer una canción sobre los maquis en 1944). Hasta la gran Alemania unificada ha claudicado desde 2006 (estuvo a punto de hacerlo a finales de los 70 cuando se plantearon enviar a uno de sus grupos estrella, Boney M., pero no lo hicieron, no sé sabe si porque no cantaban en directo o porque sólo cantaban en inglés). Pero, en mi opinión, lo más triste de estos últimos quince años del Festival de Eurovisivión ha sido asistir a la decadencia espiritual de tres grandes naciones: Israel, Rusia y Austria. Israel pasó de la World Music y los cardados semíticos de Izhar Cohen a la ambigüedad de la cantante transexual (y quizá descircuncisa) Dana International, con su estribillo medio en español “Viva la vida, viva Victoria, Afrodita” (que poco después copiaría parcialmente Coldplay), y pareció que el velo del Templo se iba a rasgar por segunda vez. La antigua URSS, después de criticar durante años el Festival por burgués, hortera, capitalista, kitsch y filo-gay, va y se convierte en Rusia y nos envía a las t.A.T.u (parece que con Putin no asistiremos a experimentos similares). Pero lo más demoledor ha sido lo de Austria. ¿Dónde está el árbitro de Europa? ¿Qué fue de aquel lema AEIOU, Austria Est Imperari Orbi Universo o Alles Erdreich Ist Österreich Ungetan? La verdad es que se veía venir, puesto que Austria, desde finales del siglo XVIII, ya dio inquietantes muestras de inestabilidad mental: Mozart, Schubert, Sissí, Mahler, Freud, Kafka, Klimt, Hitler, Willy Wilder, Wittgenstein, Popper, Falco, Schwarzenegger... y en 2014 Conchita Wurst, una más que hirsuta cantante transexual de nombre claramente artístico e hiperbólico (lo de Conchita pase, pero Wurst significa salchicha, y de las gordas, en alemán). El Festival de Eurovisión ha acabado con Austria. A lo mejor, lo que ha ocurrido es que el Fetsival de Eurovisión ha caído bajo la égida del "Imperio gay" que con tanta vehemencia denuncia Cañizares (resulta un tanto contradictorio que lo haga alguien que hasta hace poco se teñía el pelo de rubio).

Pero con quien puede acabar en los próximos años el festival es con Australia. "Aceptamos Australia como país europeo", podríamos decir parafraseando la típica frase de un juego de mesa. ¿Qué hace Australia en el Festival, aunque sea como invitado? La verdad es que no es la primera vez que participa un país extraeuropeo: Marruecos lo hizo en calidad de invitado en 1980 y tras la caída del Telón de Acero entraron varias repúblicas ex-soviéticas de Asia Central así como los países del Cáucaso. Además, Australia fue colonizada casi exclusivamente por europeos, sobre todo británicos e irlandeses, y mantiene estrechos vínculos con la monarquía británica, hasta el punto de que los australianos pueden ser nombrados Miembros del Imperio Británico, Sirs y Dames. Incluso una alumna mía de 2º de Bachiller confundió en un examen Asturias con Australia, lo cual demuestra la "europeidad" de las Antípodas. Lo cierto es que la afición de los australianos por el Festival de Eurovisión fue un efecto colateral de la gran fama que siempre ha tenido en este país el grupo sueco ABBA, vencedor de la final que comentábamos al principio y que pude ver en casa de mis vecinos de Almería (alfa y omega de este artículo). Esta abbamanía australiana se ha reflejado en muchos aspectos de la cultura popular de ese país y es elemento esencial de películas como La boda de Muriel. Sólo esperamos que el festival de Eurovisión no acabe con Australia.

domingo, 31 de enero de 2016

El zasca en la palabra (1). ¿Dónde está Breslavia? Exónimos tradicionales, exotismos políticamente correctos, resucitaciones autonómicas y demás parentela

EL ZASCA EN LA PALABRA (1). ¿DÓNDE ESTÁ BRESLAVIA? EXÓNIMOS TRADICIONALES, EXOTISMOS POLÍTICAMENTE CORRECTOS, RESUCITACIONES AUTONÓMICAS Y DEMÁS PARENTELA

Juan Gómez Capuz, Doctor en Filología

¿Dónde está Breslavia? Breslavia está muy lejos. Tan lejos que Ernesto Sevilla, de Muchchada Nui, tendría que gritar a pleno pulmón para que le oyeran desde allí. Tras aplicar un riguroso método cartesiano, he llegado a la conclusión de que Breslavia está en Polonia. Veamos el proceso: el campeonato de balonmano que acaba hoy es el Europeo de Polonia 2016; España (los Hispanos) ha jugado la primera fase en Breslavia; ergo, Breslavia está en Polonia porque de lo contrario no tendría sentido llamarlo "Polonia 2016". El problema es, ¿a qué ciudad concreta responde el exótico, latinizante y arcaizante nombre de Breslavia? A bote pronto, a mí me suena a la Sildavia de la canción de La Unión o a topónimo de El prisionero de Zenda, la típica ciudad de la Europa profunda habitada por una mayoría eslava y una minoría gobernante germanófona. Y lo cierto es que no andaba muy desencaminado, puesto que la exótica Breslavia es la ciudad de Wroclaw, la antigua Breslau prusiana, la histórica capital de Silesia históricamente disputada entre Polonia y Alemania. Quizá lo de Breslavia sea una solución salomónica, para no tener que ir explicando que la ciudad se llama ahora Wroclaw pero durante mucho tiempo se llamó Breslau y que luego te acusen de revisionista. Lo mismo ha sucedido con otras ciudades de su entorno, pues la página de la Wikipedia donde está Breslavia remite a la no menos exótica y rimbombante ciudad de Leópolis, que casi parece de ciencia ficción, del Imperio Bizantino o de novela de caballerías, pero que en realidad corresponde a otra ciudad disputada, la polaca Lvov y la hoy ucraniana Lviv (el término latino tiene cierta lógica, porque los nombres polaco y ucraniano corresponden a una raíz eslava que significa 'león', de ahí Leópolis, “la ciudad del león”).

El problema es que tengo la sensanción de que Breslavia y Leópolis son nombres “viejunos” (como dirían en Muchachada Nui, pero sin gritar), que fueron acuñados en castellano en el siglo XVI, pero desde hace mucho tiempo quedaron en desuso. Basta consultar diversos atlas, tanto actuales como de hace 30 o 50 años, para comprobar que estas formas antiguas no aparecen nunca, y que esas ciudades son mencionadas como Breslau/Wroclaw y Lvov/Lviv, muchas veces con la doble forma que refleja su azaroso destino. ¿De dónde han salido, entonces, estas formas tan antiguas y latinizantes que dormitaban el sueño de los justos? Parece ser que ciertas instancias idiomáticas del castellano, como el Diccionario Panhispánico de Dudas, el DPD de la Asociación de Academias (yo lo llamo el Depende, porque muchas veces da como buenas varias formas para un mismo topónimo o gentilicio con lo cual el profesional que lo consulta no sabe a qué carta quedarse) y sobre todo la Fundéu de la Agencia EFE han apostado fuerte por recuperar los llamados “exónimos tradicionales” del castellano y han “resucitado” estas formas tan antiguas.

Hay que recordar al lector que cuando la recién creada Monarquía Hispánica de los Reyes Católicos se abre al mundo y comienza a dominar Europa, se hace necesario adaptar los topónimos extranjeros a las pautas fonéticas y gráficas del castellano. Hasta aquí todo normal y justificado. El problema del castellano es que, desde sus inicios, tuvo una fonética muy elemental y pobre, un virus inoculado por su vecino el vasco cuando nació en las montañas del norte de Burgos y sur de Cantabria, apenas romanizadas. El vasco, lengua no indoeuropea, siempre fue enemigo de vocales abiertas y neutras (se limitó al a e i o u), de la v labiodental y, sobre todo, de las sibilantes y palatales sonoras (s sonora, fricativa g y africadas dg y dz). El castellano, tocado ya en sus genes, aún conservó dos almas (como el PSOE) y tuvo una norma meridional de Toledo que sí realizaba las sibilantes y palatales sonoras. Pero en el siglo XVI, con el traslado de la corte a Madrid (y por unos años, a Valladolid), la norma norteña seguidora de la fonética vasca triunfó definitivamente y se produjo la llamada “revolución fonológica”, que más bien era una involución. Eso es lo que explica que la fonética del castellano sea tan recia, tan monolítica y tan elemental, que se diferencie tanto de las lenguas de su entorno, incluso las románicas peninsulares (aunque el castellano ha conseguido inocular su virus vasco al gallego y al valenciano apitxat, variedades fuertemente castellanizadas). Eso también explica la proverbial torpeza de los castellanohablantes monolingües a la hora de aprender y hablar otras lenguas. Y todo esto viene a cuento porque creo que también condicionó la fuerte tendencia a castellanizar de manera radical topónimos que sonaban a chino porque contenían fonemas perdidos por el castellano en ese proceso. Con los topónimos alemanes, puestos de moda por la política común de Carlos rey emperador, un belga políglota que se vino de Erasmus a España y se quedó, la castellanización siguió pautas latinizantes y eclesiásticas: Colonia, Baviera, Ratisbona, etc. Eso lo podemos ver en el mítico cuadernillo de resumen de gramática latina del Diccionario Vox Español-Latino (los alumnos de hoy piensan que ese diccionario sirve para traducir la letra de “La gozadera”) que nos salvó el culo muchas veces y que también incluye, a modo de bonus tracks, una lista de las diócesis del mundo mundial (nunca supimos muy bien por qué). También fue habitual adaptar los topónimos alemanes acabados en -au por la forma latinizante en -via: Friburgo de Brisgovia y nuestra querida Breslavia (en latín, Vratislavia), y cuidadín, que el cudernillo del Vox de 1980 sitúa Breslau entre las diocésis de... Alemania. Con los topónimos ingleses, puestos de moda por Catalina de Aragón y un Enrique VIII al que se le empezaba a ir la pinza, las castellanizaciones son radicales y de auténtica risa, prueba de que el inglés nunca se nos ha dado bien: Windsor se convierte en Vindisoro, Falmouth en Falamonte, Jane Seymour en Juana Semua y el ayatolá presbiteriano John Knox, nada menos que en Juan Quenoques (aunque algunas versiones en inglés de topónimos hispánicos también son de risa como Cape Horn por Cabo de Hornos y Key West por Cayo Hueso). Ante tal caos, el castellano empezó a importar formas intermedias acuñadas en francés, como Londres o Moscú, como un mal menor. Algunas castellanizaciones quedaron mejor y aún se usan, como Ana Bolena (de Ann Boleyn), Juan Calvino (de Jean Calvin) y Martín Lutero. Tomo estos datos de la famosa polémica entre Lapesa y Madariaga a mediandos de los 60. Y otra de las consecuencias de esta radical tendencia castellanizadora era su extensión a los antropónimos: como hemos visto en los ejemplos, se instauró la norma, no seguida por ninguna lengua europea de nuestro entorno, de traducir al castellano los nombres de pila de personajes extranjeros. Una norma que se ha mantenido durante siglos y que ha llegado hasta casi anteayer, hasta los años 60, cuando el casticista Madariaga se lamentaba de que John Kennedy no se hubiera adaptado como Juan Quenedio, que casi parece nombre de presentador o humorista. Todavía en los años 40 se hablaba de Adolfo Hitler y José Stalin. Sólo en los años 70 empieza a cambiar la tendencia, no sólo con nombres actuales sino con revisiones de nombres antiguos: el DRAE de 1970 aún hablaba de “Carlos Marx, Federico Engels y sus secuaces”, mientras que el DRAE de 1984 ya habla del “materialismo histórico de Karl Marx y Friedrich Engels”. Los niños del Baby Boom nos criamos leyendo a Julio Verne, mientras que los niños de hoy leen, si es que lo hacen, a Jules Verne, que mola más.

Hoy en día parece haber una política de mayor respeto hacia las formas originales extranjeras, a no ser que dispongamos en castellano de un “exónimo tradicional” plenamente en uso. Incluso el DPD y la Fundéu han claudicado en algunos casos y reconocen que es aceptable la forma alemana Bremen porque el tradicional Brema cayó en desuso, pero a la vez siguen prefiriendo Hesse y Dresde a Hessen y Dresden. La globalización de nuestros días también ha hecho proliferar formas intermedias inglesas (a veces latinizantes) que en ocasiones desplazan sin razón alguna a las tradicionales castellanas, como Bavaria en lugar de Baviera. También complica el asunto la tendencia anticolonialista de algunos países que ahora se llaman de otra manera aunque siguen siendo igual de pobres, como el antiguo Alto Volta convertido en Burkina Faso, Ceilán convertido en Sri Lanka, o Birmania convertido en Myanmar (ninguna fuente normativa se atreve a crear un gentilicio derivado de Burkina Faso, a ver quién es el guapo que lo hace: ¿burkinafasiense?). Por no hablar del pinyin revisionista chino donde Pekín pasa a ser Beijing. Además, hay que añadir el frente interno, ya que muchos topónimos gallegos, vascos, catalanes, valencianos y baleares han recuperado su forma autóctona, en ocasiones sancionada con votaciones parlamentarias, como Girona, Lleida y Ourense. El problema de todos estos cambios no sólo es la dualidad de formas del topónimo, sino la creación de dobletes entre el topónimo extranjero y el gentilicio tradicional castellano, que casi nunca se modifica: al igual que tenemos dobletes latinos/patrimoniales como pecho/pectoral y oreja/auricular, y algunos con topónimo y gentilicio latinizante eclesiástico, como Badajoz/pacense, Huielva/onubense, tenemos ahora dobletes como Bejing/pekinés, Sri Lanka/ceilandés o cingalés, Myanmar/birmano, Girona/gerundense, Lleida/leridano, que pueden ser útiles como preguntas para un concurso, pero que confunden, y mucho, al hispanohablante medio (cuando el Lleida estuvo en primera división, algunos madrileños me preguntaban si Lleida era un pueblo de la provincia de Lérida). Y no sólo al hispanohablante medio, sino también al camionero ruso o rumano que ha de llevar cucurbitáceas y malocotones de Almería al resto de Europa y que, con el caos que esto crea en los mapas de GPS, acaba perdiéndose en un pueblo de La Rioja o en Nueva Suabia, Antártida. 

Por eso, pienso que esta tendencia reciente de volver a exónimos tradicionales que quedaron fuera de uso, como Breslavia y Leópolis, puede acrecentar esta ceremonia de la confusión, sobre todo si formas tan exóticas y viejunas vuelven a aparecer en los GPS.