lunes, 9 de marzo de 2026

La estimación del tiempo en la EMT de Valencia y la destrucción del continuo espacio-temporal de la Física

 

LA ESTIMACIÓN DE TIEMPO EN LA EMT DE VALENCIA Y LA DESTRUCCIÓN DEL CONTINUO ESPACIO-TEMPORAL DE LA FÍSICA

Los artículos de El Pobrecito Hablador 2026 


Con media Valencia en obras interminables y la otra media en Fallas, moverse por la ciudad en transporte público es una aventura digna de Indiana Jones. Además, parece ser que estas obras que no acaban nunca no van a servir para mucho (me recuerda a la canción de Barón Rojo que decía "Perforan la acera por cuarta vez o quinta ya (...) La rompen la cierran, mañana otra vez vuelta a empezar"). Se dice que el objetivo inicial de la obras, eliminar el túnel de Pérez Galdós no se va a cumplir. Del mismo modo, la ilusión de ver el Parc Central (Central Park a la valenciana) convertido en un inmenso jardín tampoco se va a cumplir porque el consistorio del PP parece que pretende utilizar el suelo público para aparcamientos, viviendas de lujo tuneadas de protección oficial para sus amiguetes y, por supuesto, cederlo para construir colegios concertados. Claro que si mandara la izquierda la cosa sería peor, porque tampoco harían zona verde sino que que utilizarían el suelo público para construir mezquitas, hacer un Museo del Clítoris y meter carriles bici incluso en aquellos lugares donde no hace ninguna falta y cuyo efecto colateral es limitar los carriles de coches y transporte público. Incluso llegarían a proponer hacer carriles bici en los estadios de fútbol para que los jugadores y el cuarteto arbitral lleguen en bici al campo de juego.

Porque los que usamos regularmente el transporte público nos sentimos completamente abandonados por un bando que solo apuesta por el automóvil (a poder ser grande y no eléctrico) y por otro que está obsesionado por los carriles bici y los malditos patinetes (un peatón en Valencia tiene más peligro con un patinete que con un coche, porque los patinetes van a toda virolla y no cumplen ninguna norma de tráfico). Los que usamos el transporte público somos como la tercera España de la movilidad urbana: nadie nos hace ni p*** caso.

Pero esta situación se complica porque los indicadores temporales por los que nos guiamos los usuarios de los autobuses de la EMT (es decir, las pantallas de las paradas y la app del móvil) no sirven para nada. Su visión del tiempo desafía todas las leyes del continuo espacio-temporal en la Física, convierten a los autobuses en una singularidad similar a los agujeros negros. Confiar en los indicadores temporales de la EMT es como participar en una paranoia que mezcla El juego del Calamar con el Gato de Schrödinger. Veamos algunos casos:

1. El tiempo backwards o retrotiempo. Todos sabemos que el tiempo es una magnitud que se desplaza vectorialmente hacia el futuro, pero en la EMT de Valencia no lo tienen tan claro: es bastante habitual que cuando te indica que un autobús tarda 6 minutos, dos minutos después te indica que tarda 9. A mí me recuerda a esa escena épica de Superman, donde el superhéroe es capaz de volar alrededor del planeta Tierra y conseguir que esta efectúe una rotación inversa de 20 minutos, para ganar ese tiempo y así salvar de una muerte segura a su amada Lois Lane, como si fuera un Orfeo moderno.

2. El tiempo dilatado. Este fenómeno sin igual me recuerda a un episodio de la serie Cosmos donde Carl Sagan ejemplificaba con dos hermanos que si uno de ellos viajaba casi a la velocidad de la luz en una nave espacial, el tiempo pasaba más lento y volvía a la Tierra joven cuando su hermano ya había envejecido. Creo que el astrofísico Brian May trató un tema similar en su canción "´39". Trasladado a la realidad alternativa de la EMT consiste en que cuando ves en la app o en la pantalla de la marquesina que un autobús tarda 5 minutos, y vuelves a mirar 5 minutos después extrañado de que aún no llegue, resulta que el indicador marca que sigue tardando ¡5 minutos! Es cierto que los 5 minutos es un comodín de la EMT, porque al ser un lapso temporal intermedio, pueden jugar con él, como un cuarto árbitro que alarga el partido in aeternum. Normalmente, un minuto de la EMT dura 4 en el mundo de la Física real.

3. El tiempo divergente. Disponer de dos medios (pantalla de la marquesina y app de móvil) para comprobar lo que tarda un autobús puede parecer una ventaja, pero con la EMT de Valencia no lo es. En ocasiones un autobús tarda en la app 3 minutos y en la pantalla de la marquesina tarda 7 (¿tenemos que hacer la media aritmética?). A mí me recuerda a la anécdota que contaba el sociolingüista Martin Joos en su libro The Five Clocks, donde explicaba los diversos registros o variedades situacionales del lenguaje: un racionalista caballero inglés se extraña de que en una estación de tren en Irlanda haya cinco relojes que marcan horas distintas, y así se lo hace ver al Jefe de Estación, pero este le replica con lógica irlandesa: "Claro que marcan horas distintas; si marcaran la misma hora, para qué íbamos a necesitar cinco relojes".

4. El tiempo convergente o el misterio del autobús desaparecido. En algunas ocasiones compruebas que vienen dos autobuses de la misma línea, en especial el sufrido C3, con escasa diferencia, por ejemplo 4 y 7 minutos. Pero resulta que el que tarda menos no baja de minutaje (el tiempo dilatado que hemos visto antes) mientras que el que tardaba más sí reduce su guarismo hasta el punto de empatar en minutaje con el otro, por ejemplo 2 y 2. En la práctica esto significa que el autobús que tardaba menos "no existía" y finalmente "se ha fusionado con el otro", pero al menos has gozado de varios minutos de vana ilusión seguidos de cabreo y de cierta preocupación por si Valencia se ha convertido en un nuevo Triángulo de las Bermudas donde cada día desaparecen autobuses públicos y surgen de la nada viviendas turísticas en antiguos bajos comerciales. Y si he hablado del sufrido C3 es porque en un mes ha cambiado la ubicación de una misma parada (Estacioneta de Jesús/Jefatura de Tráfico) 3 veces, dos por causa de las obras interminables y una porque han bloqueado su trayecto montando una carpa gigante de una falla. En las últimas semanas he visto personas deambulando sin rumbo, peregrinas al azar, con su alma sin dueño, como estuvieran salidas de un futuro postapocalíptico o de un holocausto nuclear, como si fueran yonquis o tuvieran algún tipo de demencia, como si estuvieran reconstruyendo penosamente el Bloomsday de Joyce, y tenías mucho miedo cuando se te acercaban, pero tan solo deseaban saber dónde estaba la nueva parada del C3.

En fin, no sé si acudir a Cuarto Milenio o buscar respuestas de algún experto en Física.

P.D. Por cierto, el Ayuntamiento de Valencia ha colocado unos carteles luminosos que rezan "Velocidad es gravedad". Aparte de usar un castellano pedestre con dos sintagmas nominales a pelo, sin determinantes, que a primera vista parecen la forma de hablar de un futbolista yugoslavo pero que en realidad es una mala imitación del inglés (cuando el cartel está en valenciano, los resultados son aún más catastróficos), yo sigo sin entender el mensaje (no se sabe si refiere a la gravedad de la infracción o a la gravedad física, aunque por lo que hemos dicho antes parece que el Ayuntamiento de Valencia ha declarado la guerra a la Física) y, lo que es peor, me recuerda a aquellos eslóganes absurdos del Gobierno totalitario de Oceanía en 1984 de Orwell.

martes, 8 de julio de 2025

Los artículos de El Pobrecito Hablador 2025: Protohistoria de la cancelación (las últimas canciones de The Beatles)

 PROTOHISTORIA DE LA CANCELACIÓN (LAS ÚLTIMAS CANCIONES DE THE BEATLES)

Juan Gómez Capuz


Pensamos que la caza inquisitorial sobre las letras de canciones es cosa del presente, de una sociedad identitaria, hipersensible (solo para lo que quiere), ofendidita, escandalizable, multiculturalista (es decir, que odia la cultura occidental), misándrica, neomoralista y biempensante (con valores que casi siempre caen de un extremo de la balanza ideológica, aunque a veces generan una reacción del otro extremo, como bien apunta Carlos Pérez de Ziriza en su trabajo en el volumen colectivo, muy recomendable, Ficciones las justas). En suma, una sociedad gilipollas. 


Solo en ocasiones algunas talibanas han intentado una cruzada retroactiva contra el presunto machismo de canciones de grupos como Hombres G, como fue el caso de Ana Morgade, pero estos intentos retroactivos de cancelación tuvieron poco recorrido porque los pollaviejas cerramos filas a favor de nuestros ídolos de los 80. 


Pero a finales de los años 60 ya hubo un grupo que sufrió en sus carnes los rigores de las interpretaciones disparatadas y de las cancelaciones absurdas. Con ellos empezó todo, como diría Gerard Piqué. Porque en sus tiempos de gloria en activo, The Beatles siempre fueron la piedra de toque y el chivo expiatorio: todas las letras de sus canciones, sobre todo cuando fueron haciéndose más complejas y a veces herméticas a partir de 1965, fueron analizadas hasta la paranoia for exégetas, jetas, followers y haters, a un nivel comparable al de ahora, pero 60 años antes y sin redes sociales. 


Parece ser que la paranoia comenzó con las declaraciones sacadas de contexto de John Lennon en 1966 diciendo que The Beatles eran más famosos que Jesucristo, con la consiguiente quema de discos en Estados Unidos (recordaba a los convulsos años 30) y sus agitadas últimas giras llenas de sustos, sobre todo en Filipinas. Algunas canciones de Lennon de ese periodo ya suscitaron comentarios críticos, en una época aún posvictoriana en la que casi todo estaba prohibido por la derecha (nadie imaginaba, excepto Orwell, que 60 años después la izquierda haría casi lo mismo): la relación extramatrimonial en “Norwegian Wood (This bird has flown)” (traducida en la España franquista como “El ruiseñor voló” en las tercermundistas cintas de casete de las EMI-Odeon); la acumulación caótica y escatológica de “I am the walrus”, con aquella mención a la “sacerdotisa pornográfica que se ha bajado las bragas” (algo que hoy en día sería aplaudido como performance de empoderamiento feminista a lo Bad Gyal); la laudatio del médico que trapichea con drogas en “Doctor Robert”; las psicodélicas y lisergicas “She said she said” y “Tomorrow never knows”; y como culminación, “Lucy in the Sky with Diamonds”, cuyas siglas no dejaban lugar a dudas y que fue prohibida por muchas emisoras de radio (como dato que gustará mucho en España, hay que recordar que la BBC la tomó con los Beatles y vetó muchas más canciones suyas que el régimen de Franco, que solo se atrevió a prohibir “The Ballad of John and Yoko”, por sus blasfemias y su negacionismo de la españolidad de Gibraltar, y la sustituyó por “One after 909” en el Doble Azul). Por cierto, varias de las canciones citadas pertenecen al magnífico elepé Revolver, que en 2010 fue considerado el mejor álbum rock de todos los tiempos en un bizarro top ten elaborado por el periódico L´Osservatore Romano, cuando la revista más estándar Rolling Stone la había dejado en el puesto 3. 


Pero si lo de Lennon era de esperar, quien abrió la caja de los truenos a partir de 1968 fue McCartney. ¿Qué peligro podía tener el bueno de Paul, aparte de ser un ecologista amante de la hierba? Pues resulta que muchas de las canciones de Macca del periodo 1968-1970 fueron malinterpretadas por mucha gente y provocaron enormes polémicas. Veamos algunos ejemplos.


Cuando los Beatles pasan varios meses en su retiro hindú en compañía del santón y acosador Maharisi Yogi (¿dónde están mis emparedados?), el Beach Boy Mike Love le propone a Paul, medio en broma, quizá por efecto colateral de algún cigarrillo de la risa, hacer una canción tipo “California Girls”, “Surfin´ USA” o incluso “Back in the USA” de Chuck Berry. Paul, también colocado y propenso a los retos estilísticos, recoge el guante y pergeña un espléndido rock and roll para piano titulado “Back in the USSR”: la historia de un espía soviético que al volver a su patria después de años de servicio en Ocidente, evoca todo lo bueno que tiene el Soviet Way of Life: la belleza de las chicas rusas y ucranianas que mantienen “calentito a su camarada”, el sonido hipnótico de las balalaikas, la belleza del paisaje desde el norte helado al sur cálido, lo que le permite jugar con la mítica canción de Hoagy Carmichael y decir que “Georgia is always on my mind”, pero claro, refiriéndose a la Georgia soviética. El problema es que una canción tan graciosa se publicó justo en los meses del mayo del 68 y de la Primavera de Praga, y mucha gente se cabreó. La extrema derecha norteamericana, la John Birch Society de la que tanto hablaba Bob Dylan, no supo captar la broma y calificó la canción como “prosoviética” y que los Beatles por fin se habían quitado la careta de agentes bolcheviques, como si fueran los Cinco de Cambridge. Por su parte, los dirigentes soviéticos, a la defensiva tras su brutal intervención en Checoslovaquia, interpretaron la ironía como una feroz crítica al modelo soviético y la consideraron prohibida in aeternum, diciendo que jamás se interpretaría en la Unión Soviética. Pero se equivocaron. La música rock entraba de tapadillo en la Unión Soviética a través de Berlín Este y del ingenioso método de grabar canciones en las placas de radiografías médicas (se ha estudiado poco ese apasionante tema). Cuando Elton John (eligieron al más modosito) fue autorizado a dar dos conciertos en la URSS en 1979, solo le pusieron como líneas rojas que no aireara su condición sexual (eran los lejanos tiempos en que la izquierda era tan homófoba como la derecha, aunque cueste creerlo, y si no que se lo pregunten al Che Guevara) y que no interpretara “Back in the URSS”: Elton cumplió la primera línea roja pero no la segunda, y fue la primera vez que se escuchó canción tras el Telón de Acero, pero sin mayores consecuencias. La apoteosis llegó en 1987, en plena Perestroika. Billy Joel, un norteamericano criado en plena guerra fría, autor de “Leningrad”, hijo de un alemán de Nuremberg de origen judío (estuve a punto de verlo en directo en Nuremberg en 1995), dio varios conciertos en aquella URSS en descomposición: en los bises del concierto se atrevió con “Back in the USSR”, nominalmente prohibida por unas autoridades desacreditadas, y aquello fue el delirio. Joel no sabía si sería arrestado (había más policías y militares que público), pero quedó estupefacto al ver que el público se sabía de memoria la letra de la canción, porque al estar tan prohibida se había convertido en una suerte de “pièce de résistance”, y fue agasajado con ramos flores y dobles banderas soviético-norteamericanas ondeando al viento. Todo aquello motivó que unos pocos meses después la discográfica oficial soviética Melodiya se pusiera en contacto con McCartney y le ofreciera editar un elepé de estándares de rock solo para el mercado soviético: ahí nació CHOBA V CCCP, el “álbum ruso” de Paul, cuya traducción es precisamente Back in the USSR, aunque lo más paradójico es que la canción que da título al disco no aparece en su interior como canción independiente: algunos críticos musicales especulan que quizá se debía a que la canción, como tal, seguía estando prohibida y por tanto no podía aparecer en una elepé oficial sociético. La última vuelta del destino se produjo en 2003, cuando Paul interpretó “Back inthe USSR” en la Plaza Roja, con Putin en primera fila, afirmando que era una de sus canciones favoritas (quizá se sintiera identificado con el protagonista de la canción).

Paul McCartney prosoviético da miedito, pero otra canción suya muy emotiva, “Hey Jude”, también dio mucho que hablar por tergiversaciones políticas. La canción en sí no tiene maldad: como todo el mundo sabe, está dirigida al hijo de John, Julian, para confortarle tras la agria separación de sus padres por culpa (como siempre) de Yoko Ono. Para que no “cantara” tanto, el siempre francófilo Paul reemplazó el nombre Julian por Jules, pero como aun así se le podía ver el plumero, finalmente lo cambió a Jude, un nombre no infrecuente en Inglaterra y que equivale en español a Judas. Como habían estrenado poco antes aquellas oficinas de Apple en Saville Row, al hueno de Paul no se le ocurrió mejor cosa que promocionar su canción escribiendo “Hey Jude” sobre la pintura blanca que solía ponerse en los inmensos ventanales de los edificios de oficinas de aquella época. Y ahí vino el lío. En aquella zona vivían muchos comerciantes judíos que habían sobrevivido al Holocausto y aquello les olió a cuerno quemado, les recordó aquellos carteles que las cuadrillas nazis pintaban con pintura blanca sobre los escaparates de las tiendas regentadas por judíos. Porque la carambola final del despropósito consistía en que Jude en alemán significa “judío” y se daba por hecho de que, como los Beatles habían actuado en Hamburgo, debían saberlo. Ergo interpretaron la canción como antisemita y apedrearon los ventanales del Apple (los Beatles sufrieron, paradójicamente, una Kristallnacht). Algunos versos de la canción, como el de “don´t carry the world upon your shoulders” incluso encajan con el “eterno judío”, el “ewiges Judentum” que decían algunos. Todavía hoy, en algunos conciertos, Paul debe aclarar que “Hey Jude” no tiene ninguna connotación antisemita, ni siquiera en el Festival de Glastonbury. Por si acaso.


Una canción prosoviética tiene un pase, otra antisemita también, pero una canción religiosa no se podía aceptar en el mundo del rock, a pesar de la creciente espiritualidad de finales de los 60, con los propios Beatles coqueteando con el Maharishi (y el Maharishi coqueteando con sus mujeres) o los delirios religiosos de gente como Santana, Cat Stevens, Bob Dylan, del propio George y otros (hay un magnífico libro, Aleluya del poeta y traductor Alberto Manzano, que analiza con detalle la curiosa imbricación entre religión y rock). Esa canción religiosa, pues en el fondo es una gloriosa power ballad góspel, es "Let it be". Todo el lío viene de otra malinterpretación de la letra. En aquellos momentos de descomposición del grupo, Paul sintió la visión de su madre, fallecida en 1957 de cáncer de mama (como Linda 30 años después, igual que la muerte violenta de Julia Stanley también tuvo su réplica en la de su hijo), que le animaba a tomar las cosas con calma. Además de ciertas metáforas de raigambre religiosa (“in my hour of darkness” remite a salmos y música religiosa barroca), el lío vino al hablar de “Mother Mary”: obviamente Paul se refería a su “madre Mary”, pero en la liturgia anglicana, que no cree en el dogma católico de la virginidad de María, Mother Mary es la designación habitual de la Virgen María. Ni siquiera la contraargumentación teológica del propio Paul, sosteniendo que su madre era católica irlandesa y que nunca le habría enseñado a él la expresión Mother Mary sino Virgin Mary, consiguió convencer al personal. Aún hoy, en bizarros sitios web latinoamericanos se traduce “Mother Mary” por “Virgen María”. Para más inri, resulta que la expresión let it be 'así sea', se considera en inglés la traducción más exacta de la fórmula latina amen (tal como aparece en Lucas 6:27). Recuerdo que el crítico musical Juan Antonio Cillero, en su antología de letras de los Beatles en la editorial Júcar, echaba pestes de esta canción por considerarla demasiado “beata” (aunque a mí “beata” me suena más a actriz porno húngara clásica, quizá porque los extremos se tocan). Esta diatriba religiosa también afectó, aunque no tanto, a la canción “Lady Madonna”: a partir de una imagen que había visto en la revista National Geographic, Paul construyó la historia de una madre soltera que se las ingenia para mantener a su numerosa prole, pero el término Madonna, con sus connotaciones de catolicismo latino, también escoció a mucha gente. De nuevo, Juan Antonio Cillero malinterpretó la canción (una de las pocas cuyo título no se tradujo al español en época franquista, cuando era obligatorio por ley) al sostener que era una canción de Lennon en la que criticaba a las familias numerosas católicas y defendía el uso de la píldora. Eso sí que es dorar la píldora.


Otra canción crepuscular de Paul, “Get back”, también suscitó polémica. En la canción se critica a una mujer transexual llamada Loretta Martin (es curioso, pero la transexual de La vida de Brian, un grupo tan conectado a los Beatles, también se llama Loretta) y aunque en la parte inicial se habla de un hippy californiano llamado Jojo, parece ser que en la versión originaria se trataba de un paquistaní. A todos ellos se les invita “a volver al lugar del cual proceden”. O sea, tránsfoba y xenófoba a más no poder, según los estrictos cánones actuales.


Pero el culmen de la incorrección política maccartniana fue su apología de la violencia. Embarcado de nuevo en un tour de force estilístico, Paul quiso hacer una canción más dura y sucia que las de The Who y al hacerla sentó las bases del naciente heavy metal. La cnión se llamaba “Helter Skelter”, un término que parece hacer referencia a las toboganes en loop de los parques de atracciones. De nuevo, la traducción oficial tardofranquista fue delirante: “Ni crudo ni cocido”, como si aludiera a la tragedia aérea de los Andes. Hoy en día se prefiere el modismo rimado “A troche y moche”. El problema es que otro desequilibrado muy peligroso llamado Charles Manson malinterpretó la canción como un llamamiento para ejercer la violencia indiscriminada a través de las chicas de su secta llamada La Familia. El resultado fueron los asesinatos múltiples que pusieron un sangriento punto y final a la Década Prodigiosa. Muy tocado por la asociación clarísima de su canción con los crímenes (Helter Skelter apareció escrito en las paredes con sangre de las víctimas), Paul tardaría más de 40 años en volverla a interpretar en directo.


Toda una cadena de malinterpretaciones, un cúmulo de fatalidades absurdas (como decía al definir el esperpento Valle Inclán, tan parecido al Lennon discapacitado de Magical Mystery Tour) hicieron que estas maravillosas canciones ya sufrieran a finales de los 60 los primeros y nocivos efectos de la cancelación y la ideologización pasada de vueltas.

lunes, 4 de octubre de 2021

Monólogos de humor I: Los problemas de los solteros

 

 

LOS ARTÍCULOS DEL POBRECITO HABLADOR

Juan Gómez Capuz

MONÓLOGOS DE HUMOR I: LOS PROBLEMAS DE LOS SOLTEROS

Hoy en día parece que el estado civil no importa. Si marginan a alguien por alguna característica diferencial, siempre se pone por el medio alguna ONG defendiéndolo. Pero parece que a los solteros no nos defiende nadie.
Hay algunas circunstancias o eventos de la vida actual donde ser soltero es un serio inconveniente.
Uno de esos eventos, por supuesto, son las bodas. Un soltero en una boda es ya, de entrada, una provocación, parece que no es tu hábitat natural. Pero el problema más grave llega con la ubicación en las mesas del convite. Si eres simplemente amigo del novio, como me ha ocurrido con frecuencia, nadie sabe dónde colocarte, a no ser que los demás amigos del novio tengan entidad numérica suficiente para constituir mesa propia (o grupo parlamentario propio). Por ello, y quizá por el agravante de que además de soltero soy bajito y aparento menos edad de la que tengo, en muchas ocasiones han llegado a colocarme...¡en la mesa de los niños! (Pensaba que era una moda española, pero en la película Matrimonio compulsivo, el solterón encarnado por Ben Stiller también es colocado en la mesa de los niños -aunque el organizador del evento matiza que es "la mesa de los solteros"- en la boda de su exnovia, como nupcio-venganza urdida por ella). Bueno, psa, no me importa, si al final te lo acabas pasando de miedo con las criaturitas. Mejor que con muchos adultos. Además, les mola que seas profesor. Yo creo que hasta ven normal que en su mesa coloquen a un profe. El asunto más delicado de esa ubicación viene cuando los camareros se empeñan en servirte también a ti el menú infantil. Tú empiezas a ver el asunto chungo e intentas negociar en plan colega con uno de los camareros:
-Ye tío, no jodas, que tengo más de 50 tacos, ponme el solomillo al roquefort con patatas, que tengo hambre, y no la chuminá esa de los cuatro nuggets de plástico con verduritas de fantasía.
Pero como la Ley de Murphy nos persigue a los solteros en las bodas, siempre eliges al camarero más pringao y con menor poder de decisión, que te responde con una lógica inapelable:
-(Acento peruano) Usted está en la mesa de los niños y por tanto le corresponde el menú infantil. Es lo que han contratado los novios. No podemos hacer nada.
Muchas veces has tenido que elevar tus quejas a los propios novios, como si fueran el tribunal supremo de la boda, y han sido ellos los que, a modo de Deus ex machina, te han llevado el solomillo en el último momento. Claro que entonces despiertas una envidia mortal en los niños, y se acabó la magia con ellos: ahora solo eres un profe adulto que come solomillo. Pero no siempre hay final feliz, como en las comedias y en las peluquerías. En otros casos te tienes que conformar con el menú infantil, y tienes que mendigar por mesas ajenas para conseguir restos de solomillo. Y por supuesto, no hueles ni la tarta nupcial ni las bebidas alcohólicas. La de minimenús infantiles que me zampado yo en las bodas. Claro, que cuando llegas a casa, arrasas con todo lo que hay en la nevera, para compensar. Así empiezan los casos de bulimia.
Por cierto, otro daño colateral de ubicarte en la mesa de los niños es que cuando al final de la velada quieres entrarle a alguna soltera casadera, te mira con desprecio y te dice con retintín:
-Así que tú eras el que estaba en la mesa de los niños comiendo el menú infantil.
Y no te toma en serio y te rechaza.
Otro lugar complicado para los solteros son las salas de cine. Parece que al cine solo van parejas. Y muy enamoradas y sobonas. Hasta los matrimonios de toda la vida se convierten en parejas de novios adolescentes cuando entran en el patio de butacas, quizá porque les viene un flashback inmediato de cuando eran jóvenes y el cine, con su oscuridad, era el único lugar para dar rienda suelta a sus escarceos. De nuevo, el soltero sobresale por su imparidad.
Pero sin duda, el peor lugar para ser soltero son los pueblos de interior. Esa España tolerante que vemos en la tele solo existe en las ciudades, especialmente las grandes y de litoral. En un pueblo de interior, a un soltero no es que lo coloquen en la mesa de los niños: es que para ellos eres un niño. Al igual que pasaba en la bodade la exnovia de Ben Stiller, donde a él lo colocan en la mesa de los niños argumentando que es la de los solteros, en estos pueblos de cuyo nombre no quiero acordarme, la personalidad jurídica de los "niños" y la de los "solteros" presentan un alto grado de intersección. No importa que seas funcionario del grupo A: si eres soltero, eres un menor de edad de facto y pierdes casi todos tus derechos constitucionales. En esos pueblos existe el pleno emparejamiento y las edades de nupcialidad son propias de una sociedad agraria preindustrial, o incluso islámica (aunque la comparación no les guste a las profesoras de instituto). Sobre todo si se trata de un pueblo de interior de la Región de Murcia: hoy en día solo se permiten hacer bromas sobre Murcia y no voy a desaprovechar la ocasión. Un soltero urbanita y neurótico es el peor espécimen que puede aterrizar por aquellas tierras. En mi travesía del desierto por esos pueblos ha padecido un síndrome de Ulises mayor que el del propio Ulises. Y la relación con las mujeres aborígenes está condenada al fracaso: ellas no entienden que no te interesen los coches ni la caza mayor ni el lanzamiento de huesos de aceituna; tú no asimilas que ellas desprecien tus gustos musicales y literarios. A veces caes en un espejismo porque la primera semana encuentras una rara avis, una aborigen soltera y piensas: si le digo que escribo novelas y toco el piano, la tengo en el bote. Pero más que un bote es un salto en el vacío y sin red. Nada más oír eso tuerce el gesto y te contesta que no son aficiones propias de un hombre. Una (también de Murcia) llegó más lejos y me preguntó, a bocajarro y sin anestesia, si era gay: peor que un menú infantil. Es curioso este doble rasero: en una gran ciudad tienes que pedir perdón por ser hombre, blanco, heterosexual y con estudios superiores; en un pueblo de Murcia todo eso no basta para que te consideren un hombre de verdad. Pero, repito, son pueblos del interior de Murcia y allí hasta las leyes de la Física pierden su validez; son una singularidad del espacio-tiempo, como diría Sheldon Cooper (no me lo imagino en Murcia, aunque él procede del la Norteamérica profunda, que es más o menos lo mismo). Y lo curioso, e incluso masoquista, es que me gusta ver series y películas que tratan ese tema del síndrome de Ulises (Doctor en Alaska, Crimen en el Paraíso), quizá para relamerme las heridas del pasado, pero ese final feliz en el que el forastero acaba asimilándose, tras muchos tropiezos, a las costumbres del pueblo y se casa con una aborigen es para mí pura ficción.
Está claro. Hace falta ya mismo una ONG para solteros.

domingo, 9 de febrero de 2020

El zasca en la palabra (2). Nuevas palabras para viejísimos conceptos: lucha o guerra cultural, podemitas y voxistas.

EL ZASCA EN LA PALABRA (2). NUEVAS PALABRAS PARA VIEJÍSIMOS CONCEPTOS POLÍTICOS: LUCHA O GUERRA CULTURAL, PODEMITAS Y VOXISTAS.

Juan Gómez Capuz

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR" 2020

En los tiempos actuales de confusión y posmodernidad ha resurgido con fuerza un concepto ya antiguo, el de lucha o guerra cultural. Para quien no lo sepa, el término es una traducción del compuesto alemán Kulturkampf, utilizado para designar la lucha cultural de Bismark y el Segundo Reich contra el Papado, el Zentrum católico y otros sectores opuestos al boyante imperio unificador de los alemanes y vencedor de los franceses. A mí me gusta más la traducción “lucha cultural”, pues es más fiel al original alemán: aunque a veces las apariencias engañan y la palabra Kampf, con su pedigrí germánico y belicoso y su asociación con un bestseller de entreguerras, resulta ser una adaptación de la palabra latina campus, que ya en tiempos de Julio César designaba una batalla campal. Pero hoy en día parece imponerse la traducción “guerra cultural”, quizá porque es la más próxima al término que ha triunfado en inglés, cultural war, o quizá porque el tema se ha salido de madre y hemos subido un peldaño más en la escala de Def Com 2 (me refiero al código estadounidense, no al grupo musical que hace apología del terrorismo): la lucha cultural se ha convertido en una guerra sin cuartel.

Aunque el concepto de lucha cultural procede de la derecha, como hemos visto, durante mucho tiempo ha sido la izquierda, sobre todo la izquierda más radical, la que ha sacado más rédito electoral, siguiendo los postulados de un discípulo aventajado de Bismarck: Antonio Gramsci, quien ya propuso en los años 20 que el aspecto central de la lucha política es el liderazgo cultural o de las ideas, concebido (como era típico de la época) como una guerra de trincheras en la que se van ganando batallas que al final consolidan la hegemonía de un bando. Desde la derecha se ha etiquetado esta postura de “marxismo cultural”, originario de la Escuela de Fráncfort, el cual pretende destruir los valores tradicionales de la sociedad occidental y reemplazarlos por el multiculturalismo y diversas ideologías alternativas como la de género, el ecologismo, el animalismo y muchas cosas más. En cierto modo, la izquierda, después de ver cómo los postulados socialdemócratas y keynesianos eran asumidos en parte por el centro-derecha (hasta la reacción thatcheriana) y cómo la utopía comunista se desmoronaba en un castillo de naipes, apostó fuerte por esos valores alternativos como una forma de rellenar un vacío ideológico. En especial, destaca el énfasis otorgado al colectivo gay, frente a la tradicional homofobia estalinista, que aún se deja ver en ciertos regímenes. Es curioso cómo Podemos abrazó causas del todo ajenas a la izquierda radical tradicional y cómo consiguió arrastrar a ciertos sectores del PSOE a esa renovada lucha cultural. De repente, surgió la sigla LGTBI+ que no ha cesado de incorporar elementos, lo cual no deja de ser una paradoja: cuánta heterogeneidad puede haber en un colectivo dominado por los homosexuales varones y blancos (que son los reyes del mambo de este colectivo, como si se tratara de una novela de George Orwell). La T alude a los transexuales, que ya existían desde que Stan quiso convertirse en Loreta en La vida de Brian (es curioso, pero el nombre Loret(t)a parece estar vinculado a la transexualidad, pues también lo vemos en la canción Get Back de The Beatles). La B es de bisexuales (siempre marginados por todos) y a partir de ahí me pierdo, y eso que soy soltero (algo que no gusta ni pizca a los guerreros culturales de la derecha, a los cuales les llegará pronto su turno): yo pensaba que la I era de “indeciso”, pero resulta que se refiere a los “intersexuales”, y el signo “+” ni flores, quizá sea que por ser todo eso les dan un positivo, que se pueden añadir más colectivos o que son átomos cargados (cationes). Al final, parece la sigla de un modelo de coche alemán o de un complejo vitamínico. Del mismo modo, se potenció la ideología ecologista y animalista, así como el feminismo y la defensa de las minorías. 

Pero éramos pocos y parió la burra. Resulta que la derecha, después de décadas insistiendo más en la gestión y dejando de la lado la lucha cultural (quizá porque la daban por perdida ante la izquierda), ha surgido en tromba con la defensa de los viejos valores ultramontanos de toda la vida. La verdad es que el fenómeno no es nuevo, pues en Estados Unidos ya hubo varios fogonazos de guerra cultural en el siglo XX, sobre todo con el apoyo logístico del fundamentalismo protestante (el mismo que asoma ahora mismo en Brasil). Pero ha sido ahora cuando ha llegado a la vieja Europa. Primero, quizá, a los países del Este, que al igual que en el periodo de entreguerras cayeron en un efecto dominó bajo la égida de regímenes autoritarios, ahora han sucumbido ante esa nueva derecha autoritaria, anti-todo y con fundamento ideológico, como ocurre en Hungría y Polonia sobre todo. En el caso de Europea Occidental se han confundido dos fenómenos: una primera oleada de ultraderecha clásica, como el Frente Nacional francés y AfD, y una segunda oleada de derecha autoritaria tradicionalista, cuyo referente más cercano es Vox y los partidos de Hungría y Polonia. Veo una clara diferencia entre ambos modelos de derecha radical y cuando, como friki entusiasta de la Segunda Guerra Mundial, me preguntan cuál es el líder político de aquella contienda a quien más admiran los de Vox, respondo que en absoluto sería Hitler (a quien despreciarían por neopagano y de vida privada ambigua), sino más bien Pétain (y hasta cierto punto Salazar): una derecha tradicional, autoritaria, corporativista y paternalista, que considera a todos los ciudadanos (y especialmente a las minorías) como auténticos menores de edad, por lo cual se cree con el derecho de aplicar a todos una especie de “pin parental” que sustituya a los derechos y libertades democráticos.

Este ambiente de guerra cultural se refleja también en el vocabulario político, en especial a la hora de crear derivados referidos a los nuevos partidos populistas de los extremos. 

En el caso de Podemos, triunfó desde el principio, sobre todo en ambientes adversos y con connotaciones peyorativas, el extraño derivado podemita. En un breve pero esclarecedor artículo, Álex Grijelmo (recomiendo vivamente los artículos de Grijelmo y de Lola Pons sobre cuestiones lingüísticas) se extraña de que se haya preferido el sufijo -ita al más habitual -ista, pues de hecho nadie dice *podemista. Observa el maestro de periodistas que el sufijo -ita connota una relación más bien religiosa entre la idea o la persona y sus seguidores, además de tener per se un cierto valor peyorativo, como ocurrió con la palabra jesuita, que luego fue adoptada con orgullo por la propia orden. También es significativo que -ita sea un antiguo sufijo de origen francés que se aplica a muchos pueblos de Oriente Medio y que goza de una sólida tradición bíblica, aunque siempre con un toque sectario y hasta cierto punto herético: ismaelita, maronita, chiíta, alauita y, en el contexto de la Reforma protestante, husita. Hoy en día muchas de esas palabras han cambiado al sufijo árabe -í, conocido ya en castellano medieval y coincidente con el inglés, pero las viejas formas galicadas en -ita siguen teniendo el encanto de lo lingüísticamente vintage. Quizá influya en podemita cierta alusión envenenada a la actitud tan benevolente que este partido tiene hacia la cultura islámica. Y además este uso cuasi-religioso de los sufijos no es nuevo: para crear un derivado del partido inventado UCD, puesto que el castellano no se maneja bien creando derivados de siglas, se recuperó un antiguo sufijo bíblico y funcionó durante algún tiempo el derivado ucedeo, por analogía con los saduceos de la época de Jesús (y también por las constantes pugnas sectarias y cainitas entre las diversas familias de la coalición, que recordaban a las de los judíos en La vida de Brian). Y el exitoso ejemplo de podemita generó otros similares de efímera fama como sevillita, aplicado al ex ministro Zoido y por extensión a los “rancios” que defienden todas las tradiciones de Sevilla, en especial toros y procesiones (tal como constató el sevillita Antonio Burgos en un artículo titulado “El sevillita” y publicado en ABC, cómo no). También ha gozado de cierto uso el derivado aznarita, quizá por la devoción que la caverna profesa al líder mesiánico que resucitó a la derecha española y provocó el ciclón de las Azores (a mí me había gustado más aznarí, tan precido a nazarí).

En el caso de Vox ha triunfado el derivado esperable, voxista, con el sufijo -ista habitual para partidos e ideologías políticas. Pero este término tiene dos trampas. El primer problema de voxista es que, habida cuenta de la atávica confusión de b/v en castellano, en su forma oral alguien lo asimile con el boxeo, en la forma *boxista, como si los dirigentes de Vox fueran pertrechados con guantes de boxeo para enfrentarse a los numerosos enemigos de la patria (aunque de todos es sabido que Ortega Smith prefiere disparar un fusil de asalto en diversas posturas, como si fuera un kamasutra militar). Y lo más grave, este derivado hará pensar a frikis como yo en el Partido Rexista de Léon Degrelle en la Bélgica inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial: ambos casos se apoyaban en una palabra latina (Rex y Vox) y ambos partidos defendían una sociedad autoritaria y corporativista, más cercana a Pétain y Salazar, aunque la imparable deriva de años posteriores llevara a Degrelle a enrolarse locamente en las SS, demasiado neopaganas para estos aprendices de monaguillo.

P.D. En las últimas semanas también se ha difundido el curioso término lazi, cruce de lazo y nazi y que alude a los ultranacionalistas catalanes supremacistas. Aunque los que estudiamos bien la Historia en los años 70 y 80, también pensamos con cierta mala idea en el pueblo íbero de los lacetanos, que ocupaba una zona de la Cataluña central y profunda (Bages, Osona) donde este especimen es especialmente abundante hoy en día.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Recuerdos de los años 70. I: Madelmanes y Geypermanes

RECUERDOS DE LOS AÑOS 70. I: MADELMANES Y GEYPERMANES

Juan Gómez Capuz

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR" 2019

A diferencia de nuestros hermanos o primos mayores, que primero se estrenaron con los Madelmanes y luego descubrieron los Geypermanes, los que nacimos a finales de los años 60 descubrimos ambos muñecos articulados a la vez. 

Posiblemente disfrutamos antes de los Madelmanes porque los heredamos y porque eran más baratos. Eran unos muñecos de unos 17 centímetros, articulados pero de manos rígidas, sin pies sino con un muñón que encajaba en el calzado. Se solían vender juntos el maniquí con su atuendo, pero al desnudarlos (es lo primero que hacíamos) observamos que iban pudorosamente tapados con una camiseta imperio blanca y unos gayumbos blancos del landismo marcando paquete: todo un caballero español. Se deterioraban con rapidez. Era frecuente el aflojamiento de articulaciones, como si todos padecieran “de fábrica” alguna enfermedad degenerativa (yo creo que fueron uno de los primeros experimentos de la hoy habitual “obsolescencia programada”: éramos tantos los niños del Baby Boom que fabricar muñecos con fecha de caducidad representaba todo un chollo). Nosotros intentábamos remediar esos problemas articulatorios con métodos caseros, a medio camino entre la Pretecnología aplicada, la “Medicina Fantástica” del Doctor Rosado y los futuros programas de Bricomanía. Solíamos rellenar sus articulaciones con arena o con aquella masilla tóxica de polvo de tiza y pegamento que tan buenos resultados nos daba al construir figuras de chapa y alisar las superficies. Si se producía un daño más grave, la rotura de articulaciones, se solucionaba uniéndolas con tiras de esparadrapo, pero la rigidez articulatoria que tenía de por sí el muñeco se acentuaba y acababa andando como un zombi con almorranas. También solían padecer la amputación de pulgares, como si los hubiera secuestrado alguna banda mafiosa y enviaran una “prueba de vida” a sus familiares o superiores: nuestros modestos “pegamentos universales” de Imedio y Supergen no podían arreglarlo, pues los pulgares se volvían a soltar enseguida. Lo que más grima daba era el hundimiento de los globos oculares, que convertía su anodina y clónica cara en muertos vivientes de las películas de terror del Cine Ribalta: lo intentábamos solucionar rellenando el hueco con cera caliente y, una vez enfriada, pintando el iris con un Rotring 0,4; el problema es que era muy difícil pintarlo centrado y la mayoría volvían a tener ojos pero se quedaban bizcos, lo cual también daba miedo. Si tenemos en cuenta que hay mucha gente que experimenta un temor atávico a los muñecos por si cobran vida, imagínate tener nueve años y dormir rodeado de Madelmanes bizcos con artrosis y que andaban como zombis con almorranas. Con el tiempo se modernizaron, de manera que perdieron la camiseta y estaban a pecho descubierto y los ojos estaban pintados y eran más resistentes, pero su degeneración articulatoria siguió siendo notoria. 

Los Madelmanes se diversificaron en multitud de series: soldados, exploradores, buzos y hombres rana, montañeros, pilotos, astronautas y, en una época posterior, indios, vaqueros, tramperos y piratas. Incluso en ese período posterior llegaron a crear una Madelmana pirata, con cinturita de avispa y bonitos pechos torneados, pero no recuerdo haberla comprado, porque de lo contrario nunca la habría olvidado (es curioso, pero en los foros de Internet el femenino de Madelman es siempre el analógico Madelmana, siguiendo el paradigma capitán/capitana, orangután/orangutana, y nunca el pseudoinglés *Madelwoman, quizá porque cuando le pusimos nombre en aquella época aún no sabíamos ni papa de inglés). También crearon muchos accesorios, como el mortero, el bazooka, el trineo para exploradores árticos y la canoa para exploradores de la serie vaquera. El problema es que nuestro grupo de frikis obsesionados con la Segunda Guerra Mundial echaba en falta mayor precisión y realismo en la serie bélica: había diversos modelos militares como el soldado, el oficial, el soldado de montaña, el soldado antitanque con lanzallamas, el comandante de tanques, el enfermero, el piloto, pero ninguno de ellos pertenecía a ningún ejército concreto. No podíamos reconstruir las batallitas de los sobres sorpresa. Además, todos los Madelmanes militares llevaban un casco enorme en relación con su diminuta cabeza, poco realista, de manera que hoy en día nos parecerían niños soldado. Solo algunos compañeros especialmente brutos consiguieron un plus de realismo haciendo funcionar “de verdad” el lanzallamas: se ponían junto al soldado antitanque que lo manejaba y manipulaban una jeringuilla con alcohol y un mechero, y aquello sí conseguía ser un lanzallamas en miniatura, chamuscando al Madelman rival y de paso parte de su habitación. Y las demás series no nos interesaban demasiado, a no ser que tuviéramos un peculiar instinto sádico, de prueba y error, como algunos compañeros que “sometían” a los Madelmanes a diversas “pruebas de iniciación”: enterraban a los soldados del 7º de Caballería en la arena dejando su cabeza untada con miel cerca de un hormiguero (como hacían los indios en las películas del Oeste); a los piratas les clavaban un alfiler calentado con un mechero y luego los ahogaban en la bañera tras hacerlos caminar por una pasarela; a los infantes de marina les ponían paracaídas de paracaidistas enanos de quiosco y sin comprobar antes si el paracaídas podía compensar el peso del muñeco, los lanzaban desde un quinto piso, pero el peso del Madelman era tan grande que vencía la resistencia del diminuto paracaídas y se precipitaba al suelo con la aceleración normal, de manera que el muñeco acababa hecho trizas (era como el chiste de Gila, donde el soldado paracaidista solo servía para una vez porque lo lanzaban sin paracaídas); metían al espeleólogo en las cañerías e incluso en el alcantarillado; metían al esquimal junto a los cubitos de hielo del congelador (su madre, y sobre todo su abuela, se llevaban un buen susto); y como “traca final” colocaban sobre el astronauta bichos como libélulas (con las alas arrancadas), caracoles o arañas como si quisieran emular la película Alien (y al final “salvaban” a la Humanidad poniendo un petardo de los gordos que hacía explotar al Madelman y a sus huéspedes “invasores”.

Nosotros, en cambio, teníamos intereses mucho más sanos: queríamos muñecos militares que reprodujeran con detalle los uniformes y armas de los ejércitos de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, inmediatamente quedamos fascinados con los Geypermanes. Eran bastante más grandes, de unos 30 centímetros de altura, aunque más inestables de pie, con manos flexibles de goma que podían agarrar las armas y con cabello y barba hiperrrealista en una cabeza de goma. El problema es que en un clima cálido como el nuestro, la goma tenía una obsolescencia inmediata y si los dejabas al sol, el pelo se quedaba roñoso como si tuviera tiña y las manos deformadas como tuvieran lepra. Por eso era perentorio guardarlos en cajas de zapatos durante el día, como si fueran vampiros. No llevaban ropa interior y cuando los desnudamos (cosa que hicimos enseguida, al igual que con los Madelmanes) vimos, al más puro estilo Siniestro Total, que no tenían pilila. La verdad es que ese detalle provocó una cierta “justicia poética”, porque los maniquíes negros de soldado yanqui y casco azul de la ONU tampoco tenían pilila y así no nos traumatizamos antes de tiempo (aún pasarían 35 años hasta que viéramos al negro del Whatsapp). El otro gran inconveniente es que eran mucho más caros que los Madelmanes, y nuestra colección de Geypermanes iba a paso de tortuga. Afortunadamente, se vendían por separado maniquíes desnudos sin pilila y uniformes militares (los únicos que nos interesaban), de manera que aun teniendo solo ocho o diez muñecos, podías vestirlos de mil maneras y organizar batallitas con los ocho o diez que también tenían nuestros amigos.

Lo que más nos atrajo de los Geypermanes es que la serie de “Soldados del Mundo” era la más numerosa y que muchos de ellos correspondían a modelos reales de diversos países enfrentados en la Segunda Guerra Mundial. Nuestro grupo de frikis, obviamente, quedó prendado de los modelos de soldado y ofcial nazis, y de hecho son los que más admiración siguen despertando en los foros de Internet, y se venden a precio de oro en E-Bay (hasta el progre de Palmiro Capón, que iba al Colegio Nuevo, quedó fascinado por los Geypermanes nazis). Esos modestos muñecos se convirtieron en una de las principales “magdalenas de Proust” de nuestra infancia. La mayoría perdimos esos dos muñecos en mudanzas o los dimos a primos más pequeños, y es algo que siempre hemos lamentado (aunque si los hubiéramos conservado hasta ahora, no sé como tendrían la cara y las manos los pobres muñecos; quizá es mejor recordarlos jóvenes y lozanos, como pasa con las estrellas de rock y del cine). El soldado y el oficial nazis tuvieron éxito por la incorrección política y el extremado realismo: el casco, un poco grande, gris y con el escudo a franjas oblicuas roja, blanca y negra; el uniforme en color feldgrau de campaña; los correajes y ese detalle travieso y revisionista de la minúscula esvástica en la hebilla del cinturón; la no menos traviesa cruz de hierro que se prendía a la ropa con dos diminutas puntas afiladas (con las que me pinché más de una vez); la magnífica réplica del subfusil MP40 con culata hueca abatible y de la pistola Luger P08; las dos granadas de mango Stielhandgranaten 24; la gorra de plato con anteojos de sol verdes y las botas de caña alta y los pantalones bombachos del oficial. Todo parecía perfecto, aunque nuestro grupo de frikis encontró alguna pequeña inconsistencia, como el hecho de que los soldados de verdad no llevaban la pistola Luger sino tan solo la MP40, ya que la pistola estaba reservada a los oficiales. Otro detalle erróneo es que a veces incluían en el equipamiento alemán un bazooka norteamericano, cuando lo más apropiado hubiera sido un Panzerfaust o al menos un Panzerschreck (que curiosamente fabricó la marca alemana Adidas).

También tenía gran rigor historiográfico el soldado ruso, con su gorro de piel con orejeras y la ametralladora ligera con bípode Degtyaryov DP con cargador de tambor en la parte superior (volví a echar de menos el subfusil Bereshka en sus complementos) y con las granadas de mango RDG 33, parecidas a las alemanas pero con el mango más corto.

 Ahora bien, la mayoría de los modelos militares eran anglosajones. Estaba el soldado norteamericano (tanto con maniquí blanco o con maniquí negro), pero parecía más propio de guerras posteriores como Vietnam ya que portaba el uniforme mimetizado y el fusil de asalto M16 con asa y cañón ligeramente cónico, y no el subfusil Thomson. En cierta manera, el soldado norteamericano era la base de varios modelos, como el policía militar con su casco y correaje blancos (nos recordaba a Calimero, como luego comprobamos en la mili, donde los llamábamos así) y el médico militar. El que también tenía buen rigor histórico era el soldado británico de la Segunda Guerra Mundial, con su típico casco de plato de sopa, el subfusil Sten y una aparatosa máscara antigás. También había varios soldados de comandos, siempre con barba y con gorro (como Pérez de Tudela y de la Quadra Salcedo), y que por ciertos detalles como el subfusil Sten parecían corresponder a los comandos británicos que realizaron atrevidas incursiones sobre la Francia y Noruega ocupadas por los nazis. También había un soldado australiano con su típico sombrero de ala ancha doblado por un lado y que portaba un lanzallamas (que tampoco funcionaba a no ser que lo implementáramos con una jeringuilla llena de alcohol y un mechero).

Había tambien otros soldados casi de fantasía, “de nenas”, como el granadero de la guardia británico con su chaqueta roja y su altísimo gorro negro (dentro del cual guardaba el bocata), el cadete de West Point y el policía montada del Canadá. Estos tres servían más bien para tenerlos en una estantería como adorno que para jugar con ellos. No hubiera quedado bien chamuscarlos con nuestro lanzallamas casero, meterlos en las cañerías o lanzarlos desde un quinto piso.

El otro aspecto destacable de los Geypermanes era la multitud de complementos, incluyendo vehículos. Si tenemos en cuenta que los Geypermanes eran realmente grandes, alguno de estos complementos era casi gigantesco. Yo pude conseguir un todoterreno, pero de color beige arena típico del Afrika Korps: allí podían ir hasta cinco Geypermanes. El bazooka era realmente grande y llevaba unos balines que, disparados al tensar el muelle que tenía dentro, daban unos zambombazos que podían hacer hasta daño a un adulto. Había incluso tanquetas con cuatro ruedas y un armamento ligero de 37 o 20 mm, que se parecían bastante al vehículo de reconocimiento alemán SdKf 222, con sus cuatro ruedas de camión y la de recambio al medio. Pero la joya de la corona era la moto BMW R75 con sidecar artillado donde cabían dos Geypermanes nazis, diseñada tanto en color verde oliva como en el beige arenoso del Afrika Korps. También había una balsa neumática para los comandos británicos. El problema de todos esos complementos es que eran infinitamente más caros que los muñecos y solo juntando el arsenal de varios amiguetes podías simular un combate en condiciones. El problema de juntar juguetes de varios niños es que siempre te desaparecían piezas propias y al final preferías jugar tú solo (sobre todo en mi caso, ya que era hijo único).

Es una lástima que los muñecos y complementos de aquellos maravillosos años los hayamos perdido con el tiempo. Hoy en día son carísimos los que se revenden en Internet y E-Bay (30 euros por unidad o incluso 80 en el caso del soldado nazi) y aunque hace siete años Geyper quiso sacar una serie especial para nostálgicos y coleccionistas, el stock fue tan escaso (300 Geypermanes del soldado nazi para toda España, más frikis y revisionistas/nostálgicos del extranjero) que no sirvió de nada. Me imagino que muchos los compraron para luego revenderlos a precio aún más caro. En cambio, hace unos años, con la ayuda de la editorial de coleccionables Altaya, volvieron a sacar la colección completa de Madelmanes a precios irrisorios (que se rebajó a dos euros por unidad o por complemento en librerías de saldos). Aunque no me fascinaban tanto como los Geypermanes, no quise tropezar por segunda vez en la misma piedra y me los compré todos (excepto el de la Madelmana pirata, que no se reeditó o que se agotó muy pronto y se convirtió por tanto en mi ideal inalcanzable, vago fantasma de niebla y luz).

P.S.Este artículo está extraído de mi novela Días de colegio (Almería, Letrame, 2018), a la venta en formato físico o e-book en diversas plataformas de venta online. En este libro se hace, a lo largo de sus casi 500 páginas, un completo repaso de la música, los juguetes, la educación, los alimentos, los transportes y todos los aspectos que marcaron nuestra infancia y adolescencia en el periodo 1975-1985. He comenzado esta sección con los Madelmanes y los Geypermanes, con especial atención a estos últimos y sus modelos de soldados de la Segunda Guerra Mundial, justo cuando se cumplen 80 años del inico de aquella contienda.

sábado, 24 de agosto de 2019

"Modus verticalis sive modus horizontalis": Dos ejes opuestos en las canciones de pop-rock desde Los Beatles hasta hoy en día

"MODUS VERTICALIS SIVE MODUS HORIZONTALIS": DOS EJES OPUESTOS EN LAS CANCIONES DE POP-ROCK DESDE LOS BEATLES HASTA HOY EN DÍA.

Juan Gómez Capuz

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR" (2019)

En mi aprendizaje de las canciones de los Beatles, veía al principio los numerosos temas de Lennon y McCartney como un todo monolítico y brillante. Solo en años posteriores comencé a poder desentrañar “quién puso más” en cada canción, y casi me convertí en un obseso del tema, ayudado por la ingente bibliografía al respecto. Mi primera revelación de que en las canciones del tándem Lennon & McCartney uno de ellos había compuesto la mayor parte de cada canción y que firmaban conjuntamente, en un pacto de caballeros, como en una sociedad o un bufete de abogados (ellos querían seguir el modelo de otras parejas de compositores, como Rodgers & Hammerstein o Goffin & King) fue la “indiscreción” de la versión en casete del elepé Revolver en EMI-Odeón al indicar quién había cantado cada canción (por eso se atribuía “Yellow Submarine” a Ringo), aunque también se podía interpretar como quién había compuesto cada canción. Fue para mí un primer indicio, una revelación, abrir la puerta a una nueva habitación. Empezaba a barruntar la hipótesis de que las canciones de Paul, como “Good Day Sunshine”, “Here, There and Everywhere”, eran más saltarinas, más alegres, de mayor amplitud tonal, más verticales en suma, mientras que las de John, como “She Said, She Said”, “Tomorrow Never Knows”, “I´m Only Sleeping” y “Norwegian Wood”, eran más melancólicas, más atormentadas, más letánicas, de menor amplitud tonal, más monocordes, más horizontales en resumidas cuentas. No siempre era así, pues las brillantes “For No One” y “Eleanor Rigby” de Paul se acercan al estilo horizontal y letánico de John, y de hecho este reivindicó su papel como co-autor en el segundo de los temas citados. A la inversa, “In My Life” es más vertical de lo habitual en Lennon, y por eso McCartney reclamó su parte del pastel.

Esa primera intuición quedó refrendada por la atenta escucha de los elepés posteriores, donde los estilos compositivos de John y Paul divergían casi como galaxias de un universo en expansión. Por aquella época, los pocos libritos sobre los Beatles que leía entonces me aportaban más confusión que otra cosa, como el de Juan Antonio Cillero en la serie “Los Juglares” de la editorial Júcar, en el que afirmaba sin pudor que “Lady Madonna” era una canción de Lennon criticando las familias numerosas de estilo católico y defendiendo el uso de la píldora, cuando en realidad es una canción de McCartney ensalzando el esfuerzo de una madre soltera de familia numerosa para sacar adelante a sus hijos, ya que vio una foto parecida en el National Geographic. Pero poco a poco conseguí ir atando cabos. Los elepés posteriores refrendaban la intuición inicial: las canciones de Paul eran saltarinas y verticales, quizá un poco superficiales y tontas, pero atractivas a la primera escucha, como “Hello Goodbye”, “Ob la di Ob la da”, “Lady Madonna”, “Back in the U.S.S.R.”. Las de Lennon eran más oscuras, monótonas, de escasa amplitud tonal, y se hicieron especialmente letánicas tras el retiro hindú del 68, como “I´m So Tired”, “Good Night”, “Cry Baby Cry”, siendo “Dear Prudence” y “Across the Universe” las más paradigmáticas, aunque ya había precedentes mucho más antiguos, como “Girl” en imitación de la balada letánica al estilo alemán o incluso “Lucy in the Sky with Diamonds”, donde el primer verso se canta sobre una única nota, Mi. Con el tiempo, esa divergencia compositiva se convertiría en uno de los tópicos más habituales de los estudios beatleianos, y quedaría refrendada en el magno análisis de Ian MacDonald en Revolución en la mente. Para MacDonald, las melodías de Lennon se mueven hacia ariba o abajo lo menos posible, y sus armonías constan de notas repetidas, cercanas a las cadencias del habla natural y reflejando su personalidad más sedentaria e irónica; en cambio, las melodías de McCartney constan de notas que oscilan en amplios intervalos, en ocasiones superiores a la octava, melodías que pueden existir más allá de la armonía y que reflejan su carácter extrovertido, optimista y enérgico. Neutralidad absoluta. Hoy en día se ha convertido en algo tan tradicional y tópico en el análisis de las canciones de los Beatles, que debería tener su propia formulación latina, como les hubiera gustado a Palestrina, Bach o Telemann: modus verticalis sive modus horizontalis. 

Lo curioso es que Ian MacDonald, como hemos anticipado, enfoca esta divergencia con una clarísima apuesta a favor de la verticalidad maccartniana y en contra de la horizontalidad lennoniana: habla de “Nowhere Man” como el agotador peso de esta fúnebre canción, califica a “Girl” de lánguida, dice que “Lucy in the Sky with Diamonds” gira perezosamente en remolinos melódicos, y finalmente califica a “Across the Universe” como su canción más deforme, de apatía melódica y que consiste en una serie de ciclos a modo de trance y a “Dear Prudence” la tacha de  secuencia circular de cuatro acordes y quejumbrosa melodía, que compara con una canción de cuna y un clímax catártico, algo que también aplica a “Cry Baby Cry”. En cambio, apuesta por la participación de McCartney en parte de “In my Life” al remarcar la “verticalidad angular” de parte del tema. La contraposición de ambos estilos aparece explícita al contrastar las dos canciones del mejor single de la historia: afirma que “Penny Lane” es alegremente vertical en tono y armonía allí donde “Strawberry Fields” era perezosamente horizontal.

Al principio, yo quedé más impresionado por la verticalidad mccartniana, siempre presta para agradar en una escucha primeriza y casual. Canciones como “Here, There and Everywhere” o “Penny Lane”, tan verticales y cantarinas, me cautivaron desde un principio. Pero todos tenemos nuestro lado oscuro y poco a poco me empezaron a resultar interesantes esas melodías letánicas que no avanzaban hacia ningún lado, ese discreto encanto de lo horizontal. Hubo canciones de John que al principio no me gustaron nada, como “Girl”, esa imitación de la balada letánica y arrastrada alemana, esa versión pop de Kurt Weill y el cabaret, pero poco a poco empezaron a conquistar mi ya formada identidad musical, convirtiéndome en un Annakin del pop sesentero, en un paladín del modo horizontal. Quizá yo mismo hacía las mismas tentativas horizontales al piano y a la guitarra, no solo por gusto sino también por limitación técnica, y quizá hubo algo de eso en el propio John, que era un creador pero no un virtuoso con los instrumentos (sus baladas para piano como “Because” o “Love” son casi estudios horizontales programados para un estudiante primerizo, aunque curiosamente la primera se aproxima a Beethoven y la segunda a Chopin). También llegué a apreciar canciones de Paul que se acercaban al modus horizontalis, quizá en sus escasos momentos de bajón, como “For no one” y “Eleanor Rigby”. 

Lo más curioso es que el lado oscuro del modo horizontal ha tenido muchos continuadores, sobre todo entre estrellas del rock atormentadas y visionarias y entre cantautores intimistas y tímidos. Hay alguna canción horizontal de Dylan como el "Subterranean Homesick Blues" (y por eso Lennon le imitó en “Hey, You´ve Got to Hide Your Love Away”), pero el cantautor que hizo suyo ese estilo, quizá porque era más poeta que músico, porque sus canciones eran casi recitados, fue el sublime Leonard Cohen, el alter ego del Polero. Todas las canciones de Cohen son eternamente horizontales, como si las cantara vestido de etiqueta recostado en un diván del Tamarit releyendo a Lorca: “Suzanne”, “Everybody knows”, “Coming Back to You”, “If It Be Your Will”. El estilo letánico y horizontal también llegó a otros cantautores norteamericanos, como Paul Simon, Don McLean o Dan Fogelberg. Ciertos baladistas de limitados recursos vocales apostaron fuerte por las canciones horizontales, ya que se ajustaban como un guante a su cascada y cansada voz, y al igual que Lennon convirtieron su limitación técnica en una jugada ganadora: como dice el refrán, “hicieron de la necesidad virtud”. El vocalista que más lejos llegó fue Rod Stewart, quien supo escoger brillantes canciones horizonatles que le dieron merecida fama, como “Tom Traubert Blues (Waltzing Mathilda)” y una canción que siempre ha estado entre mis favoritas, ya convertido de pleno en 1985 al lado oscuro de la horizontalidad musical, “Sailing”, versión de un éxito del grupo folk escocés The Sutherland Brothers: la versión de Stewart es exquisita, pero convendría escuchar la versión original, todavía más horizontal y letánica, con un bajo continuo de armonio que acentúa su carácter de singalong marinero. Y ahí entra otro detalle importante: las canciones horizontales tienen una paradójica potencialidad como himnos, como canciones que pueden cantar juntas muchas personas, (en inglés, singalong), aunque siempre asociemos los himnos a la verticalidad musical (y así son las canciones de Queen, por ejemplo).

En épocas posteriores hemos asistido a continuos revivals de la canción horizontal, a enésimas versiones de un género que debemos atribuir a Lennon y Cohen. Incluso la música italiana, siempre tan vertical y operística, he hecho interesantes incursiones en el terreno horizontal, en canciones casi habladas, como el “Yo caminaré” de Fausto Leali, “Mia” de Toto Cutugno o “El jardín prohibido” de Sandro Giaccobe, como si quisieran sustituir el aria por el recitativo y a Verdi por Monteverdi. También la música francesa ha tenido tedencia a lo horizontal, y de hecho la “Michelle” de McCartney es más horizontal que la mayoría de sus canciones: temas como “La quiero a morir” de Francis Cabrel reflejan esa tendencia, y no olvidemos que la horizontalísima “My Way” de Frank Sinatra es una versión de la francesa “Comme d´habitude”, tuneada por Paul Anka (a su vez Bowie la recreó en su inigualable “Life on Mars?”). En el propio pop anglosajón hay que esperar hasta los años 80 para encontrar una nueva oleada horizontal. La parte del león se la lleva U2, pues las canciones gloriosas de su primera época son extremadamente horizontales y letánicas, a veces calificadas denigratoriamente como “misas cantadas” (ciertos estilos de música sacra, como el canto gregoriano, constituyen el extremo de la horizontalidad musical): “I Haven´t Found What I Looking For”, “When the Streets Have No Name” y “With o Without You”. Algunos grupos de New Wawe y Techno Pop también le cogen gusto a la horizontalidad, como los Depeche Mode más maduros de “Policy of Truth” y en algunas canciones intimistas de Everything But The Girl como “Apron Strings”.

Y en nuestros tiempos asistimos a fuerte revivalismo de la horizontalidad entre los nuevos cantautores, como Ed Sheeran, Paolo Nutini o Daniel Powter, a lo que se suman algunas canciones de James Blunt. Pero lo más sorprendente de estos últimos años ha sido encontrar a una inesperara troupe de continuadores de un estilo horizontal que instintivamente asociamos a lo masculino: las cantautoras femeninas. Una primera señal de atención ya vino cuando en un concierto de homenaje a John Lennon, Alanis Morrisette eligió como canción la hiperhorizontal “Dear Prudence”. Alanis ha contribuido al estilo horizontal con algunas canciones como “All I really want” e “Ironic”, pero la aportación más destacable, ya en época muy reciente, es la de Dido, KT Tunstall, Christina Perri,  Birdy, Lenka, A Fine Frenzy y el soul letánico de Alicia Keys.

Y en cuanto al pop-rock más estándar, hay que citar al Britpop y su veneración por la música de Lennon, cuyas canciones horizantales parecen haber envejecido algo mejor que algunos delirios verticales de McCartney y consiguen tener más gancho para los jóvenes. Es el caso de Oasis y canciones letánicas, de estilo singalong, como “Whatever”, “Wonderwall” y “Don´t Look Back in Anger” y sobre todo de Radiohead, con un atormentado Thom Yorke que parece ser la versión 3.0 de Lennon, componiendo odas horizontales (con permiso de Neruda), hipnóticas y letánicas, cual si fuera el maullido de un gato moribundo, como “Karma Police” (con copia incluida del “Sexy Sadie” lennoniano), “Paranoid Android”, “Let Down” y sobre todo la sublime “Creep”. Hoy en día, esa moda horizontal posterior al Britpop continúa con ciertos grupos que saben combinar el modo horizontal con el vertical (como hizo en su tiempo Bowie), como es el caso de Muse y Keane.

Con todo lo dicho, podríamos concluir que el modus horizontalis ha ganado muchas batallas y se ha consolidado como el lado oscuro de la composición musical.

P.S.Este artículo está extraído de mi novela Días de colegio (Almería, Letrame, 2018), a la venta en formato físico o e-book en diversas plataformas de venta online. En este libro se hace, a lo largo de sus casi 500 páginas, un completo repaso de todos los estilos musicales del periodo 1975-1985 así como sus precedentes.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Protaurinos, animalistas y animaladas (A despropósito de la Semana Taurina de Algemesí)

LOS ARTÍCULOS DE "EL POBRECITO HABLADOR"

Juan Gómez Capuz

PROTAURINOS, ANIMALISTAS Y ANIMALADAS (A DESPROPÓSITO DE LA SEMANA TAURINA DE ALGEMESÍ).

Ayer se inició la Semana Taurina de Algemesí 2017. Unas fiestas locales que en los últimos años se han visto alteradas, como en otros lugares, por la dura pugna, por duelo a muerte en OK Corral, entre protaurinos y animalistas. Todo ello agravado por la presencia nada imparcial de reporteros de La Sexta que se dedicaban a echar más leña al fuego. Es habitual la llegada masiva de animalistas para protestar antes los festejos taurinos, pero parece que este año las cosas estarán más tranquilas. De hecho, según me comentan algunos nativos, los animalistas tenían previsto un plan B para no ser detectados antes de hora. Consistía en alquilar el crucero italiano que lleva el dibujo gigante de Piolín y desembarcar en Cullera bajo la “inofensiva” apariencia de turistas madrileños, para luego adentrarse al abrigo de la noche a través del Mareny, como si fueran el Vietcong. Pero el Ministerio del Interior se les ha adelantado y ha alquilado del crucero de Piolín para alojar a los heroicos polícias y guardiaciviles que van a Barcelona (funcionará como una curiosa mezcla de Caballo de Troya y Submarino Amarillo). La espinosa cuestión catalana también parece haber robado protagonismo a la Semana Taurina por otra vía: muchos de los animalistas antisistema que iban a liarla a Algemesí se han quedado en sus localidades de origen ante lo que se avecina del 1-O.

Esta lucha a muerte parece quedar siempre en tablas, porque Algemesí es un pueblo dividido al 50% entre cerriles protaurinos y ceporros animalistas. Y no se trata de una cuestión aislada. En el fondo, Algemesí es un pueblo que arrastra desde hace tiempo fuertes contradicciones internas, y quizá algún día tendrán que hacérselo mirar. Por ejemplo, destacan por ser una localidad muy nacionalista, en la línea pancatalanista, pero a la vez tienen un abierto ramalazo taurino y gitanero que en cualquier otro lugar de España se entendería como una clara deriva españolista. Cuando ves circular a 100 por hora a un coche por las estrechas calles del pueblo, enseguida percibes que llevan la música a toda virolla y siempre con canciones de Camarón, Camela, Lluís Llach o Pep Gimeno "Botifarra". Ya puestos, yo preferiría a El Fary y a Serrat. De la misma manera, presumen de ser una localidad de signo izquierdista y laico, pero a la vez dejan que aniden en el pueblo peligrosos fundamentalismos de signo católico e islámico. Además, tienen una extraña relación de amor-odio con Valencia capital: los más pudientes tienen un pisito en Valencia, pero siempre hablan mal de la capital. De hecho, muchas mujeres casaderas llegan a preferir como pareja a un morito del Raval antes que a un forastero de la capital que hable en castellano, aunque cuando oyes conversar a esas extrañas parejas, te das cuenta de que también hablan en castellano.

Cuando trabajaba allí, los nativos me urgían a que me decantara por un bando o por otro en el eterno debate taurinos versus animalistas. Con exquisita diplomacia, yo me declaraba siempre neutral. Pero ahora quiero salir del armario y hacer visible mi nuevo statu quo ante la cuestión: me declaro beligerante contra los dos bandos. Y siempre lo he sido. No siento la más mínima empatía o simpatía por ninguno de ellos. Es como si tuviera que decidir entre nacionales y republicanos, entre nazis y soviéticos o entre árabes e israelíes: para mí es un combate entre malos y malos.

Nunca me ha hecho gracia la fiesta taurina. Más allá de las cuestiones éticas sobre el sufrimiento del animal. Siempre he identificado los toros con la mentalidad cerrada de los pueblos de interior y con la ostentación de lujo de la derecha cinegética tan bien retratada por Berlanga, aunque todo lo que se expone en este artículo, relativo a los dos bandos, daría para una espléndida película alla maniera de Berlanga. Cuando pienso en los toros, veo una derecha rancia y casposa, de banderas gigantes del aguilucho, toreros que parecen Millán Astray y locutores mediáticos como Bertín Osborne, Carlos Herrera y Antonio Burgos, que parecen una de las múltiples encarnaciones del Eje del Mal.

 Pero es que los animalistas también me han caído gordos siempre. No me refiero a los amantes de los animales, a los que recogen desvalidos cachorros de perros y gatos abandonados en las cunetas y los contenedores y los crían pacientemente a biberón en espera de que alguien los adopte y les dé una vida digna. En los últimos meses he visitado muchas páginas de este tipo, con el errático propósito de adoptar, y me ha conmovido el esfuerzo de estas personas. Cuando expreso mi fobia por los animalistas, me refiero a los que han secuestrado esos ideales y los han puesto al servicio de una ideología antissitema que pretende tomar los cielos por asalto. Muchos naturalistas profesionales como Álex Lachhein han rastreado los orígenes de este animalismo politizado, derivado en última instancia de Antonio Gramsci y la Escuela de Frankfurt con el propósito de cambiar de cuajo los referentes y las raíces culturales de la Europa Occidental. Es la última vuelta de tuerka al zoón politikón de Aristóteles. Es lo que se denomina marxismo cultural, que es peor aún que el económico, porque supone poner en lo alto de la pirámide social a todas las minorías y, en el caso caso extremo de esta tendencia, a los propios animales, como si quisieran llevar a la práctica Rebelión en la granja de Orwell. El ecopacifismo de los 70 fue la versión 1.0, mientras que el animalismo actual es la versión 2.0, muy diferente en las formas, porque uno de los aspectos que más me espantan de esta nueva ideología antisistema es que no hay ni rastro de pacifismo, sino que se conducen con una violencia inusitada contra toreros e incluso contra niños enfermos que no piensan como ellos. Prueba palmaria de que su verdadero interés no es defender a los animales sino alcanzar el poder como sea.

Pero hay otros detalles del nuevo “animalismo político” que también me parecen contradictorios. Mediante una metodología inductiva, a fuerza de leer noticias sobre sus actuaciones, he llegado a la conclusión de que los animalistas sienten una indisimulada simpatía (y yo diría incluso empatía) por los animales depredadores y agresivos, los que son estrictamente carnívoros (mientras que los animalistas suelen ser veganos, otra flagrante contradicción). Quizá porque los propósitos políticos de los animalistas son también agresivos. En el caso del hervíboro toro de lidia, está claro que ahí hay otros condicionantes, de signo antiespañolista y antitradicionalista. Pero si rastreamos la andanzas de los animalistas españoles, está claro que su animal totémico es el lobo. El lobo es para ellos el bueno de la película y del cuento, y los estragos que pueda hacer sobre los rebaños de los ganaderos o no importan o son una mera posverdad. Pero no estaría de más recordar que el lobo era también un animal totémico para los nazis, y en especial para Adolf Hitler, quien se hacía llamar en la intimidad Wolffie, que bautizó su cuartel de campaña como Wolfsschanze, “guarida del lobo” y que siempre mostró un especial afecto hacia Blondie, no la cantante sino su hembra de pastor alemán, es decir, un perro lobo. Hitler también era animalista y vegano, y promulgó las primeras leyes que protegían a los aninales, pero eso no le eximía de ser un monstruo genocida, porque lo cortés no quita lo valiente.  Trataba mejor a los animales que a las personas, y parece que muchos animalistas actuales funcionan de la misma manera.

Hace un par de meses, se difundió la noticia de que los “cuidadores” de un zoológico chino habían alimentado a un par de tigres con un burro vivo, que no pudo zafarse del acoso mortal de los grandes felinos. Además, lo grabaron en vídeo. Muchos amantes de los animales se espantaron de las imágenes, pero los grupos animalistas oficiales no dijeron ni pío. Primero, porque no era cuestión de afearles la conducta a los chinos, aunque ellos son más de Corea del Norte. Y en segundo lugar, porque no sentían empatía por el herbívoro, al que sin duda consideran antirrevolucionario por aparecer en Platero y yo y por ser medio de locomoción de los turistas (otra de sus nuevas fobias) en muchos lugares de Andalucía. Si los verdugos del burro hubieran sido seres humanos, no habrían cesado sus movilizaciones hasta ahora. Para los animalistas, como si se hicieran reales las profecías de Rebelión en la Granja, unos animales son más iguales que otros.

En fin, espero que mis ex-compañeros, ex-alumnos y supongo que, a partir de ahora, ex-amigos de Algemesí, disfruten con tranquilidad de sus fiestas patronales.

P.D. En la eterna lucha entre el canario Piolín y el gato Silvestre, los animalistas tomarán partido sin dudar por el gato, porque es el depredador y el agresivo, como ellos. Así que cuando Piolín diga "me paresió ver un lindo animalista", es que está en serio peligro. Ayudémosle.